Erase una vez, hace muchos,
muchos años, en un país no muy lejano, una joven bruja habitaba en un frondoso
bosque. Al contrario que lo que se dice habitualmente de las brujas, ésta era
una bruja buena, y lejos de ser vieja y fea, era muy hermosa. Tenía los
cabellos dorados como una cascada de oro viejo, los ojos oscuros, cálidos y
dulces como dos caramelos, los labios se asemejaban a una frambuesa y la piel
blanca y suave. Vivía en perfecta armonía con la naturaleza, cuidando de
animales y plantas y aprendiendo todos los secretos de la tierra, que obtenía a cambio de sus mimos.
Recogía hierbas y flores secas en tarros y botellas y detallaba todo su
aprendizaje en su libro especial, un Libro de Sombras, de tapas duras de color
azul medianoche con el dibujo plateado de una luna y muchas estrellas.
Por las mañanas de vez en cuando
la joven bruja atendía a la gente de una aldea cercana que venía a visitarla,
con todo tipo de dolencias, a veces del cuerpo, a veces de la mente, y a veces
del corazón. Ella escuchaba con mucha atención,
siempre en silencio, observando y sin moverse, tan solo asentía pensando
y pensando. Cuando terminaban de contarle sus penas, ella les sonreía con
dulzura y les recetaba un remedio, a veces para el cuerpo, a veces para la
mente, a veces para el corazón. Según lo que necesitase cada persona. Ni más ni
menos. Ése era su don, el comprender como si leyera en un libro abierto qué
dolencia afectaba a cada individuo y encontrarle remedio. También tenía un
nombre, pero nunca se lo dijo a nadie porque es bien sabido que los nombres son
cosa poderosa y no hay que airearlos a la ligera, pues quién sabe qué podría pasar si se conoce el nombre de uno. A ella con el tiempo incluso se le olvidó
cómo se llamaba. Pensaba en sí misma simplemente como Cat, porque le parecía
sencillo y le gustaban mucho los gatos.
Precisamente tenía un gato negro
como único compañero en su diminuta cabaña del bosque. El animal tenía un
pelaje sedoso y unos ojos verdes que brillaban en la oscuridad. Parecía que en
aquellos ojos estuviera toda la sabiduría de mil vidas. Cat y su gato se parecían
mucho, incluso en los gestos. Y algunas expresiones faciales. Y eran igual de
independientes. Ambos se dedicaban a sus asuntos sin molestarse lo más mínimo y
se hacían compañía al final del día, ella en una mecedora frente a un alegre
fuego con un buen libro en las manos y él en su regazo roncando como un
mastín, o bien tumbados en un claro del bosque sobre el lecho perenne de hojas, observando el infinito firmamento y dejando volar la imaginación con las nubes.
Sí, aquella vida en el bucólico
bosque era muy apacible. Pero como todas las cosas, era mucho más de lo que
parecía. A parte de sus funciones de sanadora Cat desempeñaba una misión, una
misión muy importante. No recordaba cuánto llevaba realizando ese cometido,
pero sí sabía que era una empresa que le llevaría toda la vida.
La misión de Cat no era fácil. Su
objetivo era proteger a toda costa algo muy especial. Algo extraordinario. El
depositario de todo lo bueno y puro del mundo. Aquello tan maravilloso era un
pájaro de oro. Un ave de exquisito plumaje dorado, ojos como zafiros y voz de
cristal, que cantaba en su jaula labrada cada mañana, cada tarde y cada noche.
La jaula estaba en la habitación de Cat, la que estaba más al fondo de la
cabaña, pero que sin embargo tenía una ventana que dejaba pasar la luz todo el
día. Y la luz de las estrellas y la luna. El pájaro cantaba su melodía aunque
sólo hubiera un resquicio de luz. De los visitantes que venían a ver a Cat
pocos escuchaban siquiera un canto apagado. Y nunca preguntaban por ello.
