Llamando a la Tierra

Imaginar es gratis

lunes, 10 de febrero de 2014

Memorias de alimaña educada (parte 2)

Desde que me sobrevino el Cambio, gusto de emplear mi valioso tiempo en objetivos más elevados que a los que me dedicaba siendo una alimaña sin cerebro. Y a tales menesteres me entregaba con fruición cuando apareció ella. Sufría sobremanera con el Sol de mediodía dándome en los ojos mientras degustaba té frío y melocotón en almíbar (de lo silvestre poco te puedes fiar) cuando me vi arrollado por un ser peludo, todo garras y dientes, que tuvo la desfachatez de sacarme de mi modorra.

Constaté entonces que era una hembra de mi especie, y qué horror, estaba sucia en demasía. Me miró con sus ojillos negros y pensé que ya se iría a seguir royendo fruta, o algo por el estilo. A menos que estuviera en celo.

Me equivocaba con todo.

- Disculpa, he resbalado y me he caído del árbol. Menos mal que estabas debajo para socorrerme. - dijo con una vocecilla afectada y una pose remilgada que habría hecho las delicias de un dandi como yo. Hablando rápido y mal, me quedé pasmao.

¿Era como yo? ¿Había tenido un encontronazo con cierta bruja que yo me sé? Debía averiguarlo.

- No pasa nada. - me sacudí el polvo. No soporto el polvo. - Y dime, ¿cómo es que hablas? ¿Te han hechizado?
- Oh, sí.- >>lo sabía, ya la ha vuelto a liar << - un mago malvado - >>¿eing?<< - me ha transformado en esta criatura sucia y maloliente que soy ahora. Debo encontrarlo y pedirle...ordenarle que me devuelva a mi forma original.
-¿Que es...?
- Ups, no me he presentado. Princesa Ana Elisabeth Pascuala de Todos los Santos y Colores, del reino de Allá. - ¿el reino de para allá? - No, no, el reino de Allá, con mayúscula. Pero puedes llamarme Princesa Analisa o Alteza. - Mi mente se puso a discurrir a toda velocidad.
>>Oibá...Reverencia, desgraciado. Aunque la mona se vista de lirona, enfadarla no es una buena idea<< - A sus pies, Alteza. Digo...garras. - sí que era finolís la condenada, con lo que le olían las patas.
- Bueno, pues os deseo la mejor de las suertes encontrando al mago y volviendo a vuestra verdadera forma, princesa. - y me tumbé de nuevo, en la hierba calentita, a disfrutar de una apacible mañana de primavera, con el vermuth y la brisa fresca. Es lo que habría hecho alguien inteligente, me diréis. Y pretendía actuar como tal, lo prometo.

- Ah no, ¿dónde están tus modales? La caballerosidad exige que ayudes a una dama en apuros, y más si es una princesa. ¡Levántate ahora mismo, te lo ordeno!
- Señora, no soy caballero porque no dispongo ahora mismo ni de caballo ni de la talla necesaria para montarlo, y mucho menos para rescatar princesas, aunque sean en miniatura. No soy vuestro hombre. Mis más sentidas disculpas. - y que se largara ya, que me estaba tapando el sol.

Entonces, la maldita alimaña recurrió a un truco, a mi entender, muy bajo. Se puso a llorar. Gimoteaba como si le doliera algo de verdad. Y aquellos ojillos...tan brillantes y suplicantes... De pronto no me parecía ni tan sucia ni tan maloliente. De hecho era una preciosidad. Y mis gónadas tomaron el control de mi privilegiado cerebro.

-De acuerdo, os acompañaré, princesa Analisa. Pero nada de llorar como si no hubiera mañana.

-¡Estupendo! - Qué rápido cambiaba de humor- Tomaremos el primer...esto...vehículo que pase por aquí.
- Claro, subiremos al autobús de línea nada más asome. - tenía colindrones su Majestad. - habéis salido poco de palacio ¿verdad?
- Que no, mira. Por ahí viene una carreta.

Efectivamente, de a saber dónde había aparecido un carro, cargado de víveres y bultos varios, tirado por un jamelgo en las últimas y conducido por un viejo aún peor, que fumaba en pipa y echaba humo como una locomotora. Lucía túnica gris y gorro puntiagudo de mago.

-¿Os habéis fijado en que ese es un...?

Evidentemente no. La princesita me cogió de la mano y echó a correr como si la persiguieran las pulgas. ¡Qué fuerza tenía! En el corto trayecto se me olvidaron mis pobres intentos de macho protector y meloso , y para cuando  llegamos y saltamos dentro del carromato de un mago que seguramente se pondría furioso al encontrar dos polizones entre sus hortalizas, ya había empezado a tomarle tirria a la lirona.

Y ahí comenzó el lío, pensaréis. Y estaréis en lo cierto, mis evolucionados lectores.



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