El duende
pensaba y pensaba acerca del destino descabellado de la bruja. Y se tiraba de
los pelos mientras andaba de arriba abajo, o de izquierda a derecha o al revés,
murmurando y refunfuñando:
- Vamos a ver, hay que atajar necesariamente con un
cambio de dimensión, pues seguir hacia
atrás en la corriente temporal es inviable para un usuario que pretenda seguir
entero… ¡Pero es que es tan disparatado! ¡Nadie ha hecho nunca nada semejante!
– miró anhelante a Cat, cuya expresión decía claramente “me importa un comino,
voy a ir de todos modos”.
El duende suspiró, y ante la perspectiva de tenerla como visita permanente
hasta que se resolviera el asunto, se reajustó el gorrito (uno muy gracioso, verde
con una borla en la punta) y volvió a suspirar.
-
– En fin, si
estás tan loca como para intentarlo…Deberás entrar en la dimensión más etérea
de todas, una dimensión cuyo plano de existencia se estira y se retuerce de
forma inexplicable, aunque se supone que es por efecto de su propia naturaleza
cambiante, sorprendente y en extremo peligrosa, pues el material del que está
hecha es tan sutil y abstracto como el que da forma a los sueños… Una tierra
palpitante que confunde los sentidos y lanza el alma hacia lo más alto, pero
también hacia lo más oscuro e inexplorado. La dimensión de la imaginación,
donde lo imposible se hace tan posible y anodino como un cuenco de cereales.
Los estudiosos creen que discurre prácticamente paralela a tu universo, salvo
en pequeñas incursiones en que se cruzan por completo. Entonces nacen los
grandes genios, crisoles de inspiración, creadores de magia pura ingeniando
mundos fantásticos y fabricando maravillas hechas de palabras.
>>
Aventurarse esta tierra supone ya en sí un enorme riesgo, pues lo difícil no es
entrar, sino marchar. Encontrar una puerta de salida cuando no se quiere es
tarea intrincada, peor aún cuando son otros los que no te dejan. – El duende
arqueó las cejas, buscando en el rostro de Cat un cambio, una vacilación en su
determinación, pero ni aún así. Se encogió de hombros y prosiguió con
advertencia/amenaza y dedo justiciero:
- Al llegar al tiempo que buscas, deberás permanecer en
el nexo entre ambas dimensiones, y ejercer SÓLO de espectadora. Repito, SÓLO de espectadora.
No querrás romper algo y con ello desbaratar todo un universo, con
consecuencias que puedan ser tan variopintas como que exista el pelo de color
verde, o un orden cosmológico completamente del revés, pasando por la
desaparición de la raza humana, por supuesto. Ningún cataclismo que se precie
tiene razón de ser sin la extinción total de cosas, desde el punto de vista de
estas cosas. ¿Me-has-com-pren-di-do? – dijo, resaltando cada sílaba, tratando
de imprimir en cada una el efecto devastador de un universo mandado a la porra.
Y lo que obtuvo fue un asentimiento apresurado y una sonrisa incontenible de
anticipación. La joven bruja echó a andar resueltamente enarbolando su escoba
como si fuera su instrumento predilecto para enfrentarse a desastres cósmicos,
y casi se le cayó al tropezar con un jirón de vacío. El duende la siguió
meneando la cabeza con resignación.
La condujo a lo
largo de la línea temporal, un túnel que más que verlo intuías su presencia,
negro como el vacío más negro y rodeado de más negrura. Sin embargo, si uno se
fijaba bien, pero siempre con la predisposición de inventarse gran parte, se
podían detectar como borrones negros las entradas a otras dimensiones, los
grandes o chiquitajos universos paralelos a aquél que conocemos tú y yo. En
concreto, la línea temporal estaba fuera de este nuestro cosmos, como una
carretera secundaria, oscura y tortuosa que conectaba con otras vías sin
asfaltar ni señalizar.
Y ahí mismo se
encontraban estos dos, andando hacia atrás a lo largo de la cuarta dimensión.
(Imagínese el lector un eje cartesiano sobre sus cabezas, para ilustrar las
otras tres dimensiones, anchura, altura y profundidad, las de toda la vida, y
así ponemos un poco de cordura y comprensión en todo este embrollo.)