Estaban demasiado ocupados con sus problemas para prestar atención a nada más.
En la habitación de Cat había más
cosas extraordinarias. Tenía un tocador antiguo de madera blanca en el que
tenía un espejito muy pequeño y aún más antiguo que tenía el poder de mostrarle
cada rincón del bosque, y cada mañana cuando se sentaba a arreglarse el pelo y
ponerse sus joyas de bruja miraba su espejito mágico y con las primeras luces
del día acudía rauda a socorrer a algún animal herido, a sofocar un incendio o
a sanar árboles enfermos.
El espejito también era una
ventana para el mundo exterior, más allá del bosque. Cat era feliz en su cabaña
del bosque, pero algunas veces se sorprendía mirando a la gente de las aldeas
cercanas, anhelando muy en secreto poder unirse a ellos, bailar, reír, cantar
en compañía, llegar a amar…
En su tocador también tenía una
cajita adornada con motivos de mariposas, flores y hojas, y en su interior
guardaba una llave que nadie podía ver, excepto los que ya supieran lo que allí
podían encontrar. Ésta no era una llave corriente, no. Era la llave de la jaula
del ave dorada. Cat sabía que no debía usarla nunca. Bajo ningún concepto. Sin
embargo ella suspiraba mirando a la hermosa ave encerrada, deseando en momentos
bajos poder concederle la libertad. Y también a sí misma.
Y así transcurrían los días, en
la plácida calma que precede a la tormenta. Ésta llegó un 31 de octubre. La
brisa otoñal removía el lecho de hojas de un marrón cálido y un rojo intenso,
como venía sucediendo desde la venida de la estación más misteriosa de todas.
Sin embargo, Cat presentía que aquél no sería un día como los demás. Sus
sospechas se vieron confirmadas cuando, inquieta, al atardecer miró en su
espejito mágico y vio acercarse desde las lindes del bosque a una turba
iracunda, con hoces y antorchas. Venían a buscarla a ella.
La muchedumbre llegó a la puerta
de la cabaña, y empezaron a aporrearla, exigiéndole que abriera y los
acompañara. Cat trató de sobreponerse a la situación. Y pensar con la cabeza
fría.
Lo más importante era proteger al
ave. Lo sabía. Y para ello probablemente debiera pagar un alto precio. Los
golpes seguían resonando y la puerta crujía, amenazando con no aguantar mucho
más. Se oían ruidos de cosas romperse en el exterior. Sus queridas plantas. Cat
se refugió en su habitación. Sentada en su cama temblaba. Se estrujaba las
manos con temor e incertidumbre. Una lágrima resbaló por su mejilla. La puerta
crujía y gemía…
Se enjugó la cara con decisión.
Se levantó de golpe. ¿Por qué se comportaba como una niña asustada? Ella era
una bruja poderosa, y no debía dejarse llevar por el miedo. Pero… ¿para
defender al ave debía herir a toda aquella gente? ¿Gente que había sanado,
escuchado y comprendido el día anterior? ¿Y les haría daño para salvarse a sí
misma, a pesar de sí misma y su alma buena? Vacilaba en su convicción, en su
objetivo, en su misión. Las preguntas se apelotonaban en su mente, se escuchó
un estruendo horrible cuando la puerta cayó y la marea de gente invadió su
diminuta cabaña, destrozándolo todo a su paso. Sus libros, su vieja mecedora,
sus tarros de hierbas…Y finalmente no pudo aguantar más. Algo estalló en su
interior y salió despedido con rabia y fuerza… En forma de un potente rayo de
luz.
De pronto, ya no se escuchaba
ningún estruendo. El corazón de Cat latía con fuerza, y era lo único que
llenaba sus oídos. Abrió la puerta con cautela y entró en la cocina.
Aquello era definitivamente un
caos. Todo estaba destruido. Pero lo más chocante era los hombres de la turba,
inconscientes en el suelo. Parecía que su rayo surgido de la desesperación los
había encantado y dormido.
