El mago no parecía haberse
percatado de que la carreta tenía dos nuevos pasajeros. Seguía a lo suyo,
canturreando canciones de taberna y de vida ociosa con tabaco de pipa y cerveza
a porrillo. Parecía que de momento nos habíamos librado de la ira del hechicero.
Pero como suele decirse, “todo se andará”, y no quería andarlo.
- Princesa Analisa, o como quieras que te llame. Yo me bajo. Creo que ya he visto suficiente magia para lo que me queda de vida (1). Y no sienta bien. Es como un empacho de arroz con leche, temo por mi salud. A más ver.
- ¡No espera! ¡Me habías dado tu palabra! ¡No
puedes abandonarme! ¡Rata cobarde! -
chilló muy agudamente cuando ya estaba buscando el modo de bajarme del
carromato en movimiento. El caballo debió oírla porque soltó un relincho de disgusto.
Me puse nervioso.
- ¿Qué vida? ¿La de estar espatarrado en la hierba sin más que hacer que engordar el culo y ver pasar los días sin nada más entre manos que tu…? - >> Se detuvo a tiempo. Debió de darse cuenta que aquello no sonaba nada principesco.
Me estaba poniendo histérico, y cuando estoy
histérico me da por comer. Por lo visto es una costumbre muy común entre los
seres humanos. Lo primero que encontré para echarme a la boca fue una zanahoria
arrugada que tenía el mago junto con otras hortalizas. Me puse a roerla
concentrado en encontrar una réplica mordaz que soltarle a esa alimaña
relamida. Entonces escuchamos un ruido estremecedor.
Yo seguía
esperando mi sentencia de muerte, pero el hombre me había dejado a un ladito,
con cuidado y mimo incluso, y puso en marcha de nuevo su carromato y su
canturreo desafinado, como si no hubiera pasado nada. Noté que tiraban de mí.
La ratita presumida otra vez.
- ¡Corcho,
si habláis y todo! ¡Ésta sí que es buena! ¡Seguro que nadie, nadie, nadie, se
había encontrado hasta ahora con animales parlantes jo, jo, jo! – y se reía tan
a gusto y tan a mandíbula batiente.
-¡No lo digo! ¡Lo soy! Soy la Princesa Ana
Elizabeth Pascuala de…- Vale, vale, no
sueltes otra vez ese rollo, por lo que más quieras. Pero ese reino tuyo tiene
un nombre muy raro, admítelo. – La lirón parecía a punto de explotar, pero
entonces intervino Marlin.
-
Je, je, je, ¡qué interesante se está poniendo el
día! – el vejete socarrón se lo estaba pasando en grande. – Bueno, princesa,
siento decepcionarte, pero los hechizos de este tipo sólo puede deshacerlos el
que los ha lanzado. – Analisa pareció de repente muy abatida, con los bigotes y
la cola gachos. – Pero me estáis divirtiendo mucho, y te voy a ayudar a
encontrar a ese malandrín.
-¿De verdad? ¡Gracias, gracias, mi buen señor! Os
cubriré de oro cuando vuelva a ser princesa. – Sí, sí, eso dicen todos. Con que
no me lances a los cocodrilos cuando ya no sirva de ayuda, ya me conformo. Una
práctica que deleitaba al príncipe Vlad…– El mago quedó pensativo, mirando al
vacío, o a algo que sólo podía ver él, y ya creía que se había olvidado de
nosotros, cuando de repente dio un respingo y se puso muy contento.
- Aah! ¡Qué idea! ¡Una magnífica, excelentosa, y
fantastichachi idea! – Al tío se le había ido la olla. Bailoteaba sobre el
pescante, ofreciendo una tórrida escena a los que no deseábamos ver ni oler sus
calcetines ni sus paños menores. - ¡Ja, ja, ja! ¡Sí! ¡Mira tú por dónde me vais
a venir muy bien, vosotros dos! – Nos echó una mirada encendida, y pensé que lo
más sensato habría sido correr en dirección contraria. Ya iba a alegar
enfermedad o lesión grave cuando el viejo habló.
- Ejem, y ¿qué es ese objeto tan preciado, Marlin?
- - Un libro, ratita. ¿Ves? ¡Nada complicado! Bueno,
puede que un poco sí, -ay madre- ¡pero no os preocupéis! ¡Con mis indicaciones,
que son seguro seguro, un 60% acertadas, no habrá problemas!
Glups, un
porcentaje algo bajo, y sin duda hasta dilatado.
- Con vuestra intervención no nos llevará demasiado tiempo, y cuando tenga
mi objetivo en mi poder os ayudaré en cuerpo y alma a encontrar al mago que te
encantó, preciosa. – Analisa pareció satisfecha. Yo en cambio no las tenía
todas conmigo. Me senté en el pescante al lado del viejo chiflado, a
reflexionar sobre la incapacidad aparente de mi vida de permanecer tranquila y
en paz. El hombre me miró con expresión bondadosa.
- Y bien….- Kepler, me llamo Kepler.- Kepler, bonito
nombre. ¿Qué opinas de un té bien cargadito? ¿Con una nube de leche? Y pastas,
por supuesto. En un santiamén os preparo el almuerzo.
En fin, el viejo podía estar
chiflado, y ser una fuente de problemas, pero al menos tenía buen gusto.
(1): Ver “Más o menos un Cuento de Hadas”.
(2): N.d.A: Mera opinión del personaje. Yo no tengo nada que
ver.
No hay comentarios:
Publicar un comentario