En aquellos momentos, en otro
lugar de la ciudad, un joven con extrañas ropas deambulaba por las calles, que
se habían vaciado ya de los alegres niños disfrazados para Halloween. Se
encontraba sólo él y las hojas caídas de los árboles, que crujían a su paso por
la calzada. Llevaba el desconcierto y el temor pintados en el rostro. Tras una
máscara de ira. Un gato negro sentado en un portal lo observaba caminar sin
rumbo, con un brillo inteligente en sus ojos verdes.
Cat se había sentado en el balcón
de Scarlett. Desde allí podía ver las calles sumirse lentamente en la apacible
tranquilidad nocturna. La Tierra habría visto ya muchas noches como aquella,
pero era muy diferente a lo que Cat había conocido hasta entonces. La oscuridad
no llegaba a tocar el suelo, pues las luces seguían iluminando cada recodo de
las calles, y el murmullo del bosque dormido que la mecía cuando se acurrucaba
junto al fuego se había tornado en los interminables coches rugiendo por la
carretera. Y ya no podía ver el firmamento que tan bien conocía. Sólo le
llegaba la luz trémula de unas pocas que resistían el tremendo resplandor del
mundo moderno. Se sentía muy desamparada sin sus estrellas.
Entonces Scarlett se le acercó.
Le ofreció un conjunto de ropa muy suave y que olía maravillosamente. Le
recordaba a algo pero no conseguía descifrar el qué.
-
Toma, es un pijama…Para que puedas dormir más
cómoda que con eso- señaló el vestido de Cat.
Cuando se lo puso el recuerdo
perdido le vino a la mente: Ella, muy pequeña, observando a su madre lavando en
el río con un viejo jabón que se había traído de Francia. Después de lavar la
ropa a su madre le olían todo el día las manos a aquello. Cat no pudo evitarlo,
se le escapó un suspiro. Scarlett creyó que se iba a poner a llorar.
-
Verdaderamente, el chocolate y el pijama son mis
cosas favoritas del siglo XXI. – Scarlett rió.
¡ - Pues espera a ver el agua corriente! Y hablando
de eso…Mis padres han salido esta noche a una fiesta de Halloween que han
organizado unos amigos suyos y no dormirán aquí, y mi hermana andará por ahí de
fiesta y tampoco aparecerá…Y bueno, como me parece que mañana aún estarás por
aquí más nos vale encontrar alguna excusa para cuando te vean y sobre todo que
para entonces te hayas duchado. Hueles como si llevaras siglos sin lavarte…Era
broma, era broma. – Se apresuró a decir entre risas empujando a Cat hacia el
cuarto de baño.
Explicó con
mucha paciencia el funcionamiento de los mandos del agua y dejó a la otra
riéndose con los geles y jabones espumosos de su hermana.
Cuando Cat salió
del baño envuelta en una nube de vapor y sonriendo encantada Scarlett constató
con horror que la estancia parecía un lago, inundada de grandes cantidades de
espuma jabonosa. Suspiró exasperada. Por algo se suponía que los viajes en el
tiempo no existían. Daban mucho trabajo.
Cat creía que aquella noche no podría
conciliar el sueño, pues porque bueno, que le cambien de siglo a uno no es
plato de buen gusto para nadie, pero nada más tocar el sofá cama se durmió tan
profundamente como las princesas de los cuentos de hadas. Ni mil príncipes
encantadores podrían despertarla del sueño de los cien años. O quizá algunos
más.
A la mañana
siguiente, cuando sintió los primeros rayos de Sol acariciándole el rostro, Cat
abrió los ojos y esbozó una sonrisa. El Sol era igual en ambos milenios. Bostezó
con disimulo y se desperezó con gracia, y alegre y resuelta tarareaba una
bonita melodía mientras se deshacía su larga trenza, recogía las sábanas y
preparaba un suculento desayuno para su anfitriona. Y en medio de tan apacible
escena se escuchó:
¡¿Pero qué c…?!- Cat se giró sobresaltada. Y
encontró a una malhumorada Scarlett con el pelo revuelto, el pijama hecho un
gurruño y el rímel corrido sobre un rostro sulfúrico.
- –
¿Por qué narices tienes que hacer tanto ruido?
¡Son las siete de la mañana! ¡¿Y qué desastre es este?! –
ACat le había
costado un poco comprender el funcionamiento de una cocina moderna, y por
aquella estancia parecía que había pasado el mismísimo Atila buscando unas
tostadas. Por cierto, un tanto requemadas.
-
Disculpa mi torpeza, Scarlett. Enseguida recojo todo
esto. – dijo Cat. Parecía tan turbada, cual doncella en apuros que a Scarlett
se le pasó el mal humor.
- -
Anda, deja eso, ya lo recogeremos más tarde. Y
por el amor de Dios, duérmete o invoca a un demonio si eso te hace feliz, pero
que sea silencioso. ¿Comprendido?
Y se fue a su dormitorio
mascullando algo sobre que las jóvenes medievales ya no se hacían como antes. Y
en medio minuto ya se escuchaban ronquidos dignos de un ogro matón.
Cat estaba acostumbrada a empezar
su día de trabajo con la salida del Sol, así que muy hacendosa ella, recogió y
limpió con cuidado la cocina y después
observó por la ventana aquél extraño mundo despertar bajo el astro que
iluminaba sus días quinientos años atrás. Aquí y allá veía a la gente andar sola o en grupos, pero nadie conversaba con nadie. Todos iban mirando su teléfono, pendientes de un mundo que daba ganas de llorar.
Aquél siglo era verdaderamente
enrevesado. Era demasiado oscuro, aunque las calles estuvieran iluminadas día y
noche. El hombre había evolucionado hacia un ser que no temía a nada, ni a la muerte,
y erigido en el peñón seco en el que estaba convirtiendo su precioso mundo
actuaba como si fuera el mismo Dios. Segando vidas de miles en miles, tantas
que el propio Torquemada parecía un aficionado, pues su época no es que fuera
un dechado de virtudes e ilustración, pero al menos no había engendrado
aquellas desgracias como el “Holocausto”.
A los judíos no les había salido a cuenta ser el pueblo escogido por el
Todopoderoso. Por qué temer a brujas,
ogros, monstruos en el armario o bajo las camas si existen cosas como el “Terrorismo”, o las Guerras Mundiales por una avaricia inconmesurable. O aquellos dichosos “partidos políticos” que tan mal lo hacen todo, los bancos, la prima del tal riesgo o la Telebasura.
El hombre con su maquinaria indestructible se había convertido en un monstruo
sin corazón y blindado contra las emociones. ¿La bondad y la decencia ya no
cabían en el mundo moderno? Aquél pájaro ya había volado, y muy lejos.
¿Habría sido culpa suya? ¿Todas las desgracias acometidas por los hombres habían ocurrido porque ella dejase libre al ave dorada? No podría vivir con aquella carga. Debía volver como fuera y arreglarlo. Regresar a su época y evitar la desaparición del bien más preciado del hombre. Su humanidad.
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