Llamando a la Tierra

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lunes, 11 de noviembre de 2013

Cuento de Halloween (parte 5) : "De Torquemada a Telebasura y tiro porque me toca"



 En aquellos momentos, en otro lugar de la ciudad, un joven con extrañas ropas deambulaba por las calles, que se habían vaciado ya de los alegres niños disfrazados para Halloween. Se encontraba sólo él y las hojas caídas de los árboles, que crujían a su paso por la calzada. Llevaba el desconcierto y el temor pintados en el rostro. Tras una máscara de ira. Un gato negro sentado en un portal lo observaba caminar sin rumbo, con un brillo inteligente en sus ojos verdes.

Cat se había sentado en el balcón de Scarlett. Desde allí podía ver las calles sumirse lentamente en la apacible tranquilidad nocturna. La Tierra habría visto ya muchas noches como aquella, pero era muy diferente a lo que Cat había conocido hasta entonces. La oscuridad no llegaba a tocar el suelo, pues las luces seguían iluminando cada recodo de las calles, y el murmullo del bosque dormido que la mecía cuando se acurrucaba junto al fuego se había tornado en los interminables coches rugiendo por la carretera. Y ya no podía ver el firmamento que tan bien conocía. Sólo le llegaba la luz trémula de unas pocas que resistían el tremendo resplandor del mundo moderno. Se sentía muy desamparada sin sus estrellas. 

Entonces Scarlett se le acercó. Le ofreció un conjunto de ropa muy suave y que olía maravillosamente. Le recordaba a algo pero no conseguía descifrar el qué.
-          Toma, es un pijama…Para que puedas dormir más cómoda que con eso- señaló el vestido de Cat.
Cuando se lo puso el recuerdo perdido le vino a la mente: Ella, muy pequeña, observando a su madre lavando en el río con un viejo jabón que se había traído de Francia. Después de lavar la ropa a su madre le olían todo el día las manos a aquello. Cat no pudo evitarlo, se le escapó un suspiro. Scarlett creyó que se iba a poner a llorar.

- Eh, no te preocupes, encontraremos la forma de que vuelvas a tu época. Mira, te he hecho  chocolate caliente, una de las mejores cosas del mundo moderno, además de la telefonía móvil…No importa – dijo al ver la cara de la otra.  Cat tomó un sorbo del chocolate y se animó al instante. Relamiéndose dijo:
-          Verdaderamente, el chocolate y el pijama son mis cosas favoritas del siglo XXI. – Scarlett rió. 

¡   - Pues espera a ver el agua corriente! Y hablando de eso…Mis padres han salido esta noche a una fiesta de Halloween que han organizado unos amigos suyos y no dormirán aquí, y mi hermana andará por ahí de fiesta y tampoco aparecerá…Y bueno, como me parece que mañana aún estarás por aquí más nos vale encontrar alguna excusa para cuando te vean y sobre todo que para entonces te hayas duchado. Hueles como si llevaras siglos sin lavarte…Era broma, era broma. – Se apresuró a decir entre risas empujando a Cat hacia el cuarto de baño.

Explicó con mucha paciencia el funcionamiento de los mandos del agua y dejó a la otra riéndose con los geles y jabones espumosos de su hermana.
Cuando Cat salió del baño envuelta en una nube de vapor y sonriendo encantada Scarlett constató con horror que la estancia parecía un lago, inundada de grandes cantidades de espuma jabonosa. Suspiró exasperada. Por algo se suponía que los viajes en el tiempo no existían. Daban mucho trabajo.


Cat creía que aquella noche no podría conciliar el sueño, pues porque bueno, que le cambien de siglo a uno no es plato de buen gusto para nadie, pero nada más tocar el sofá cama se durmió tan profundamente como las princesas de los cuentos de hadas. Ni mil príncipes encantadores podrían despertarla del sueño de los cien años. O quizá algunos más.

A la mañana siguiente, cuando sintió los primeros rayos de Sol acariciándole el rostro, Cat abrió los ojos y esbozó una sonrisa. El Sol era igual en ambos milenios. Bostezó con disimulo y se desperezó con gracia, y alegre y resuelta tarareaba una bonita melodía mientras se deshacía su larga trenza, recogía las sábanas y preparaba un suculento desayuno para su anfitriona. Y en medio de tan apacible escena se escuchó:

 
     ¡¿Pero qué c…?!- Cat se giró sobresaltada. Y encontró a una malhumorada Scarlett con el pelo revuelto, el pijama hecho un gurruño y el rímel corrido sobre un rostro sulfúrico. 
-          ¿Por qué narices tienes que hacer tanto ruido? ¡Son las siete de la mañana! ¡¿Y qué desastre es este?! –

     ACat le había costado un poco comprender el funcionamiento de una cocina moderna, y por aquella estancia parecía que había pasado el mismísimo Atila buscando unas tostadas. Por cierto, un tanto requemadas. 
-          Disculpa mi torpeza, Scarlett. Enseguida recojo todo esto. – dijo Cat. Parecía tan turbada, cual doncella en apuros que a Scarlett se le pasó el mal humor.

-      -   Anda, deja eso, ya lo recogeremos más tarde. Y por el amor de Dios, duérmete o invoca a un demonio si eso te hace feliz, pero que sea silencioso. ¿Comprendido?
Y se fue a su dormitorio mascullando algo sobre que las jóvenes medievales ya no se hacían como antes. Y en medio minuto ya se escuchaban ronquidos dignos de un ogro matón.

Cat estaba acostumbrada a empezar su día de trabajo con la salida del Sol, así que muy hacendosa ella, recogió y limpió con  cuidado la cocina y después observó por la ventana aquél extraño mundo despertar bajo el astro que iluminaba sus días quinientos años atrás. Aquí y allá veía a la gente andar sola o en grupos, pero nadie conversaba con nadie. Todos iban mirando su teléfono, pendientes de un mundo que daba ganas de llorar.

Aquél siglo era verdaderamente enrevesado. Era demasiado oscuro, aunque las calles estuvieran iluminadas día y noche. El hombre había evolucionado hacia un ser que no temía a nada, ni a la muerte, y erigido en el peñón seco en el que estaba convirtiendo su precioso mundo actuaba como si fuera el mismo Dios. Segando vidas de miles en miles, tantas que el propio Torquemada parecía un aficionado, pues su época no es que fuera un dechado de virtudes e ilustración, pero al menos no había engendrado aquellas desgracias como el  “Holocausto”. A los judíos no les había salido a cuenta ser el pueblo escogido por el Todopoderoso.  Por qué temer a brujas, ogros, monstruos en el armario o bajo las camas si existen cosas como el “Terrorismo”, o las Guerras Mundiales por una avaricia inconmesurable.  O aquellos dichosos “partidos políticos” que tan mal lo hacen todo, los bancos, la prima del tal  riesgo o la Telebasura. El hombre con su maquinaria indestructible se había convertido en un monstruo sin corazón y blindado contra las emociones. ¿La bondad y la decencia ya no cabían en el mundo moderno? Aquél pájaro ya había volado, y muy lejos.  

¿Habría sido culpa suya? ¿Todas las desgracias acometidas por los hombres habían ocurrido porque ella dejase libre al ave dorada? No podría vivir con aquella carga. Debía volver como fuera y arreglarlo. Regresar a su época y evitar la desaparición del bien más preciado del hombre. Su humanidad. 


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