Llamando a la Tierra

Imaginar es gratis

sábado, 19 de abril de 2014

Universos paralelos y otras brujerías (parte 3)



Cat llevaba viviendo un tiempo en la tierra de la imaginación. No sabría decir cuánto era eso traducido al sistema de referencia terrestre, pues si un día es distinto para la Tierra y para Venus, ¿a santo de qué iba a ser diferente en otra dimensión?

Más que eso, habría un montón de argumentos físico-alucinantes, con geometría diferencial, agujeros de gusano, teorías de cuerdas sobradamente conocidas, etc, que avalarían esta discrepancia temporal, y aunque los supiera no los pondría aquí. Pa’ qué?

El caso es que para ella había transcurrido aproximadamente un mes, y para nosotros un  tiempo incalculable, dejémoslo así. No sabemos si lo era consciente de ello, pero de lo que podemos estar seguros es que no le importaba, puesto que nadie la esperaba en ningún punto del espacio-tiempo. Era un espíritu libre por el cosmos, con luz propia. 

Pero en los últimos tiempos de cabalgar a través de edades y con escoba, había empezado a notar cierta desazón, una incomodidad surgida de la falta de hogar al que regresar. De echar raíces. Había tratado de remediarlo actuando del modo diametralmente opuesto,  con el viaje más osado que se hubiera visto en eones de existencia, pero tal y como le habían advertido, al final no había querido seguir y marchar de la dimensión de la imaginación, pues en lo más recóndito del mismo espeso y oscuro bosque que sale en todos los cuentos, había alcanzado la paz. 

Y sin saber muy bien cómo se había metido de lleno en una existencia muy parecida a la anterior, de cuando todo esto empezó, dejando atrás un modo de vida al que no esperaba regresar. Y lo había retomado con renovadas energías. Así pues, vivía en aquella cabaña antes desvencijada y ahora reformada con una amalgama de gustos de todas las épocas, pero en la que entraba la luz dorada de los cuentos de hadas.  Se había dejado envolver por la comodidad del hogar, rodeada de todo lo que pudiera hacerla sentir segura y confortada, y se sentía feliz en su antiguo oficio de ayudar en todo cuanto pudiera, desde curar una anemia de verrugas en las brujas más tradicionales a reconstruir varitas mágicas (a nivel usuario, tampoco nos pasemos).
Pero ah, hemos dicho que era una existencia muy parecida a la anterior, lo cual indicará al espabilado lector por tanto que no es idéntica. Por un lado, el misterioso gato negro había sido reemplazado por algo muy distinto. La lechuza era una compañía bien distinta. Además de poder hablar (y mucho), era una gran consejera y contadora de historias. Y una buena fuente de conflictos domésticos, debo decir, la sal de la convivencia. 

          -  ¿Quién ha dejado mi taza en el fregadero?
      - Ni idea.
      - Déjame pensar, si no lo he hecho yo, y tampoco tú, ¡ya está! Tenemos fantasmas en la casa.
         - ¿Qué mala pata eh?
         - ¡Lechuza, te tengo dicho que no toques mis cosas! ¡Y limpia un poco por los dioses!
         - ¿Por qué? La cabaña de una bruja debe ser tétrica y mohosa.
         -  ¡Pues yo quiero que sea rosa y esponjosa! Haz el favor de colaborar. ¡Y no toques mis cosas!
        -   Eso ya lo has dicho.
         - ¡Pues no las toques!

Aunque estos problemillas mundanos, tan típicos en todas las dimensiones, se solucionaban en breve. Después de una riña de éstas Cat se servía una buena taza de té y se dedicaba a la herbología, y llenaba la casa de flores y plantas aromáticas, sintiéndose con ello de nuevo realizada, y Lechuza echaba una enfurruñada siesta en su tronco-cama y cuando despertaba le pasaba un poco el trapo, para que no se dijera que no ayudaba en las labores domésticas.

Las costumbres culinarias del ave tampoco eran las mejores.

           -. ¡Aaaagh! ¡Una rata!
           - ¡No la toques! ¡Es mi cena!
¡¿Que es tu cena?! 
Claro.
            - ¡Y la has metido en mi casa! ¡Y puesto encima de mi mesa! ¡Qué asco, qué asco, qué asco!
            -  Aquí no hay quien cene tranquilamente ¿eh? Mal vamos.

Pero no era Lechuza la culpable de toda la tensión. Los conflictos provocados por ella se compensaban por los que venían por Cat.

         -  << explosión aterradora>>
         - ¡¿Qué ha sido eso?!
        -  Ups. Perdona. Estaba tratando de sintetizar un nuevo ungüento contra los picores en la piel para el hada madrina y…
           - ¿Y le has echado dinamita?
          -  Qué va. Sólo un poco de sodio sólido y poco más… Nota mental: no mezclarlo con agua.
          - Yo te mato.

Pero esta quietud y rutina tan apacibles duraron poco. Al culmen de dicho mes, sin tener nada que ver la enésima rata y el enésimo estallido, Cat empezó a sentir deseos de explorar otra vez, puesto que en esta ocasión no tenía un trabajito vitalicio como cuidar celosamente de otra ave menos irritante. No quería sin embargo retomar tan pronto el viaje primigenio, pero sí le creaba mucha curiosidad la portentosa dimensión de la imaginación. 

