Llamando a la Tierra

Imaginar es gratis

viernes, 14 de febrero de 2014

Memorias de una alimaña educada (parte 3)



El mago no parecía haberse percatado de que la carreta tenía dos nuevos pasajeros. Seguía a lo suyo, canturreando canciones de taberna y de vida ociosa con tabaco de pipa y cerveza a porrillo. Parecía que de momento nos habíamos librado de la ira del hechicero. Pero como suele decirse, “todo se andará”, y no quería andarlo.

   - Princesa Analisa, o como quieras que te llame. Yo me bajo. Creo que ya he visto suficiente magia para lo que me queda de vida (1). Y no sienta bien. Es como un empacho de arroz con leche, temo por mi salud. A más ver.

     - ¡No espera! ¡Me habías dado tu palabra! ¡No puedes abandonarme! ¡Rata cobarde! -  chilló muy agudamente cuando ya estaba buscando el modo de bajarme del carromato en movimiento. El caballo debió oírla porque soltó un relincho de disgusto. Me puse nervioso.

- No recuerdo haber dado ninguna palabra. Sólo dije que te ayudaría porque me dabas pena, eso es todo. Pero aprecio demasiado mi vida como para arriesgarme con jueguecitos de magia. 
-   ¿Qué vida? ¿La de estar espatarrado en la hierba sin más que hacer que engordar el culo y ver pasar los días sin nada más entre manos que tu…? - >> Se detuvo a tiempo. Debió de darse cuenta que aquello no sonaba nada principesco.  

 Me estaba poniendo histérico, y cuando estoy histérico me da por comer. Por lo visto es una costumbre muy común entre los seres humanos. Lo primero que encontré para echarme a la boca fue una zanahoria arrugada que tenía el mago junto con otras hortalizas. Me puse a roerla concentrado en encontrar una réplica mordaz que soltarle a esa alimaña relamida. Entonces escuchamos un ruido estremecedor.

- ¡¡Jem, jem, trrrrjem!!- el mago carraspeaba como si le fuera la vida en ello. Y notamos también por primera vez que el carromato se había detenido. Visto y no visto me encontré volando, con los incisivos clavados aún en la zanahoria, y delante de unas fauces con un diente de oro, a punto de cerrarse sobre mi trasero. Miré aterrado  unos ojos grises envueltos en una nube de humo de tabaco y bajo unas cejas tan espesas como dos ardillas.

-   Vaya, vaya, tú no eres la zanahoria. – De la susodicha  quedaba  poco más que las hojas. - Y era la última que me quedaba. – Ya está, me podía dar por rata muerta. Encima me había zampado su zanahoria. – En fin, me comeré un puerro, qué se le va a hacer. – Y ni corto ni perezoso rebuscó entre sus víveres y sacó un puerro hermoso y se lo zampó tan tranquilo.

Yo seguía esperando mi sentencia de muerte, pero el hombre me había dejado a un ladito, con cuidado y mimo incluso, y puso en marcha de nuevo su carromato y su canturreo desafinado, como si no hubiera pasado nada. Noté que tiraban de mí. La ratita presumida otra vez.

-  Voy a preguntarle si me puede desencantar él. – Susurró. - Bien, y acabemos de una vez- Y ocupó mi lugar al lado del mago, que se encontraba encendiendo de nuevo su pipa.  Analisa se plantó a su lado y le hizo una reverencia muy graciosa.

- ¡Vaya, si había otro lirón! ¡Y tú eres una hembrita! ¿Es tu novia eh, bribón? – dijo hablando al tendido, o sea a mí. – Pero no me llenéis el carro de crías, por favor, ya sé que es época je, je, je. – dijo riéndose entre dientes. Yo hubiera jurado que Analisa enrojecía hasta la raíz del pelo.

- No, no, mi buen señor, no somos pareja. – dijo mirando al suelo, roja hasta la raíz del bigote.

     - ¡Corcho, si habláis y todo! ¡Ésta sí que es buena! ¡Seguro que nadie, nadie, nadie, se había encontrado hasta ahora con animales parlantes jo, jo, jo! – y se reía tan a gusto y tan a mandíbula batiente.

-  Sí…bueno…Nosotros esperábamos pedirle ayuda, señor… - Marlin, soy el Mago Marlin.

