De lo que pasa
cuando se mezclan una alimaña educada, un dragón singular, una pócima mágica… y
de lo que sucedió después.
Este minúsculo cuento va de
muchas cosas, muy molonas todas ellas, pero como con todo, por algún sitio hay
que empezar. ¿Por el título? Sí, bueno, ese también. Da una idea bastante
aproximada de qué va a ir la cosa, pero todos los tejemanejes que rodean al
asunto también tienen su aquél.
Y para seguir podría comenzar de
muchas maneras, sencillas o espectaculares, pero como entre lo pequeño y lo grande me
quedo con los detalles que son la sal de las historias, aprovecho para
presentar a Kepler.
Kepler es un lirón, más concretamente un “lirón careto” (1), tal y como le
gusta especificar a él, sobre todo desde que por error se bebió una poción
contra el cante de axila, de una joven bruja muy despistada, y ahora habla.
Además, a pesar de su pequeñísimo tamaño (aunque él aclara a todo el que lo
quiera oír que es un ejemplar grande), en él cabe toda la educación y refinamiento
británicos, algo de lo que está muy orgulloso. Sus peculiaridades serán muy
importantes en esta historieta, como se verá en breve.
Kepler es un aventurero desde que
él y dicha bruja ayudasen a una princesa encantada a encontrar su verdadero yo…
un <<yo>> más peludo, con dientes, garras y una gran afición por
aullar a la luna llena. Desde entonces se han dedicado a pasearse por todo lo
ancho y alto del reino (ciertamente, con una vieja escoba mágica tuneada que
apenas puede con su alma, muy alto no han llegado) en busca de peripecias y
entuertos que resolver, a lo Quijote y Sancho contemporáneos si al lector le
place el símil, aunque sólo un puñado de sus aventuras (o desventuras) han
llegado a nuestras ávidas manos.
Pero oh, ahora el valiente roedor
anda sólo – él no tiene ataduras, no señor, es un espíritu libre – y buscando
pasar un buen rato, una inocente raíz en el camino hizo que se diera un buen
sopapo. (No era un roedor muy ágil, sobre todo desde que su recién estrenada
naturaleza dicharachera, romancera y en ocasiones muy cabal le descubriera una
pasión desenfrenada por el té con pastas. Todas las pastas).
El árbol responsable de tamaño
incidente mostraba un curioso cartel pinchado en su corteza sin ninguna
ceremonia. Nuestro héroe lo leyó – ya hemos dicho que era una alimaña letrada –
mientras se sacudía el polvo (no soportaba el polvo).
El cartel decía más o menos lo
siguiente (lo hemos traducido a nuestra lengua lo más fielmente posible, y las
incorrecciones son genuinas).
Hai
recompensa gorda!
Para qien al dragon de la montania disele
muerte
(I
enterramento gratis si no, de todos los pedazos recuperables)
Y a continuación un garabato de
algo que parecía más bien una lagartija vomitando naranjada, para ser lo más
gráficos posible.
Kepler quedó pensativo,
reflexionando y rumiando las posibilidades que tamaña hazaña ofrecía:
Convertirse en héroe para llenar el día muermo que se le presentaba, frente a
la más probable de las resoluciones, que era convertirse en brocheta de lirón a
la brasa.
Era perfecto, necesitaba un poco
de acción, ya que se estaba poniendo un poco fondón. Puso rumbo a la montaña sin más dilación.
(Hemos dicho que en ocasiones era
muy cabal. Otras no. Además, creemos que tanta aventura lo había vuelto un poco
adicto a la adrenalina. Qué se le va a hacer).
Después de un penoso ascenso a la
montaña de turno- una montaña muy típica
de los cuentos de esta índole: muy escarpada, puntiaguda, gris y despiadada,
con unos cuantos truenos y relámpagos coronando su cúspide. Estaba muy
orgullosa de sus relámpagos – cayó en la cuenta de…No, espera. No, simplemente
se cayó.
Por un agujerito por el que salía
un humo sospechoso, a modo de chimenea muy maja.
Y nuestro héroe vino a dar con
sus huesos sobre una piel escamosa verde reptiliano, dura como el diamante, y
que se extendía alarmantemente a lo largo y ancho de un dragón 4x4 – Era un
dragón pequeñito, pero está más que justificado el ataque de ansiedad que le
sobrevino al lirón.
-
¿Mmm…? ¿Quién oza interrumpir mi zueño? – Una
voz gutural con un acento peculiar salió de las profundidades de aquella
criatura monstruosa… Pero la criatura monstruosa se limitó a removerse un poco
y a roncar con una potencia pulmonar digna de un huracán. Kepler, por su parte,
trató de deslizarse al suelo con elegancia y ligereza pero tan sólo consiguió
caer con gran torpeza. Y delante de él se abrió un ojo enorme y amarillo, con
una fina raja como pupila, que lo miraba con algo parecido a la maldad más
absoluta…ah no, indiferencia total y pereza suprema.
