Cat tenía los ojos cerrados.
Tenía miedo de lo que pudiera descubrir en cuanto los abriera. Lo primero que
notó fue el olor. Un olor nauseabundo, ciertamente. No se parecía a nada de lo
que conociera ella en su vida. También escuchaba sonidos de fondo, como rugidos
lejanos, que la hacían temblar. ¿A dónde había ido a parar? Pero también
escuchaba a gente hablar, como si no estuviesen rodeados de monstruos
aterradores. No comprendía nada.
Y como suele suceder, la
curiosidad pudo con el miedo. Poco a poco se atrevió a abrir un ojo y después
el otro. Y sintió que el peso de mil mundos se le venía encima.
Aquello era una tierra
aterradora. Engendros de metal pasaban a velocidades imposibles delante de
ella, construcciones increíbles se levantaban a alturas impensables, y la gente
era tan distinta a aquella que había conocido...Corrían más que andaban de un
lado para otro, chillando más que hablando, y ésas extrañas vestiduras…Parecía
que aquello fuera el Infierno, y ciertamente no estaba del todo claro que no lo
fuera.
Sólo sabía que había deseado
desaparecer del desastre que se había adueñado de su vida en la cabaña del
bosque. Y el hechizo de teletransportación había aparecido en su mente. Pero
algo debía haber salido mal porque no se había trasladado a unos pocos
kilómetros de donde se encontraba su querida floresta, pues aquello no se
parecía en nada a lo que ella hubiese conocido en sus 22 años de existencia. Ni
en sus peores pesadillas con hoces y antorchas.
Estaba sentada en el portal de
una de aquellas extrañísimas viviendas. Dedujo que debían ser los sitios en los
que vivía aquella extraordinaria gente porque no paraban de salir y entrar en
ellas. Cuando hizo acopio de valor se levantó lentamente y echó a andar con
pasos vacilantes y temblorosos, pegada a las paredes, sin rumbo fijo pero
deseando averiguar en qué extraño lugar había ido a parar y cómo salir de allí.
Y también estaba el asunto del
pájaro. Lo había dejado atrás. Había fallado en su misión de protegerlo de todo
mal y quién sabía qué había sucedido con él. Tal vez lo hubieran matado, o lo
había cazado algún ave rapaz, o lo habían capturado para venderlo en el mercado
de la aldea por unas cuantas monedas de oro. Las consecuencias de cada uno de
aquellos posibles desenlaces eran impensables para Cat y hacían que se sintiera
muy mareada. O tal vez fuera aquél persistente olor a sucio que llenaba el
aire.
Entonces empezó a fijarse más en
la gente. Y quedó todavía más desconcertada. Pues estaba viendo niños pero no
parecían niños. Correteaban en grupitos o al lado de los adultos con
vestimentas muy extrañas. Algunas recordaban vagamente a duendes. Otras
posiblemente a fantasmas…Sí, decididamente aquellos que se enrollaban con una
sábana que después de arrastrarla por el suelo ya no era blanca, querrían
parecer espíritus. Ciertamente demasiado cómicos para ser espíritus.
También era gracioso ver a niñas
con vestiditos negros, de gasa o encaje, vaporosas capas, grandes gorros
puntiagudos les tapaban media cara pintada de blanco o de verde, narices
postizas con feas verrugas y medias a rayas negras y moradas. Y siempre
arrastrando tras de sí escobas.
Cat no pudo evitar reírse.
Ciertamente alguna de ellas tenía un gran parecido a su tía abuela Agripina,
pero la mayoría no tenía nada que ver con las brujas auténticas.
La joven reparó entonces en sus
propias pintas. Llevaba puestas sus propias vestiduras, que no eran ni de lejos
tan estrafalarias como las de aquellas pequeñas aprendices. Las capas decididamente
eran una molestia, los gorros estaban bien para ir de visita, y no alcanzaba a
comprender para qué demonios podían servir las escobas más que para barrer. Y
además no tenía verrugas ni la cara verde.
Pero tampoco desentonaba del todo
con aquella masa jubilosa de chiquillos. Llevaba un sencillo vestido que había
cosido ella misma, negro con el corpiño púrpura sólo porque eran sus colores
favoritos, y unas medias tupidas que le evitaban pasar mucho frío en las
estaciones oscuras. Finalmente llevaba botas negras, muy cómodas para pisar con
seguridad por los bosques en los que vivía.
Y entonces se le acercaron dos
niños pequeños, un esqueleto con sombrero y otra aspirante a brujita.
Efectivamente, la habrían tomado por una de ellos. Si supieran…!
-
¡Holaaa! ¡Qué disfraz tan chulo! –dijo la
niñita, con una gran sonrisa desdentada. Cat no sabía qué significaba “chulo”,
pero parecía significar “bonito”. – Toma, para ti. - Y ni corta ni perezosa
tomó la mano de Cat y la llenó de unas cositas muy curiosas, como paquetitos de
colores vivos. Los observó con atención, dando vueltas a uno de ellos con los
dedos, preguntándose qué cosa maravillosa abría ahí dentro de aquél raro
envoltorio. La niñita la miraba expectante. –Son caramelos, ¿no lo ves? Se
comen, mira. – Y tomó el susodicho caramelo, lo abrió, extrajo una bolita
naranja y se la metió en la boca a la sorprendida joven.