-El del Rey Arturo y sus caballeros de…? – Noo, no, no, no. Estoy harto de que me confundan con ése. Además, sus hazañas están sobrevaloradas (2). Una mesa redonda, a quién se le ocurre…tsk, tsk, tsk. Pamplinas, todo pamplinas.

-   Bien, oh, todopoderoso Mago Marlin.- Intervine, porque a ese paso terminábamos la aventura en otoño.  – Mi amiga querría saber si podéis desencantarla. Dice que es una princesa hechizada.

       -¡No lo digo! ¡Lo soy! Soy la Princesa Ana Elizabeth Pascuala de…- Vale, vale,  no sueltes otra vez ese rollo, por lo que más quieras. Pero ese reino tuyo tiene un nombre muy raro, admítelo. – La lirón parecía a punto de explotar, pero entonces intervino Marlin.
  
-   Je, je, je, ¡qué interesante se está poniendo el día! – el vejete socarrón se lo estaba pasando en grande. – Bueno, princesa, siento decepcionarte, pero los hechizos de este tipo sólo puede deshacerlos el que los ha lanzado. – Analisa pareció de repente muy abatida, con los bigotes y la cola gachos. – Pero me estáis divirtiendo mucho, y te voy a ayudar a encontrar a ese malandrín.

      -¿De verdad? ¡Gracias, gracias, mi buen señor! Os cubriré de oro cuando vuelva a ser princesa. – Sí, sí, eso dicen todos. Con que no me lances a los cocodrilos cuando ya no sirva de ayuda, ya me conformo. Una práctica que deleitaba al príncipe Vlad…– El mago quedó pensativo, mirando al vacío, o a algo que sólo podía ver él, y ya creía que se había olvidado de nosotros, cuando de repente dio un respingo y se puso muy contento.

      - Aah! ¡Qué idea! ¡Una magnífica, excelentosa, y fantastichachi idea! – Al tío se le había ido la olla. Bailoteaba sobre el pescante, ofreciendo una tórrida escena a los que no deseábamos ver ni oler sus calcetines ni sus paños menores. - ¡Ja, ja, ja! ¡Sí! ¡Mira tú por dónde me vais a venir muy bien, vosotros dos! – Nos echó una mirada encendida, y pensé que lo más sensato habría sido correr en dirección contraria. Ya iba a alegar enfermedad o lesión grave cuando el viejo habló.

-Precisamente ando inmerso en unas investigaciones importantísimas…Vitales…De las que no puedo desviar toda mi atención...- No parecía muy cómodo hablando de ello, pero en seguida cambió el gesto a una sonrisa de oreja a oreja. - Necesito encontrar algo, y vosotros me vais a ayudar a conseguirlo, ¡sí señor! – Ale, otra vez a meterme en líos. Si es que uno los atrae, no sé cómo lo hago.

        - Ejem, y ¿qué es ese objeto tan preciado, Marlin?

-      - Un libro, ratita. ¿Ves? ¡Nada complicado! Bueno, puede que un poco sí, -ay madre- ¡pero no os preocupéis! ¡Con mis indicaciones, que son seguro seguro, un 60% acertadas, no habrá problemas!

Glups, un porcentaje algo bajo, y sin duda hasta dilatado.

- Con vuestra intervención no nos llevará demasiado tiempo, y cuando tenga mi objetivo en mi poder os ayudaré en cuerpo y alma a encontrar al mago que te encantó, preciosa. – Analisa pareció satisfecha. Yo en cambio no las tenía todas conmigo. Me senté en el pescante al lado del viejo chiflado, a reflexionar sobre la incapacidad aparente de mi vida de permanecer tranquila y en paz. El hombre me miró con expresión bondadosa.

      - Y bien….- Kepler, me llamo Kepler.- Kepler, bonito nombre. ¿Qué opinas de un té bien cargadito? ¿Con una nube de leche? Y pastas, por supuesto. En un santiamén os preparo el almuerzo.

En fin, el viejo podía estar chiflado, y ser una fuente de problemas, pero al menos tenía buen gusto. 


(1): Ver “Más o menos un Cuento de Hadas”.
(2): N.d.A: Mera opinión del personaje. Yo no tengo nada que ver.
 

No hay comentarios:

Publicar un comentario