Empezó a hacer viajes cortos a los castillos próximos, a las aldeas circundantes, a contemplar el paisaje desde suaves colinas, a perderse entre las montañas de nieves eternas como azúcar glas y a zambullirse en las aguas cristalinas de los lagos más majestuosos. 

Conversó agradablemente con los duendes, los trasgos, los trolls, los gigantes de las cordilleras periféricas.  Era siempre bienvenida en el club nocturno de hadas madrinas, con las que tomaba el té con pastas y jugaba al bridge hasta las tantas. 

Trató de entablar amistad con las brujas en la primera Reunión en el Bosque de los Cacahuetes, pero pronto advirtió que era fácil que surgieran rencillas, ocasionadas por tonterías como “Este Té Está Envenenado” o “Esa Aldea Es Mía. A La de Tres Desenfunda La Varita”. 

A la vuelta a casa después de dicha interesante convención disfrutó de la vuelta a la rutina, y constató que incluso había echado de menos a Lechuza. Volvieron los días dorados de gloriosa tranquilidad, paz y quietud.
Hasta que sucedió algo inesperado. Además de encontrarse con el fregadero lleno, algo no tan inesperado.
-       
            -   Disculpe, bella dama, podría indicarme el camino para salir de este agreste bosque?

Cat miró hacia abajo.

Un lirón se estaba limpiando un bigote con un pañuelo de seda. SU pañuelo de seda.

A Cat los animales le gustaban. Nadie podía decir lo contrario. Una bruja que se precie siempre convive con un espíritu familiar que cumple con sus obligaciones como diligente sirviente y aumenta su poder. Aunque a algunos familiares les importe un bledo las órdenes directas y tengan siempre la casa hecha una pajarera. Pero que se limpiara el hocico con su pañuelo era demasiado. 

Los animales parlantes sin embargo no eran comunes en aquella tierra, salvo los que habían nacido para una función en especial, la de ayudar al héroe del cuento aunque fuera dándole un toque de humor a la historia. Aquel lirón tendría su misión que cumplir, pero acababa de aprender a hablar en ese mismo instante, como pudo constatar Cat al ver la botella vacía de su Poción Infalible contra el Cante del Sobaco al lado del roedor.

Y cuando estaba a punto de explotar entró Lechuza.
  
-         - Oh, qué maja eres, me has preparado un tentempié y todo, no tendrías que haberte molestado.
       
      - Señora, permítame indicarle que para servir de aperitivo no estoy …

Y terminó la frase colgando con el rabo en el pico de Lechuza. 

                - <<Improperios intraducibles>>

Todo había sucedido muy rápido. Cuando Cat se dio cuenta de lo que pasaba el pobre lirón estaba a punto de ser engullido.

Y como quitarle la comida del pico a un ave rapaz no es algo para nada aconsejable, Lechuza tuvo que asistir a los siguientes instantes petrificada por completo.

-Lo siento amiga, pero no puedo consentir tal carnicería en mi casa. Además, lleva una nota al cuello, ¿que no lo has visto?

-Gmmmdfdf.

-          Ya, ya, ya sé. Pronto pasará. - comentaba la bruja distraídamente, tratando de leer una nota diminuta, de letra pulcra y principesca, en ciertos lugares ilegible por completo por el ansia alimenticia del ave. 

        -Bueno, amiga Lechuza, me temo que te dejo sola otra vez. Voy a emprender una nueva aventura. Este lirón es la mascota de una princesa en apuros, y debo ir a ayudarla. Ofrece recompensa y todo. Bueno, me sabe mal por ella porque lo haría gratis. Pero ahora ya está. Lamento mucho que no puedas venir, pinta bastante interesante, pero no puedo teneros a los dos juntos.

          - Gmmmdfggf.

        - Volveré antes de que te des cuenta, bonita. – Preparó sus cosas y su escoba y se dispuso a salir presta por la puerta, a escribir un nuevo y sorprendente capítulo en su vida. – Espero acabar antes de la otra Reunión en el Bosque de los Cacahuetes. Me quedé con las ganas de decirles cuatro cosas a esas viejas antipáticas y apestosas. ¡No te preocupes querida, el hechizo se desvanecerá en dos horitas! ¡Ciao, nos vemos pronto!

Lechuza, hirviendo de furia, alcanzó a escuchar un fragmento de la conversación entre bruja y lirón, mientras emprendían el vuelo.

         -¿Y tú tienes nombre, pequeño?
          -  Llámeme Kepler, milady, y soy un ejemplar grande en mi especie. ¿Eso es té “English Breakfast”?

Y como esto del tiempo y las dimensiones es tan relativo y en muchos puntos incomprensible, en este punto nace un evento ya acontecido, por algunos incluso ya conocido. Permítanme indicarles la entrada a “Más o menos un Cuento de Hadas”, que confío les parezca tan entretenido como a mí al relatarlo, y entreténganse con él mientras se acerca el gran viaje con el que comenzó esta serie de alocadas aventuras en un rinconcito del vasto espacio-tiempo.

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