Cat extrajo de los múltiples
pliegues de su vestido medieval un pequeño libro de tapas azules y con un
dibujo de una luna plateada y muchas estrellas. Lo depositó con un cuidado
reverencial en la mesita delante de la cual estaba arrodillada. Sus movimientos
eran lentos pero seguros cuando ordenaba con ceremonia todos los ingredientes y
objetos necesarios para su cometido.
Colocó con esmero las velas
dedicadas a la Madre Tierra, fuente de toda vida y energía, y mezcló agua con
aceite esencial de lavanda en un pequeño difusor. A continuación inspiró e
inspiró tres veces y describió con una de sus violetas a modo de varita un
círculo alrededor del altar, empezando por el Este y terminando por el Norte. Finalmente
cerró los ojos, extendió las manos sobre la mesa y recitó una salmodia que sólo
atañe a las brujas, para pedir ayuda al Cosmos para lograr acometer su
objetivo.
Después abrió el libro, y escrutó
entre sus páginas el hechizo adecuado. Su Libro de Sombras era un compendio de
memorias, encantamientos, notas, enciclopedia y manual de Magia tan antigua
como el tiempo, junto a varias recetas de cocina. Por todo esto, aunque de
pequeño tamaño, el libro era bastante grueso, ampliado con añadidos de plantas y
flores secas, extractos de textos, dibujos y recuerdos. Aquél libro era tan antiguo como el linaje
materno de su familia, que se remontaba a generaciones de mujeres especiales
que habían nacido siglos atrás. Lo que tenían en común todas ellas, más allá de
todas sus aptitudes únicas, era que poseían una fe inquebrantable en que todo
hecho con ilusión es posible.
Cat debía encontrar en la
sabiduría ancestral de su familia el modo de llegar a casa.
Después de hojear y hojear el
libro, encontró al fin lo que buscaba. Tan concentrada estaba que no escuchó a
Scarlett entrar, pues de la curiosidad ya no se podía aguantar.
Cat concentró todas sus fuerzas y
recitó el hechizo. Invocó a los dioses paganos, a las antiguas fuerzas que
movían un mundo joven. Con cada palabra hablaban las voces de otra época con el
saber de mil vidas, secreto como lo que los ojos no ven pero que el corazón
siente.
Cat pronunció la última palabra y
contuvo la respiración. El aire quedó en suspenso, como si se hubiera detenido
el tiempo… Se atrevió a abrir un ojo y vio a Scarlett con la boca abierta.
- Eso ya lo veo- Contestó Cat, estrujándose las manos. ¿Por qué no había resultado? ¿Es que no había forma de que su magia funcionase en aquella época? Se sentía desolada, y más perdida que nunca.
- Eh, eh, no llores. – dijo Scarlett. Cat consiguió controlar su labio inferior. – Igual es que no te centras lo suficiente.- trató de ayudar- ¿Hay algo que haga que…¿te salga mejor el abracadabra? ¿Algo que te sirva de ayuda con la conjura?
Cat pensó un
momento y al final, abatida respondió:
-Nunca he necesitado más que estar rodeada de mi
bosque. De mis árboles, las flores, las hojas a mis pies, el fragante viento
cantando en mis oídos…
-Vaale, vale, ya lo pillo. Un bosque… De eso ya
no queda mucho… ¡Pero no te me vengas abajo! – se apresuró a añadir cuando la
otra empezó de nuevo con los pucheros. – No sé si te valdrá la zona montañosa
de por aquí. Es lo único verde que tenemos cerca. – Cat dibujó una sonrisa
triste que no llegó a sus ojos y respondió: – Se puede intentar.
-Pero…No puedes salir con esas pintas- ¿Cómo? –
dijo Cat evaluándose a sí misma con ojo crítico, buscando el fallo. – Pues como
recién salida del rodaje de “Juego de Tronos”…Olvídalo. Voy a buscarte algo
adecuado. – Y la ayudó a vestirse con un suéter, unos vaqueros ceñidos, de
época –con la consiguiente sarta de improperios con cada pernera - Y unas deportivas. Cuando Scarlett se aseguró
que Cat ya no tropezaba consigo misma y tampoco andaba como si llevara un balón
de fútbol entre las piernas, consintió en que salieran.
Scarlett no
sabía en qué acabaría todo aquello, y miraba de reojo a aquella chica que en cuestión
de horas había revolucionado todo su mundo. Cat caminaba pensativa, sin hablar
ni emocionarse con cada menudencia del siglo XXI, algo muy extraño en ella.
Aquella sonrisa triste que parecía que no la abandonaría nunca era todo lo que
podía leerse en su rostro. ¿En qué estaría pensando?
Cat sonreía
para no desalentar a su nueva amiga, que tan amable estaba siendo con ella,
pero no sentía alegría alguna. Pues había perdido su magia, ya no quedaba
ninguna duda. ¿Por qué en el siglo XXI ni siquiera era capaz de sentirla?
Aquella maravillosa conexión con la naturaleza y con toda vida ya no estaba. La
había abandonado por completo. Se sentía desconsolada, con
un destino al que no podía llegar y lo peor de todo, sin esperanza. Sentía toda
la fortaleza y su fe en sí misma flaquear, pues se encontraba en un siglo
incomprensible para ella solo por su culpa. Hasta hacía un par de días era la
depositaria de un gran poder y de una gran responsabilidad, como suele decirse,
pero todo lo había mandado a “la mierda”, (tal y como mascullaba Scarlett de
vez en cuando) estuviera donde estuviese eso. Pero sí estaba segura de que las
consecuencias de sus acciones se reflejaban en cada rincón de un mundo viejo y cansado
de unos seres humanos sin bondad. Y se hundiría para siempre sin remedio si no
volvía a tener ilusión, a creer en prodigios y a sacar la magia de donde fuera
para regresar y recuperar a ese maldito pájaro. Y lo tenía que hacer sola, no
valían príncipes rescatadores cuando se trata de salvar el bien. Una misión
heroica, ciertamente.
Scarlett sentía todo lo contrario. Miraba al cielo, preguntándose
si caerían de la atmósfera más brujos dándose un garbeo por el tiempo, o si
vería escobas voladoras surcar el firmamento en dirección a Hogwarts. Ahora
todo parecía posible, cualquier cosa podía pasar a cada momento y su mente
imaginaba mil portentos que la humanidad ni siquiera se atrevía a soñar.
Y en aquellos momentos se cruzó en su camino algo inesperado. Un gato negro de pelaje sedoso y profundos ojos verdes que parecían saberlo todo. Por ejemplo, un supersticioso habría cambiado el sentido de la marcha, en un siglo en el que nadie al que se le considerara cuerdo creía en la magia. Otro se cagaría en el… gato de los … que le ha dado un susto de muerte, y se sentiría tentado de asegurarle una señora patada que lo mandaría directo a la siguiente de sus siete vidas.
Sin embargo lo que sucedió fue que una joven de unos veinte años, de cabellos dorados y ojos dulces cruzó la mirada con esos iris que parecían esmeraldas talladas. Una mirada llena de entendimiento, forjada en una afinidad difícil de explicar.
… Y dio un
repentino salto arrastrando a una sorprendida Scarlett detrás de un coche
aparcado.
Y Cat vio algo imprevisto en aquellos ojos
que venían de su mismo mundo.
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