Llamando a la Tierra

Imaginar es gratis

domingo, 3 de noviembre de 2013

Cuento de Halloween (parte 2) : "Truco o trato"



Cat tenía los ojos cerrados. Tenía miedo de lo que pudiera descubrir en cuanto los abriera. Lo primero que notó fue el olor. Un olor nauseabundo, ciertamente. No se parecía a nada de lo que conociera ella en su vida. También escuchaba sonidos de fondo, como rugidos lejanos, que la hacían temblar. ¿A dónde había ido a parar? Pero también escuchaba a gente hablar, como si no estuviesen rodeados de monstruos aterradores. No comprendía nada. 

Y como suele suceder, la curiosidad pudo con el miedo. Poco a poco se atrevió a abrir un ojo y después el otro. Y sintió que el peso de mil mundos se le venía encima.

Aquello era una tierra aterradora. Engendros de metal pasaban a velocidades imposibles delante de ella, construcciones increíbles se levantaban a alturas impensables, y la gente era tan distinta a aquella que había conocido...Corrían más que andaban de un lado para otro, chillando más que hablando, y ésas extrañas vestiduras…Parecía que aquello fuera el Infierno, y ciertamente no estaba del todo claro que no lo fuera.
Sólo sabía que había deseado desaparecer del desastre que se había adueñado de su vida en la cabaña del bosque. Y el hechizo de teletransportación había aparecido en su mente. Pero algo debía haber salido mal porque no se había trasladado a unos pocos kilómetros de donde se encontraba su querida floresta, pues aquello no se parecía en nada a lo que ella hubiese conocido en sus 22 años de existencia. Ni en sus peores pesadillas con hoces y antorchas. 

Estaba sentada en el portal de una de aquellas extrañísimas viviendas. Dedujo que debían ser los sitios en los que vivía aquella extraordinaria gente porque no paraban de salir y entrar en ellas. Cuando hizo acopio de valor se levantó lentamente y echó a andar con pasos vacilantes y temblorosos, pegada a las paredes, sin rumbo fijo pero deseando averiguar en qué extraño lugar había ido a parar y cómo salir de allí.
Y también estaba el asunto del pájaro. Lo había dejado atrás. Había fallado en su misión de protegerlo de todo mal y quién sabía qué había sucedido con él. Tal vez lo hubieran matado, o lo había cazado algún ave rapaz, o lo habían capturado para venderlo en el mercado de la aldea por unas cuantas monedas de oro. Las consecuencias de cada uno de aquellos posibles desenlaces eran impensables para Cat y hacían que se sintiera muy mareada. O tal vez fuera aquél persistente olor a sucio que llenaba el aire.  

Entonces empezó a fijarse más en la gente. Y quedó todavía más desconcertada. Pues estaba viendo niños pero no parecían niños. Correteaban en grupitos o al lado de los adultos con vestimentas muy extrañas. Algunas recordaban vagamente a duendes. Otras posiblemente a fantasmas…Sí, decididamente aquellos que se enrollaban con una sábana que después de arrastrarla por el suelo ya no era blanca, querrían parecer espíritus. Ciertamente demasiado cómicos para ser espíritus. 

También era gracioso ver a niñas con vestiditos negros, de gasa o encaje, vaporosas capas, grandes gorros puntiagudos les tapaban media cara pintada de blanco o de verde, narices postizas con feas verrugas y medias a rayas negras y moradas. Y siempre arrastrando tras de sí escobas. 

Cat no pudo evitar reírse. Ciertamente alguna de ellas tenía un gran parecido a su tía abuela Agripina, pero la mayoría no tenía nada que ver con las brujas auténticas. 

La joven reparó entonces en sus propias pintas. Llevaba puestas sus propias vestiduras, que no eran ni de lejos tan estrafalarias como las de aquellas pequeñas aprendices. Las capas decididamente eran una molestia, los gorros estaban bien para ir de visita, y no alcanzaba a comprender para qué demonios podían servir las escobas más que para barrer. Y además no tenía verrugas ni la cara verde.
Pero tampoco desentonaba del todo con aquella masa jubilosa de chiquillos. Llevaba un sencillo vestido que había cosido ella misma, negro con el corpiño púrpura sólo porque eran sus colores favoritos, y unas medias tupidas que le evitaban pasar mucho frío en las estaciones oscuras. Finalmente llevaba botas negras, muy cómodas para pisar con seguridad por los bosques en los que vivía.  

Y entonces se le acercaron dos niños pequeños, un esqueleto con sombrero y otra aspirante a brujita. Efectivamente, la habrían tomado por una de ellos. Si supieran…!

-          ¡Holaaa! ¡Qué disfraz tan chulo! –dijo la niñita, con una gran sonrisa desdentada. Cat no sabía qué significaba “chulo”, pero parecía significar “bonito”. – Toma, para ti. - Y ni corta ni perezosa tomó la mano de Cat y la llenó de unas cositas muy curiosas, como paquetitos de colores vivos. Los observó con atención, dando vueltas a uno de ellos con los dedos, preguntándose qué cosa maravillosa abría ahí dentro de aquél raro envoltorio. La niñita la miraba expectante. –Son caramelos, ¿no lo ves? Se comen, mira. – Y tomó el susodicho caramelo, lo abrió, extrajo una bolita naranja y se la metió en la boca a la sorprendida joven. 

