Lo que hizo que me espabilara del todo no fue la irritante vocecilla de la lirón, sino la visión de nuestro lugar de destino. La más impresionante ciudad que jamás hubiera visto. Vale que no había visto muchas (una), pero seguía siendo una metrópolis sensacional.
A medida que nos íbamos acercando, quedábamos más y más fascinados por los imponentes edificios, las larguísimas vías atestadas de gente con prisa, las puntiagudas torres de hechicería que parecían desafiar a los dioses con su poder y belleza. También se distinguían las otras sedes de los distintos gremios, que deslumbraban como joyas talladas en cristal de todos los colores del arcoiris.
Ciertamente era una ciudad bella, llena de vida. Lo único inquietante era el cielo sobre ella, que donde en el campo fuera azul brillante, en la urbe era gris plomizo.
Llegamos al fin a las grandes puertas de la ciudad. Y el primer obstáculo se presentó en forma de centinela cuatro por cuatro que nos cerraba el paso. Marlin nos instó a escondernos debajo de sus ropas, [por si por alguna absurda casualidad dos lirones eran menos bienvenidos en la ciudad que un mago]. En vistas del panorama, la cara de disgusto de Analisa hacía juego perfectamente con mi opinion al respecto, pero hicimos de tripas corazón y aguantamos la respiración, puesto que el viejo mago olía intensamente a queso suizo.
- Saludos, mago. - dijo el centinela, con la voz ligeramente distorsionada por la niebla espesa de debajo de las ropas de Marlin. - Nombre? - Marlin el Mago.- el de Arturo y...? - que nooo! - Bueno, bueno. Del gremio o liberal ? - Liberal .- Ahá . Tenéis tres días para solventar vuestros asuntos e irse. Órdenes del gremio de esta ciudad. Las cosas que encantar aquí son cosa suya, seguro que lo comprende. Aquí tiene su visado de entrada - concluyó con una sonrisa desdentada y una amabilidad que concordaba poco con su aspecto de cíclope implacable - Circulad y buen día...- Marlin puso en marcha el carro, y prácticamente habíamos cruzado las puertas del todo, nosotros todavía escondidos, cuando escuchamos una voz:
-¡Esperad, mago, esperad! Casi lo olvidaba.- Mecachis. [Carro detenido.Sonrisa sospechosamente inocente] ¿Siiii?
- Alguna mercancía que declarar? ¿Maquinaria pesada? - Eer, sí. - Bien. ¿Objetos de inusitado e incontrolable poder? - Eer, sí. -Perfecto. ¿Mascotas?
En ese momento, de un pliegue de la túnica de Marlin, salió una tambaleante lirona, con la tez verdosa, dio unos cuantos pasos tambaleantes y cayó desmayada. Y un servidor detrás de ella tratando de detenerla, y siendo pillado con las manos en la masa, y al descubierto. Gran sonrisa inocente.
- Ahí va, generación espontánea. Ya decía yo que tengo que lavar más a menudo la túnica, je,je,je - dijo Marlin.
- Ah, bueno, pues lamentándolo mucho, no podemos franquearles la entrada a estos dos. Ya sufrimos una plaga de ratas, que lo mean todo, lo mordisquean todo, se bañan en la nata fresca, chillan y te pegan un susto de muerte...Lo hemos intentado todo: plaguicidas, flautistas encantadores, gatos a sueldo... En estos momentos estamos en plenas negociaciones para que limiten la descendencia a una camada, pero no hay manera. Me temo que no podemos permitir una nueva cría descontrolada de roedores. - el hombretón parecía realmente apenado. -Tendrán que esperaros aquí fuera..¡Ais, son tan monos...!
- ¡Oiga, si ese es el problema, no se preocupe! Mire, el machito es estéril. - Eso provocó una gran irritación en mí. ¿Por qué tenía que ser yo el estéril? Uno tenía una reputación que mantener, y no iba a consentir ser motivo de mofa, befa y escarnio de la comunidad de roedores de la metrópolis. Faltaría más.
Con el dedo justiciero ya iba a decirle cuántas hacían dos y dos a ese mago desconsiderado cuando el hombre me miró con atención.
- ¿De verdad? En ese caso...- Y tras la mirada sulfúrica de un mago y una princesa -lirón, cambié el dedo enhiesto por lo que a mí me pareció "pintas de manso perdido". Con un gesto el centinela nos dejó pasar, y aún le alcancé a escuchar : "Animalito...Estéril y turulato..." Ciertamente, un gorila muy sensible.
Una vez dentro de la ciudad, y metidos de lleno en el tráfico de carros, carretas, jamelgos apolillados y caballos de guerra, no tuvimos mucho tiempo para dedicar a la vida contemplativa. Aquello era el caos . Tonto el último que atropellaba, y tonto el último cuadrúpedo que dejaba sus presentes en la calzada. El hedor era insoportable. Claro que las autoridades imponían sus sanciones, pero todavía no hay hechicero sobre la tierra que haya podido controlar el esfínter de un caballo.
Finalmente llegamos, esquivando como buenamente pudimos domingueros y plastas de jaco, a los terrenos del Gremio de Magos. Un sitio que intimidaba en su grandiosidad y poderío. Una cosa... Una cosa que acarrarearía problemas a mí como mosquita al café, vamos. Me lo olía.
- Mi mente preclara intuye - dije - que el libro de marras está ahí dentro. - Y "ahí dentro" en realidad era una forma simple de decir "en algún lugar de un enorme complejo formado por una torre puntiaguda (importante) de catorce pisos, que transpira magia por las paredes, tres aularios de la Universidad de Magos que chorrea magia desde el techo, la cantina, la Biblioteca Mágica, que rezuma magia en cada página, y la Residencia Cambiante (un edificio que por lo visto había sido víctima de un hechizo de esos de "a que no te atreves a provocarle el baile de San Vito a Fulanito" y que no había provocado nada...salvo una timidez inusitada en un edificio, y que hacía que se escondiera detrás de todos los demás cuando se lo buscaba. Los estudiantes, sobre todo los que necesitaban un cambio urgente de calzoncillos, cosa bastante común en el Gremio de Magos, lo solucionaban gritando al tendido, "¡Guapo! ¡Sal que te vea! ¡Pero qué salao eres!".
- Sí, puede estar en cualquier parte. - dijo Marlin, con la solemnidad que requería el momento.
- Bueno, pero probablemente esté en la Biblioteca, ¿ no? Estadística pura- intervino la marisabidilla.
- Eso es lo que querrán que pensemos...- respondí yo. - Porque supongo que no venimos a pedirlo prestado para dos semanas ¿ verdad? Venimos a llevárnoslo por la fuerza.
- Supones bien.
- ¿Y si precisamente quieren que pensemos que ellos quieren que pensemos que está en la biblioteca, y de esa forma no lo buscaríamos ahí, pero precisamente está ahí? - contraatacó ella, con una sonrisa triunfante. Me hinchaba mucho las narices.
- Eso es una estupidez. Seguro que no se le ha ocurrido a nadie algo tan enrevesado. - Yo creo que es incluso típico, lo que pasa es que tú no ves más allá de tus...
- Caaalma chicos, no os sulfuréis. ¡Ni siquiera hemos entrado!
- ¿Y eso va a suponer conflicto?
- ¿Tú qué crees?
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