Pasa igual con el anuncio de los Ferrero Rocher, Mon Cherri,
el de Freixenet o el primero del año
nuevo… En la ajetreada vida del siglo XXI todavía quedan ritos que perduran en
el tiempo, por muchas décadas que pasen y por muchas crisis que ya aburren de
persistentes. Uno de ellos para mí es ver los típicos anuncios de las fiestas
navideñas, y en especial el spot de la lotería del 22. Aunque se cargaron al
inolvidable “Calvo de la Navidad” y los anuncios ya no volvieron a ser lo mismo,
veías a la burbujita de Freixenet del momento con un escotazo de vértigo
absolutamente deprimente y un vestidito dorado en absoluto invernal y suspirabas, ¡ah..hay
cosas que nunca cambian..! Rebosante de nostalgia y de polvorones.
Lo dicho, durante un tiempo algunos echamos de menos al calvete
que soplaba la papeleta ganadora que nunca te tocaba pero que si no la jugabas
parecía que la Navidad no estaba completa, pero hay que admitir que el de este
año, chapeau. Me quito el cráneo.
Por tantas y tantas
desgracias, el “Feliz Navidad y próspero Año Nuevo” de este desastroso 2012
pinta de lo más sombrío, amén de hipotéticos apocalipsis. Me veo a gente
murmurando sus bendiciones y persignándose dudosa por si llegará a ver el 2013.
Paciencia, todo se andará…A lo que iba. Hay publicistas que merecen que les
frían los higadillos en su jugo, pero antes hacerles cantar por soleares que
las leyes de la física son verdades universales aunque les haga babear el ultimísimo,
ultraplanínismo y extracarísimo iphone nosecuál. Pero hay otros a los que se
les huele la genialidad, como la podredumbre cerebral a los de los menudillos
fritos.
En mi opinión, el spot de la lotería de este año no podría estar
más acertado. El país colea todavía pugnando por levantar cabeza tras un año de
recortes, huelgas, desesperanza, manifestaciones, altercados, tragedias varias y
sobre todo, desilusión universal. Nadie tiene ganas de celebrar nada. Nadie se
atreve a atesorar un poquitín de felicidad, por miedo a que con unas enormes
tijeras se la vuelvan a arrebatar sin poder evitarlo. Muchísima gente pugnando
por sobrevivir más que vivir ha llegado a un 4 de diciembre en el que como de costumbre ya se han acabado
las pastelosas películas de Navidad que empezaron en Noviembre y en las que “todo
es posible si conservas el espíritu” y los centros comerciales ya te dicen lo
que más deseas en el mundo entero para estas fiestas, bombardeado sin
misericordia por anuncios y más anuncios de juguetes, colonias, más colonias,
gambas, gulas del Nooooooorte (subnormal la tia..) rodeado de lucecitas
brillantes y bailando al son de “Jingle Bells, Xmas smells…” Agotador. A Reyes
ya reglotas Navidad. E instintos maníacos.
Pero quizás, sólo quizás, sería bonito creer en eso del
espíritu. Dando por perdido ya el sentido religioso de la fiesta y con el buey
y la mula ya en retirada miras la peliculita de las 16 con una sonrisa boba en
la cara y piensas que ojalá cualquier cosa fuera posible. Que fuera verdad que
unos hombrecillos plateados recorrieran caminos de blanca nieve y brillante
escarcha y atrapasen todos tus sueños, inquietudes y, por qué no, tus más
oscuros deseos en burbujitas iridiscentes, pero no de Freixenet, y las concentraran en el lugar mágico donde se
agrupan los borrosos recuerdos felices de ese árbol que parecía gigantesco a
los 4 años cubierto de algodón en un rincón del hogar de mi niñez, y de la
incombustible figurita de Papá Noel en coche sobre el piano, sin la cual no es
Navidad. Y de las comidas al amor de la lumbre con los ya ausentes abuelos que
con sus más y sus menos siempre te deseaban lo mejor… Donde se agazapa el
etéreo espíritu del que los americanos no se cansan de hablar en sus películas
pero cuyo significado nadie rememora ya, porque a veces los malos recuerdos
ensombrecen a los felices momentos de ilusión.
Sería bonito creer que en Navidad aunque los grandes adornos
se apaguen se encienda una tímida lucecita en alguna parte y que todos los
sueños y anhelos perdidos con fuerza y fe pudieran hacerse realidad.
Es precioso. Y barato. Pues soñar es gratis y nunca
desaprovecho una ganga.
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