El duende
seguía absorto en sus pensamientos, tratando de imaginar las calamidades que
podía acarrear aquello, y miraba de reojo a la causante de tanta hecatombe,
deseando para sus adentros que no fuera tan
catastrófica como parecía. - Voy a explicártelo de nuevo, que me parece que no lo has entendido. Los viajes temporales son cosa muuuuy peligrosa. Te voy a poner un ejemplo. Imagínate que viajas en el tiempo y matas a tu abuela. Así pues, no naceríais ni tu madre ni tú, por tanto, no existiría un tú que viajase al pasado para matar a tu abuela. Esta es la vía más rápida para que el universo salte en pedazos. ¿Comprendes? – Cat lo miró con un centelleo en los ojos que el duende quiso ver como la vuelta del sentido común.
- No veo por qué razón tendría que matar yo a mi abuela.
El duende lo
dejó correr.
La joven bruja bizqueaba
tratando de vislumbrar las demás dimensiones, y quedó extasiada cuando
descubrió la ventana a la Tierra, viendo pasar a toda velocidad, como un vídeo
rebobinándose, a miles de personas rejuvenecer, a sus hijos en cuestión de
nanosegundos convertirse en bebés, y empezar por el final otra vez, a lo largo
de los siglos. Vio a la mujer perder sus derechos y al hombre su tecnología.
Vio apagarse bombillas y encenderse candiles, aviones aterrizar, y coches
correr hacia atrás y transformarse en calesas tiradas por caballos. A guerras
avivarse y la paz extinguirse. Un humilde progreso visto a la inversa,
tragándose la ilustración y el renacimiento, transformando a la ciencia en
alquimia y a fenómenos meteorológicos en dioses. Llegó a verse a sí misma
renacer en una Edad Media tardía, y sintió que sus lágrimas flotaban en el
vacío al ver a su madre volverse niña, tirando de las faldas de su ya
mencionada abuela mientras ésta escribía en el almanaque familiar sobre hierbas
y ungüentos. Terminó apartando la vista
antes de ver a las antiguas civilizaciones reconstruirse sobre sus ruinas.
El hombre bien
podía tener una existencia insignificante en un vasto universo situado entre
otros como sardina en lata, pero su constante a lo largo del tiempo desde que
había tomado conciencia de sí mismo era una cabezonería congénita y un objetivo
supremo: vivir para siempre. Estos seres testarudos y bárbaros sin domesticar
por muchos siglos que pasasen deseaban por encima de todo alcanzar la
inmortalidad, o al menos dejar constancia de su presencia en su pequeño
planeta, dejando tras de sí toda su alma en su asombrosa capacidad de
creación. Una inmortalidad que se
perpetra en actos, geniales o viles, y en los hijos, nuevas y mejoradas versiones
de individuos con una nueva oportunidad para hacer las cosas mejor que sus
predecesores, pero llevando consigo todo lo bueno que había en ellos. Y es así,
sin mejunjes, pócimas ni viajes a velocidades relativistas que paradójicamente
rejuvenezcan gemelos, es como se vive para siempre.
Cat flotaba en
estas reflexiones, literalmente, cuando la voz del duende la trajo de nuevo a
la tierra…digo al espacio…Al momento que les ocupaba, vaya.
- ¡Eh, despierta! ¡Que no tenemos toda la eternidad para
que te vayas! Bueno, sí, pero no pienso permitirlo. ¡Entra por aquí, rápido! –
Cat, aturullada por el tono de urgencia del duende, apenas tuvo tiempo de
montar en su escoba cuando el maldito diablillo la empujó dentro de un agujero
imperceptible, como todos los demás. Llegó a mascullar una maldición y deseó
con toda el alma que le diera de lleno. Y como Alicia cayendo a través de la
madriguera del conejo, se precipitó en la negrura sin saber si flotaba, volaba
o si se despeñaba a través de ninguna parte y dio con sus huesos en una tierra
que dará mucho que hablar.
La joven bruja
se incorporó como buenamente pudo. Su pobre espinazo había probado la mullidez
del palo de la escoba. Afortunadamente ésta no se había roto, aunque no estaba
segura de poder decir lo mismo de su espinazo.
A medida que
sus ojos se acostumbraban de nuevo a la luz, (1) (una luz muy
extraña, por cierto. Parecía que más que propagarse se desparramaba por los
recovecos y se apretujaba en agujeros y esquinas. Una luz que brotaba en
surtidores y se licuaba al usarse mucho. Una luz que parecía mucho más
partículas y menos ondas), le costaba más decidir si estaba despierta o soñando
(o inconsciente).
He aquí la
dimensión de la imaginación.