-          G-Gracias- Alcanzó a decir Cat, esforzándose por no atragantarse con la bolita naranja, que, constató, ¡estaba muy buena! Se detuvo a saborearla, y comprobó que se deshacía lentamente en la boca, mientras el sabor, intenso, permanecía un rato en  la lengua. Los niños la miraban muy extrañados, y finalmente se fueron. Cat alcanzó a oír:

-        -  Qué chica tan rara…Parecía que no supiera lo que son los caramelos. ¿Qué raro no? –dijo riéndose el niño-esqueleto.
-          A lo mejor es una bruja de verdad…-dijo la niña, y Cat se apresuró a irse. No sabía lo que les hacían a las brujas de verdad en aquella tierra. Aunque bien pensado, no debían de ser muy duros si los niños iban así vestidos, quién sabía si todo el tiempo.

Aquél era un lugar lleno de sorpresas, y no parecía hostil, a parte de los monstruos de metal y el horrible olor que no parecía molestar a nadie. Pero estaba cansada de tantas emociones y  sobre todo debía volver a su hogar, y enfrentarse de una vez a los invasores, expulsarlos de allí y lograr encontrar una manera de recuperar el pájaro dorado. Tenía mucho que hacer.

Dado que estaba muy perdida y terriblemente desorientada entre aquellos extraños edificios, decidió que llegaría antes a casa preguntando. Armada de un nuevo valor, se dirigió a un par de mujeres que empujaban curiosos carritos con niños muy pequeños dentro. Llevaba cada uno una cestita de un naranja muy vivo con forma de calabaza. Las mujeres por su parte no iban vestidas de duendes ni de brujas pero llevaban atuendos muy raros y ¡la cabeza descubierta en público! Ella también, pero es que con las prisas había olvidado el sombrero. Qué sitio tan extraordinario. 

-          Disculpen vuesas mercedes. ¿Si les place, podrían indicarme el camino al bosque? – La reacción de las señoras no fue la esperada exactamente.
-        -  ¡Qué bueno! ¿Qué pasa, has perdido una apuesta? Si es que los jóvenes no saben qué hacer ya para divertirse. – Dijo la del extremo este entre risas. A Cat le costó un poco seguir aquella forma de hablar tan distinta de la suya. Entonces habló la otra.
      - ¿Bosque? Por aquí no hay ningún bosque. - Se dirigió a la otra. – Ella y sus amigos estarán buscando algún sitio aterrador para hacer botellón esta noche. – Miró a Cat de arriba abajo. La joven estaba realmente confundida.- Búscate un entretenimiento más sano chica, que ya eres mayorcita. – Y cruzaron al otro lado de la calle por encima de unas rayas blancas pintadas sobre ese extraño río negro y sólido. 

Cat no sabía qué era “botellón”  pero desde luego no era lo que estaba intentando hacer. Pero había sacado algo en claro de aquella extraña conversación: Que se encontraba más lejos de su bosque de lo que había parecido en un principio. Se sintió angustiada. ¿Cómo podía haber salido tan mal el conjuro? ¿A dónde, en nombre de todos los demonios, había ido a parar? 

Siguió deambulando por la calle, sin saber qué hacer para encontrar el camino de vuelta a casa. Supuso que a cualquiera que le preguntase la tomaría de nuevo por una “hacedora de botellón” y le diría que hiciera cosas sanas. Qué tontería. Ella más sana no podía ser, ¡si pedía permiso a su pequeño huerto para tomar su alimento!

Y hablando de alimento, tenía hambre. Seguía teniendo en sus manos esos graciosos “caramelos”. Se las arregló para desenvolver unos cuantos (aquellos envoltorios era endiabladamente complicados) y se los metió en la boca. La mezcla de sabores tan dulces la consoló un poco mientras seguía andando dándole vueltas a cómo salir de allí. Pero si ni siquiera sabía dónde estaba. ¿Cómo iba a poder encontrar su hogar si ni siquiera sabía a qué distancia se encontraba? 

En éstas estaba cuando tropezó con uno de aquellos desperdicios que llenaba la calle. En eso no se diferenciaba mucho del estilo de vida que conocía, pero como todo en ese sitio, hasta la basura era muy rara. Iba a ignorarlo cuando notó que aquello se había pegado a su zapato. Se arrodilló para quitárselo. Parecía un pergamino, pero más delgado, grisáceo y de otra textura. Tenía un texto escrito. Con una caligrafía singular, con todas y cada una de las letras del mismo tamaño. Y sin mácula alguna de tinta. El que lo hubiera escrito tenía un talento increíble, realmente. Y unos dibujos, ¡qué dibujos! ¡Maravillosamente realistas! Diríase que eran representaciones exactas. Pero no reconocía nada. Como ya venía siendo costumbre, aquellas imágenes le parecían a Cat más versiones de aquella nueva tierra desconocida.

Cat trató de descifrar aquella lengua que le recordaba a la suya pero que a su vez era muy distinta. El texto tenía frases de diferentes tamaños. Arriba del todo ponía este extraño mensaje:

“El (círculo verde) Mundo. Jueves 31 de octubre de 2013”

Cat no pudo seguir leyendo. ¡¡¿2013?!! ¡Imposible! ¿Cómo había podido suceder? ¡¿Un viaje al futuro?! Se sintió desfallecer. Antes de cerrar los ojos vislumbró de nuevo  aquella época que distaba 500 años de su hogar.

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