-
¿Y bien? ¿Qué quierez? – preguntó el ojo. Kepler
trató de detener el castañeteo aterrado de todas las partes de su cuerpecillo,
y al cabo de un rato, en el que el dragón había aprovechado para dormirse de
nuevo, lo consiguió. Y entonces se
acordó de algo.
-
¡Eh! ¡Yo te conozco! – el ojo volvió a abrirse y
a mirarlo con un poco de fastidio.
-
¿Tienez que gritar tanto? – gruñó.
-
Eer, no, claro que no. – Siseó el lirón, que
había redescubierto un repentino aprecio por la vida, y un deseo de preservarla
a toda costa.
-
Azí está mejor. Tengo buen oído zabez? – dijo
malhumorado el dragón.
-
Zí…digoo síi… ¡Como decía, tú eres el dragón
Pepito! Te visitamos no hace mucho, la princesa Lila, yo y los demás en tu
cueva…a pie plano. ¿Has cambiado de vivienda eh?
-
Ay zí, zufro de muchoz achaquez, y necesitaba un
aire máz puro, de alta montaña…
-
Y tan alta…
-
Y zi no recuerdo mal, la última vez prometizteiz
vizitarme – y el ojo se estrechó peligrosamente. Y Kepler deseó haberse
dedicado a la vida monacal antes que a aquella locura demencial. Tenía que
pensar deprisa.
-
¡…Yyy por eso estoy yo a aquí, hombre, para
hacerte una visita! ¡He estado buscándote! ¡Pero como te has cambiado de
agujero ha sido una sorpresa para mí caerme encima de ti! – concluyó
ofreciéndole una sonrisa desesperada.
-
Ah bueno...Debí haber dejado una nota…Pero no ze
me da bien la leyenda y la ezcribienda. – Pepito buscó una posición más cómoda
y media gruta crujió sobre sus cabezas.
-
¡Nnno pasa nada, chaval, ya te he encontrado! –
maldito castañeteo de dientes - ¡Aquí estoy yo, porque he venido! Y…estooo…¿cómo
te va la vida? – No podía creer la suerte que tenía. Pero no debía bajar la
guardia. Más le valía.
-
Puez mu mal, ratita. Tengo muchoz añoz ya, unos quinientoz,
y me encuentro fatal. Por laz nochez no puedo dormir y durante el día no puedo
ni abrir loz ojoz... Y ez que me duele to, la garganta me arde de tanto ezcupir
fuego, mi eztómago ez un infierno… - Claro, el fuego…- No, demaziados alimentoz
pezadoz…Ezoz caballeroz no dejan tranquilo a uno en zu soledad, aunque zea yo un tipo majo, vegetariano de
ezpíritu y quiero hacer dieta, no hay manera. Y no quieraz zaber cómo zon laz emizionez por
popa…
-
Noo hace falta, graciaz, esto, gracias. Vaya, y
yo que creía que los dragones eran inmortales, invencibles, omnipotentes,
omnisapientes…
-
La edad no perdona a nadie canijo. Y un rezpeto
a tuz mayorez…
Y acto seguido el dragón se quedó
en Babia, es decir, el mundo mágico al que van aquellos que se desconectan
momentáneamente del mundo, mirando al tendido con la mirada más o menos
vidriosa, y al lector le parecerá extraño, lo sé, pero debería esperarse a ver
lo que sucede a continuación.
-
¡Cállate, que no me dejaz oír al infuzorio…!
¡No, ya te dije que no pienzo invertir en bolza! – y cosas así de raras,
probablemente en una lengua extranjera y completamente intraducible. Pero a Kepler no le vino del
todo de sorpresa, puesto que ya había visto en otra ocasión al dragón
esquizofrénico en acción. Empezaba a comprender que en realidad, lo que le
hacía falta a aquella lagartija monstruosa y pacífica era compañía.
-
¡Bueno! Creo que aquí estamos un poco bajos de
ánimo. Y es la hora del té, lo mejor que hay para animarse uno. O dos. ¿Tres…?
-
Ziete. Zomos muchoz aquí dentro.
-
Ah bueeeno. Es igual, creo que llevo para todos.
– Se dedicó a rebuscar en las alforjas que llevaba consigo, tan pequeñas que no
las habíamos visto hasta ahora. Pero sacó de ellas tres paquetitos envueltos en papel marrón y con un
lacito. Era un roedor muy atento a los detalles.
-
Mira, voy a preparar lo mejor de mi selección
personal, aunque todos son maravillosos. Ahora necesito… Oye, ¿no tendrías por
ahí algún pote o cazo para hervir el agua?
-
En eze rincón de ahí creo que encontraráz todo
lo que quieraz. Antez había una bruja que ze dedicaba a zuz hechizoz y
zortilegioz en ezta cueva. Tenía de to. Pero cuando llegué yo ze fue muy
depriza, olvidándoze de zuz cozaz, no zé pod qué.
-
Ya, me lo imagino…Digoo, yo tampoco lo entiendo.
– Y se adentró en las profundidades, al hueco libre que dejaba la enorme mole
de pata trasera del dragón.
