Llamando a la Tierra

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domingo, 3 de noviembre de 2013

Cuento de Halloween (parte 1) : "La magia de otra época"



Erase una vez, hace muchos, muchos años, en un país no muy lejano, una joven bruja habitaba en un frondoso bosque. Al contrario que lo que se dice habitualmente de las brujas, ésta era una bruja buena, y lejos de ser vieja y fea, era muy hermosa. Tenía los cabellos dorados como una cascada de oro viejo, los ojos oscuros, cálidos y dulces como dos caramelos, los labios se asemejaban a una frambuesa y la piel blanca y suave. Vivía en perfecta armonía con la naturaleza, cuidando de animales y plantas y aprendiendo todos los secretos  de la tierra, que obtenía a cambio de sus mimos. Recogía hierbas y flores secas en tarros y botellas y detallaba todo su aprendizaje en su libro especial, un Libro de Sombras, de tapas duras de color azul medianoche con el dibujo plateado de una luna y muchas estrellas.

Por las mañanas de vez en cuando la joven bruja atendía a la gente de una aldea cercana que venía a visitarla, con todo tipo de dolencias, a veces del cuerpo, a veces de la mente, y a veces del corazón. Ella escuchaba con mucha atención,  siempre en silencio, observando y sin moverse, tan solo asentía pensando y pensando. Cuando terminaban de contarle sus penas, ella les sonreía con dulzura y les recetaba un remedio, a veces para el cuerpo, a veces para la mente, a veces para el corazón. Según lo que necesitase cada persona. Ni más ni menos. Ése era su don, el comprender como si leyera en un libro abierto qué dolencia afectaba a cada individuo y encontrarle remedio. También tenía un nombre, pero nunca se lo dijo a nadie porque es bien sabido que los nombres son cosa poderosa y no hay que airearlos a la ligera, pues quién sabe qué podría pasar si se conoce el nombre de uno. A ella con el tiempo incluso se le olvidó cómo se llamaba. Pensaba en sí misma simplemente como Cat, porque le parecía sencillo y le gustaban mucho los gatos.

Precisamente tenía un gato negro como único compañero en su diminuta cabaña del bosque. El animal tenía un pelaje sedoso y unos ojos verdes que brillaban en la oscuridad. Parecía que en aquellos ojos estuviera toda la sabiduría de mil vidas. Cat y su gato se parecían mucho, incluso en los gestos. Y algunas expresiones faciales. Y eran igual de independientes. Ambos se dedicaban a sus asuntos sin molestarse lo más mínimo y se hacían compañía al final del día, ella en una mecedora frente a un alegre fuego con un buen libro en las manos y él en su regazo roncando como un mastín, o bien tumbados en un claro del bosque sobre el lecho perenne de hojas, observando el infinito firmamento y dejando volar la imaginación con las nubes.


Sí, aquella vida en el bucólico bosque era muy apacible. Pero como todas las cosas, era mucho más de lo que parecía. A parte de sus funciones de sanadora Cat desempeñaba una misión, una misión muy importante. No recordaba cuánto llevaba realizando ese cometido, pero sí sabía que era una empresa que le llevaría toda la vida.

La misión de Cat no era fácil. Su objetivo era proteger a toda costa algo muy especial. Algo extraordinario. El depositario de todo lo bueno y puro del mundo. Aquello tan maravilloso era un pájaro de oro. Un ave de exquisito plumaje dorado, ojos como zafiros y voz de cristal, que cantaba en su jaula labrada cada mañana, cada tarde y cada noche. La jaula estaba en la habitación de Cat, la que estaba más al fondo de la cabaña, pero que sin embargo tenía una ventana que dejaba pasar la luz todo el día. Y la luz de las estrellas y la luna. El pájaro cantaba su melodía aunque sólo hubiera un resquicio de luz. De los visitantes que venían a ver a Cat pocos escuchaban siquiera un canto apagado. Y nunca preguntaban por ello. Estaban demasiado ocupados con sus problemas para prestar atención a nada más.

En la habitación de Cat había más cosas extraordinarias. Tenía un tocador antiguo de madera blanca en el que tenía un espejito muy pequeño y aún más antiguo que tenía el poder de mostrarle cada rincón del bosque, y cada mañana cuando se sentaba a arreglarse el pelo y ponerse sus joyas de bruja miraba su espejito mágico y con las primeras luces del día acudía rauda a socorrer a algún animal herido, a sofocar un incendio o a sanar árboles enfermos. 

El espejito también era una ventana para el mundo exterior, más allá del bosque. Cat era feliz en su cabaña del bosque, pero algunas veces se sorprendía mirando a la gente de las aldeas cercanas, anhelando muy en secreto poder unirse a ellos, bailar, reír, cantar en compañía, llegar a amar…

En su tocador también tenía una cajita adornada con motivos de mariposas, flores y hojas, y en su interior guardaba una llave que nadie podía ver, excepto los que ya supieran lo que allí podían encontrar. Ésta no era una llave corriente, no. Era la llave de la jaula del ave dorada. Cat sabía que no debía usarla nunca. Bajo ningún concepto. Sin embargo ella suspiraba mirando a la hermosa ave encerrada, deseando en momentos bajos poder concederle la libertad. Y también a sí misma.

Y así transcurrían los días, en la plácida calma que precede a la tormenta. Ésta llegó un 31 de octubre. La brisa otoñal removía el lecho de hojas de un marrón cálido y un rojo intenso, como venía sucediendo desde la venida de la estación más misteriosa de todas. Sin embargo, Cat presentía que aquél no sería un día como los demás. Sus sospechas se vieron confirmadas cuando, inquieta, al atardecer miró en su espejito mágico y vio acercarse desde las lindes del bosque a una turba iracunda, con hoces y antorchas. Venían a buscarla a ella. 