Sobre un
terreno curiosamente ondulado (2) que valía tanto para un roto que
para un descosido (esto es, una alegre distribución de tierras de labranza
llenas de granjas en las que criarse princesas perdidas y animales parlantes a
partes iguales, lagos profundos de aguas cristalinas donde viven peces
encantados que conceden deseos y chuminadas de esas, campos de tulipanes donde
pasan el rato Pulgarcita y los suyos y aquí y allá bosques oscuros situados
estratégicamente), se situaban castillos por doquier ( y no, esto no es
Castilla) , que más que estar construidos parecía que directamente hubieran
brotado del suelo. Torreones majestuosos con banderines ondeantes y grandes e
imponentes almenas, desde las que esperar cómodamente al príncipe de turno, se
perdían en un cielo azul psicodélico.
Cat se empezaba
a sentir mareada ante tal explosión de color y “felices para siempre” por todas
partes, cuando escuchó una vocecilla:
- Así que tú eres la nueva.
Pero no veía al
propietario de la voz…
- Aquí abajo.
>>
Propietaria.
¿En qué se
parecen una lechuza y un ama de llaves? Pues eso más o menos es lo que habían
enviado a “ubicar a la nueva habitante de aquella tierra.
- ¿Hada o bruja?
- ¿Perdón?
-
Que si eres hada o bruja. Con esas pintas no lo sé.
-Ah, bruja.
- Bien, sígueme. – La lechuza emprendió un vuelo bajo, y
Cat tuvo que esforzarse en seguirla. Pronto constató que intentar meter baza
era tarea inútil. - Te toca ocupar la
cabaña abandonada del bosque oscuro del Este. La anterior propietaria sufrió
una especie de accidente…terminó en Kansas o algo así…pero a ti no te va a
pasar eso, querida – dijo, forzando una sonrisa. Bueno, tanto como pueda forzar
la sonrisa una lechuza. Al mismo tiempo echó
una nueva mirada evaluadora sobre Cat. – Tsk, tsk, tsk, en mis tiempos las brujas
vestían con propiedad. En fin, como te decía, o no lo había dicho aún, es que era
ya necesario que viniera una bruja para ocupar esa cabaña. Es vital mantener el
equilibrio, cada cosa en su sitio y cada maleficio en su lugar.
- Pero oiga…
- Si no, es que todo se desmadra. Si no hay némesis
suficientes esto viene a ser un pastelón incomible. Y sobre todo, es que no hay cuento, y si no
hay cuento, nos vamos todos al paro.
- Pero yo quería decirle…
- A mí es que siempre me han gustado más las brujas, en
general. Nada que ver con esas insoportablemente repipis hadas buenas. En mis
tiempos fui la lechuza de un mago oscuro, uno de verdad. Ése sí que era bueno
en su trabajo, manteniendo a ralla a los encantadores príncipes y a las
pánfilas princesas sin otro pito que tocar que dejarse crecer el pelo de forma
absurda y esperar al hada madrina a que les renueve el vestuario.
- Ya, pero señora…
- Y tú me has caído bien, ahí, tan calladita. ¡Mira, ya hemos llegado!
Cat había
estado intentando decirle todo el tiempo a aquél cruce entre lechuza y loro que
primero, era una bruja blanca, con lo cual no había maleficio ni oscuridad que
valiera. Como mucho se podía marcar un buen chiste a costa de alguien siempre y
cuando ese alguien también se riera. Y segundo, que le habían asignado vivienda
y trabajo sin saber que solamente estaba de paso, pues no olvidemos el destino
tan curioso que tenía en mente.
Pero todo
aquello se esfumó de su mente, al ver que la “cabaña abandonada” de la malvada
bruja del Este era idéntica a la que había dejado ella atrás hacía mucho
tiempo, unos 500 siglos año arriba, año abajo. Era imposible que no le tomara
un mínimo de cariño y le vinieran unas arrebatadoras ganas de quedarse un
poquito más.
- ¿Y sabes lo mejor de todo? ¡Que me quedo a vivir
contigo! ¡Soy tu nueva familiar! (3) ¿Ves? ¡Ya soy una experta en
jerga brujeril! ¡Lo pasaremos bien!
(1): No me preguntéis
cómo veía en el Sitio de En Medio que no lo sé.
(2): Efectos
secundarios de la propia dimensión, ya se sabe. Esto explica por qué en todos
los cuentos hay siempre colinas de mullida y verde hierba.
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