Era una bruja muy aficionada a la
aromaterapia, por lo visto. En su frenética huida de Pepito, había dejado atrás
multitud de velitas aromáticas, inciensos a montones y quemadores de esencias
en sitios estratégicos, junto a varios cojines de distintos tamaños y a cada
cual más mullido. También había las cosas típicas de una bruja, lo sabía bien
él, que había vivido con una. Hierbas sin fin, instrumentos rituales
variopintos (mejor no preguntar), un sombrero puntiagudo plegable, escobas de
largas distancias y algunos calderos pequeñitos, junto a uno grandote de
peltre, que no decepcionaría a nadie. Ideal para prepararle el té a un dragón.
Lo bueno de una criatura de este
tipo es que su presencia propicia suministro de agua caliente, como una caldera
enorme que a veces eructa gases tóxicos. Kepler se sirvió del pequeño lago
subterráneo y humeante y de algunas hierbas de la bruja y unas pocas más que
crecían a la entrada de la cueva.
Con gran pompa y circunstancia
echó el contenido íntegro de sus preciados paquetes a los calderos, burbujeando
alegremente bajo un fuego crepitante. Además añadió aquí y a allá las hierbas,
miel o un poquito de leche . É voilà.
Mientras trabajaba en su adorado
ritual personal, Pepito lo observaba con gran curiosidad pintada en sus ojos
amarillos, mecidos ambos por un ambiente de luces tenues, los aromas exóticos y
la música de las profundidades de la tierra.
-
Me ziento perdido y confuzo. Bajé a la aldea a
buscar una cura para miz dolenziaz, pero no encontré nada. Encima estaba
coztipado, tozí un poco y quemé zin querer unaz cuantaz cazaz y tiendaz, azí
que mejor ya no preguntarlez, aunque yo intenté zer educado. Dezde entonzez
vienen a molestarme cada poco con zuz palilloz puntiagudoz. – Los “palilloz”,
digoo, palillos, eran unas cuantas espadas por ahí tiradas, oxidadas y
requemadas. – La gente a vecez ez muy pezada.
-
Claro, si es que no hay manera…Glups…Bueno, esto
ya está.
-
¿Y qué ez eze brebaje? ¿Ez mágico?
-
Mucho. Ten…
…primero éste.
El contenido del primer caldero
desapareció en las fauces del dragón, en la intimidad de un ambiente de
camaradería y complicidad… Que sintió cómo pasaba por su lengua dolorida y su
garganta quemada, hasta asentarse suavemente en su estómago.
-
Eztá…¡Deliziozo!
-
Ajá! ¡Ya sabía yo que te gustaría! Eso es nada menos que Pu Erh de Primera
Selección, aderezado con canela y limón, y un poquito de miel, para que mejore
tu garganta dolorida. Además la canela es infalible para despertar tus papilas
gustativas adormecidas, con tanto humo, ¿a que sí?
-
¡Increíble! ¡Ez verdad!
-
Y la teobromina te ayudará además a espabilar tu
adormecida cabezota. Toma éste ahora.
Y Pepito se tomó el segundo
caldero con gran entusiasmo. Y se relamió y todo.
-
Ah, ¿te gusta eh? Eso es un Rooibos, con aroma
de calabaza y manzana asada, que se demora en el paladar deleitándote hasta un
rato después. Tan mágico como una noche de Halloween a la luz de la luna llena.
Ideal además para tu estómago ardiente y la hipertensión de los sabios, y así
poder dormir plácidamente.
-
¡Necesito diez barriles de esto ahora mismo!
-
¡Vaya, y te está mejorando la voz y todo! Pero
espera, que queda el último.
Y empujó el gran caldero hacia
Pepito, el cual lo tomó como un vasito para degustarlo. Empezaba a cogerle el
tranquillo. Los ojos le brillaron con renovada energía.
-
Y eso, amigo mío, es English Breakfast, mi
favorito entre favoritos. Para que desayunes cada mañana vitalidad de sobra
para todo el día. Te sentirás fuerte como un roble. Y además, con leche está
riquísimo.
Y Pepito rompió a reír, con carcajadas
que hicieron retumbar aquella grieta en la madre tierra, encantado con aquél
remedio encantado, aquél ritual cotidiano que cabe tan bien en una historia
fantástica como encajan la preparación metódica, casi mágica, de una taza de té
y acompañarla con un buen libro a la luz de una vela.
¿Y qué fue de este par de dos?
Pues Kepler siguió con sus aventuras, un poco más ligero de equipaje y de
temeridades, pero con la promesa sincera de volver regularmente a visitar al
dragón, que le había devuelto la cueva a la bruja y él y sus seis
personalidades se habían trasladado a una colina llena de girasoles y dueña de
un atardecer espectacular. Y que estaba
justo al lado de una aldea cuya especialidad era la preparación del té.
(1) - Tan imponente como un ratón con una
especie de antifaz y orejotas.
(2) - cosa que habrías hecho tú también si estando tan
tranquilo en tu casa una enorme testa escamosa llena de cuernos y dientes
aparece y te dice hola.
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