La muchedumbre llegó a la puerta de la cabaña, y empezaron a aporrearla, exigiéndole que abriera y los acompañara. Cat trató de sobreponerse a la situación. Y pensar con la cabeza fría.
Lo más importante era proteger al ave. Lo sabía. Y para ello probablemente debiera pagar un alto precio. Los golpes seguían resonando y la puerta crujía, amenazando con no aguantar mucho más. Se oían ruidos de cosas romperse en el exterior. Sus queridas plantas. Cat se refugió en su habitación. Sentada en su cama temblaba. Se estrujaba las manos con temor e incertidumbre. Una lágrima resbaló por su mejilla. La puerta crujía y gemía… 

Se enjugó la cara con decisión. Se levantó de golpe. ¿Por qué se comportaba como una niña asustada? Ella era una bruja poderosa, y no debía dejarse llevar por el miedo. Pero… ¿para defender al ave debía herir a toda aquella gente? ¿Gente que había sanado, escuchado y comprendido el día anterior? ¿Y les haría daño para salvarse a sí misma, a pesar de sí misma y su alma buena? Vacilaba en su convicción, en su objetivo, en su misión. Las preguntas se apelotonaban en su mente, se escuchó un estruendo horrible cuando la puerta cayó y la marea de gente invadió su diminuta cabaña, destrozándolo todo a su paso. Sus libros, su vieja mecedora, sus tarros de hierbas…Y finalmente no pudo aguantar más. Algo estalló en su interior y salió despedido con rabia y fuerza… En forma de un potente rayo de luz. 

De pronto, ya no se escuchaba ningún estruendo. El corazón de Cat latía con fuerza, y era lo único que llenaba sus oídos. Abrió la puerta con cautela y entró en la cocina.

Aquello era definitivamente un caos. Todo estaba destruido. Pero lo más chocante era los hombres de la turba, inconscientes en el suelo. Parecía que su rayo surgido de la desesperación los había encantado y dormido. 

Cat aún no salía del asombro de haber provocado aquello cuando vio que uno de los hombres se despertaba y la miraba. Era un hombre joven, de hecho tendría una edad similar a la de ella, y era de fuertes brazos y hermoso rostro. Lo que más llamó la atención de Cat fueron sus ojos, de un verde profundo, como las aguas tranquilas de un lago transparente. 

Todo esto lo pensó Cat en pocos segundos, pues el hombre de los ojos dulces se levantó de un salto con la mirada repentinamente dura, y sus labios, mueca de desprecio, escupieron:
-          ¡Bruja! ¡Monstruo! ¡Lo pagarás muy caro! – dijo mientras la apuntaba con una horca. Cat estaba herida y furiosa. ¿Monstruo ella? ¡Cuando había dedicado su vida entera a cuidar de aquella gente desagradecida, sin hacer daño a ni un bicho viviente! Clavó los pies en el suelo y decidió que les iba a costar mucho tocarle siquiera un pelo. A pesar de que no estuviera bien herir a aquellos pobres ignorantes en tamaña desventaja. Y lo iban a averiguar muy pronto. Mientras el joven cazador, no sin cierto temor, seguía apuntándola con la horca y avanzando hacia ella, Cat se concentró en defenderse. 

Pero algo se le adelantó. De la nada surgió el gato, abalanzándose como un amasijo de uñas, dientes y furia sobre los desprotegidos cuello y rostro del cazador. Éste soltó un alarido al sentir las garras del animal desgarrando su piel, y forcejeó para sacárselo de encima, pero el animal no cedía. Sus inteligentes ojos destellaban con un brillo distinto al de un animal común. 

Cat sintió compasión  al escuchar los gritos de dolor del hombre, y dejó de acumular energía para el hechizo. Vaciló en su propósito de atacarlo. Debía admitirlo, no podría herirlo aunque quisiera. Aunque las intenciones de él eran exactamente esas. 

Su mente voló al pájaro dorado. Si finalmente podían con ella no debían alcanzar al ave. Pues se había dejado llevar por los acontecimientos que habían sacudido su pequeño mundo y no conseguía concentrar su magia, aquella que solamente empleaba para sanar y nunca para dañar, ni su mente, que en aquellos momentos era un pergamino en blanco. Se había transformado en una niña indefensa y aterrorizada por todo lo que pudieran hacerle. 

Corrió a su habitación mientras el joven seguía peleando contra el gato incansable. Sabía que no era la mejor solución, pero no tenía otra opción. Se abalanzó contra la caja labrada y extrajo la pequeña llave dorada que encajó con un tenue tintineo en la cerradura de la jaula. El ave la miró con unos ojos serenos, hechos de la esencia misma de la bondad y la belleza. Y extendió sus alas y salió volando con un suave aleteo por la ventana, reflejando en sus plumas los últimos rayos de Sol y marchando hacia un destino incierto llevando con él mucho más de lo que podía parecer. 

Cat miró con tristeza su habitación, una estancia en la que si uno se fijaba bien podía ver que era un refugio en el que cabía todo lo que le gustaba en el mundo a la joven bruja, y maldijo su propia debilidad para ser incapaz de defender lo suyo. Y en ese momento las palabras de un hechizo se iluminaron en su mente. Y ejecutó el sortilegio mientras el ruido seguía llenando su hogar y echando una última mirada a su casa y a su vida alcanzó a ver al cazador, lleno de heridas y arañazos de pies a cabeza abriendo la puerta y precipitándose en la habitación. Demasiado tarde. La bruja se había desvanecido en el aire como si no hubiese estado allí segundos antes. Sólo quedaba de ella un charquito de lágrimas en el suelo.

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