-
G-Gracias- Alcanzó a decir Cat, esforzándose por
no atragantarse con la bolita naranja, que, constató, ¡estaba muy buena! Se
detuvo a saborearla, y comprobó que se deshacía lentamente en la boca, mientras
el sabor, intenso, permanecía un rato en
la lengua. Los niños la miraban muy extrañados, y finalmente se fueron.
Cat alcanzó a oír:
- -
Qué chica tan rara…Parecía que no supiera lo que
son los caramelos. ¿Qué raro no? –dijo riéndose el niño-esqueleto.
-
A lo mejor es una bruja de verdad…-dijo la niña,
y Cat se apresuró a irse. No sabía lo que les hacían a las brujas de verdad en
aquella tierra. Aunque bien pensado, no debían de ser muy duros si los niños
iban así vestidos, quién sabía si todo el tiempo.
Aquél era un lugar lleno de
sorpresas, y no parecía hostil, a parte de los monstruos de metal y el horrible
olor que no parecía molestar a nadie. Pero estaba cansada de tantas emociones
y sobre todo debía volver a su hogar, y
enfrentarse de una vez a los invasores, expulsarlos de allí y lograr encontrar
una manera de recuperar el pájaro dorado. Tenía mucho que hacer.
Dado que estaba muy perdida y
terriblemente desorientada entre aquellos extraños edificios, decidió que
llegaría antes a casa preguntando. Armada de un nuevo valor, se dirigió a un
par de mujeres que empujaban curiosos carritos con niños muy pequeños dentro.
Llevaba cada uno una cestita de un naranja muy vivo con forma de calabaza. Las
mujeres por su parte no iban vestidas de duendes ni de brujas pero llevaban
atuendos muy raros y ¡la cabeza descubierta en público! Ella también, pero es
que con las prisas había olvidado el sombrero. Qué sitio tan extraordinario.
-
Disculpen vuesas mercedes. ¿Si les place,
podrían indicarme el camino al bosque? – La reacción de las señoras no fue la
esperada exactamente.
- -
¡Qué bueno! ¿Qué pasa, has perdido una apuesta?
Si es que los jóvenes no saben qué hacer ya para divertirse. – Dijo la del
extremo este entre risas. A Cat le costó un poco seguir aquella forma de hablar
tan distinta de la suya. Entonces habló la otra.
-
¿Bosque? Por aquí no hay ningún bosque. - Se
dirigió a la otra. – Ella y sus amigos estarán buscando algún sitio aterrador
para hacer botellón esta noche. – Miró a Cat de arriba abajo. La joven estaba
realmente confundida.- Búscate un entretenimiento más sano chica, que ya eres
mayorcita. – Y cruzaron al otro lado de la calle por encima de unas rayas
blancas pintadas sobre ese extraño río negro y sólido.
Cat no sabía qué era
“botellón” pero desde luego no era lo
que estaba intentando hacer. Pero había sacado algo en claro de aquella extraña
conversación: Que se encontraba más lejos de su bosque de lo que había parecido
en un principio. Se sintió angustiada. ¿Cómo podía haber salido tan mal el
conjuro? ¿A dónde, en nombre de todos los demonios, había ido a parar?
Siguió deambulando por la calle,
sin saber qué hacer para encontrar el camino de vuelta a casa. Supuso que a
cualquiera que le preguntase la tomaría de nuevo por una “hacedora de botellón”
y le diría que hiciera cosas sanas. Qué tontería. Ella más sana no podía ser,
¡si pedía permiso a su pequeño huerto para tomar su alimento!
Y hablando de alimento, tenía
hambre. Seguía teniendo en sus manos esos graciosos “caramelos”. Se las arregló
para desenvolver unos cuantos (aquellos envoltorios era endiabladamente
complicados) y se los metió en la boca. La mezcla de sabores tan dulces la
consoló un poco mientras seguía andando dándole vueltas a cómo salir de allí. Pero
si ni siquiera sabía dónde estaba. ¿Cómo iba a poder encontrar su hogar si ni
siquiera sabía a qué distancia se encontraba?
En éstas estaba cuando tropezó
con uno de aquellos desperdicios que llenaba la calle. En eso no se diferenciaba
mucho del estilo de vida que conocía, pero como todo en ese sitio, hasta la
basura era muy rara. Iba a ignorarlo cuando notó que aquello se había pegado a
su zapato. Se arrodilló para quitárselo. Parecía un pergamino, pero más
delgado, grisáceo y de otra textura. Tenía un texto escrito. Con una caligrafía
singular, con todas y cada una de las letras del mismo tamaño. Y sin mácula
alguna de tinta. El que lo hubiera escrito tenía un talento increíble,
realmente. Y unos dibujos, ¡qué dibujos! ¡Maravillosamente realistas! Diríase
que eran representaciones exactas. Pero no reconocía nada. Como ya venía siendo
costumbre, aquellas imágenes le parecían a Cat más versiones de aquella nueva
tierra desconocida.
Cat trató de descifrar aquella
lengua que le recordaba a la suya pero que a su vez era muy distinta. El texto
tenía frases de diferentes tamaños. Arriba del todo ponía este extraño mensaje:
“El (círculo verde) Mundo. Jueves
31 de octubre de 2013”
Cat no pudo seguir leyendo.
¡¡¿2013?!! ¡Imposible! ¿Cómo había podido suceder? ¡¿Un viaje al futuro?! Se
sintió desfallecer. Antes de cerrar los ojos vislumbró de nuevo aquella época que distaba 500 años de su
hogar.
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