Cat aún no salía del asombro de
haber provocado aquello cuando vio que uno de los hombres se despertaba y la
miraba. Era un hombre joven, de hecho tendría una edad similar a la de ella, y
era de fuertes brazos y hermoso rostro. Lo que más llamó la atención de Cat
fueron sus ojos, de un verde profundo, como las aguas tranquilas de un lago
transparente.
Todo esto lo pensó Cat en pocos
segundos, pues el hombre de los ojos dulces se levantó de un salto con la
mirada repentinamente dura, y sus labios, mueca de desprecio, escupieron:
-
¡Bruja! ¡Monstruo! ¡Lo pagarás muy caro! – dijo
mientras la apuntaba con una horca. Cat estaba herida y furiosa. ¿Monstruo
ella? ¡Cuando había dedicado su vida entera a cuidar de aquella gente
desagradecida, sin hacer daño a ni un bicho viviente! Clavó los pies en el
suelo y decidió que les iba a costar mucho tocarle siquiera un pelo. A pesar de
que no estuviera bien herir a aquellos pobres ignorantes en tamaña desventaja.
Y lo iban a averiguar muy pronto. Mientras el joven cazador, no sin cierto
temor, seguía apuntándola con la horca y avanzando hacia ella, Cat se concentró
en defenderse.
Pero algo se le adelantó. De la
nada surgió el gato, abalanzándose como un amasijo de uñas, dientes y furia
sobre los desprotegidos cuello y rostro del cazador. Éste soltó un alarido al
sentir las garras del animal desgarrando su piel, y forcejeó para sacárselo de
encima, pero el animal no cedía. Sus inteligentes ojos destellaban con un
brillo distinto al de un animal común.
Cat sintió compasión al escuchar los gritos de dolor del hombre, y
dejó de acumular energía para el hechizo. Vaciló en su propósito de atacarlo.
Debía admitirlo, no podría herirlo aunque quisiera. Aunque las intenciones de
él eran exactamente esas.
Su mente voló al pájaro dorado.
Si finalmente podían con ella no debían alcanzar al ave. Pues se había dejado
llevar por los acontecimientos que habían sacudido su pequeño mundo y no
conseguía concentrar su magia, aquella que solamente empleaba para sanar y
nunca para dañar, ni su mente, que en aquellos momentos era un pergamino en
blanco. Se había transformado en una niña indefensa y aterrorizada por todo lo
que pudieran hacerle.
Corrió a su habitación mientras
el joven seguía peleando contra el gato incansable. Sabía que no era la mejor
solución, pero no tenía otra opción. Se abalanzó contra la caja labrada y
extrajo la pequeña llave dorada que encajó con un tenue tintineo en la
cerradura de la jaula. El ave la miró con unos ojos serenos, hechos de la
esencia misma de la bondad y la belleza. Y extendió sus alas y salió volando
con un suave aleteo por la ventana, reflejando en sus plumas los últimos rayos
de Sol y marchando hacia un destino incierto llevando con él mucho más de lo
que podía parecer.
Cat miró con tristeza su
habitación, una estancia en la que si uno se fijaba bien podía ver que era un
refugio en el que cabía todo lo que le gustaba en el mundo a la joven bruja, y
maldijo su propia debilidad para ser incapaz de defender lo suyo. Y en ese
momento las palabras de un hechizo se iluminaron en su mente. Y ejecutó el
sortilegio mientras el ruido seguía llenando su hogar y echando una última
mirada a su casa y a su vida alcanzó a ver al cazador, lleno de heridas y
arañazos de pies a cabeza abriendo la puerta y precipitándose en la habitación.
Demasiado tarde. La bruja se había desvanecido en el aire como si no hubiese
estado allí segundos antes. Sólo quedaba de ella un charquito de lágrimas en el
suelo.
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