Y de esta guisa se
encontraba Marlin, metido en una interesante conversación con un libro a
rebosar de mentes más o menos pensantes, sin sospechar lo que se le venía
encima. No puedo criticarlo mucho claro, puesto que yo estaba también demasiado
ocupado para prestar atención al movimiento anómalo que un observador más
atento habría detectado en las postrimerías del Gremio de Magos, cuyas vistas
amenazadoras adornaban el encantador paisaje.
Es decir, que mientras que
una cohorte de hechiceros todopoderosos armados hasta los dientes y muy
furiosos venían hacia nosotros zumbando en sus cachivaches voladores, el viejo
chocho discutía con el libraco y yo pelaba la pava con Analisa.
Y seguí sin darme cuenta
de la peliaguda situación porque algo irrumpió en mi campo de visión.
No, no era algo bonito.
-¡Oibá, qué cómoda es esta
seta! – Podría haber sido un hada, preciosa y relamida ella, para variar (1),
pero no, qué va. Era un tipo gordo, muy bajito, con un gorrito verde con una
borla blanca, chaleco rojo con bolsillitos verdes y calcetines a rayas grises y
negras (de verdad, quién se inventa estas cosas?). Y parecía muy decidido a
dedicarse a la ardua tarea de tomar el sol, con la felicidad de los
desocupados.
A diferencia de la leve
irritación que supuso en mí la presencia non grata del recién llegado que adulteraba nuestra intimidad, Analisa se
emocionó como ella sola.
- ¡Kepler! ¡Miiira!
- -
¿Que mire qué?
- ¡Eso!
- ¡Eso!
- ¿Eso?
- Bueno, ¡ése!
- ¿El gordo?
-
¡Claro!
-
¿Qué pasa con él?
- ¡Que es maravilloso que esté aquí!
- ¿Ah sí? ¿Y por qué? ¿Te gusta el
gordinflas? – he de reconocerlo, estaba celoso.
- ¡No, tonto! ¿No lo ves? ¡Es un duende! ¡Una
criatura mágica! ¡Seguro que puede ayudar a desencantarme, sin necesidad de
encontrar al que lo hizo! ¡Son muy poderosos!
Miré al enano roncante.
- ¿En serio crees que ese ser es tan poderoso
como para ayudarte? Míralo, si apenas podrá cargar con su barriga. Es un
feérico de segunda, está claro. Mejor ni te acerques a él. – He aquí mi parte
más mezquina, estimado lector. En realidad tanto me daban las cualidades
mágicas del gordito, a mí lo que me picaba en lo más hondo de la moral era la
posibilidad de que Analisa recuperase su forma humana, se largara y no la
volviese a ver nunca más. ¡Pues un servidor no iba a consentir eso, ea!
Pero un servidor poco
podía hacer con la determinación de una mujer, por muy roedora y
encantadoramente bigotuda que fuera. Antes de que yo pudiese siquiera abrir el
hocico se había plantado ya delante del duende.
- Ejem, ejem. – carraspeó delicadamente. Sin
respuesta - ¡Ejem, ejem! – Un tanto más fuerte. Sin resultados. ¡EJEM, EJEM!
Cof,cof,cof – casi se ahoga la tía en su intento disimulado de despertar al enano.
- ¡Oiga! ¿Me oye? – Y fuera disimulos, la
ratoncita, perdida ya la paciencia, va y le propina un empujón al gordo que lo
tira de la seta.
- ¡Rayos y centellas! ¿Qué pasa aquí? ¿Qué quieren? ¡Yo no fui, nadie me vio…!- farfullaba el duende, cuya conciencia no parecía muy tranquila. Seguro que no tenía sueños bonitos(2).
El enano se quedó muy sorprendido y bastante mosqueado cuando cayó en que había sido una sonriente lirona la que lo había despertado de una forma tan brusca.
-¿Qué quieres? ¿Y qué modales son esos? ¡Si no fuera un caballero…! – rezongaba, sonándose la nariz con un extremo de su calcetín.
- Sí, sí, lo siento. A lo que iba. Resulta que soy la princesa Ana Elisabeth Pascuala de Todos los Santos…- bla, bla, bla, otra vez con la cantinela. Le contó todo con pelos y señales al enano, y le solicitó candorosamente ayuda como una damisela desvalida de dientes muy largos.
- Eh, bien. Esto, señorita, digooo su
Graciosidad, lamento no poder ayudarla. No me dedico a encantamientos ni “desencantamientos”.-
Pero por la triste mirada de Analisa, la había desencantado de lo lindo. Me
rompió el corazón. Me olvidé de mis propios deseos e intervine.
- Al menos, ¿podrías darnos alguna idea de
cómo devolverle su forma? Vamos, desencantar realeza maldita está a la orden del
día entre duendes, hadas y bichitos de esos.
- Je, claro hombre, faltaría más. ¡Un beso de
amor verdadeeerooo…! – canturreó encima de la seta, a modo de John Travolta con
tripón. Bueno, lo que me faltaba. Otro de los cabos que me ataban a la cordura
a la porra.
- Sí claro, y qué más, ¿te vas a sacar del gorrito una calabaza que convertirás en carroza y a mí en un fuerte caballo blanco que la lleve derechita a su príncipe? – por la cara de Analisa, supuse que estaba más que dispuesta para la experiencia. Suspiré derrotado.
-Venga tío, ¿no hay otra manera? No sé, rezar 40 avemarías y besar un pedrusco con forma de uno de los Beatles, por decir algo. No me hagas buscarle al príncipe de turno, por lo que más quieras.
- No, no, no. La solución a todos vuestros problemas está más cerca de lo que creéis… - y dicha esta perlita a lo Yoda, empezó a desvanecerse, diciendo adiós con la mano y soltando una carcajada juguetona.
-
¡Ah, no! ¡Acertijos sí que no! ¡No los
soporto! – y le solté un zarpazo más o menos directo a la mandíbula, que lo
sacó del estado semigaseoso en el que se encontraba, echándolo otra vez de
bruces en el suelo.
- -
¡Pero bueno! ¿Es que los roedores no
conocéis el respeto? ¡Menuda forma de tratar a uno! ¡Yo me largo!– casi me dio lástima sacudiéndose
el polvo del gorrito con borla. Casi.
- Antes explícame qué quería decir eso.
-Y yo qué sé chaval. Es lo que tengo que
decir, y punto. No sé nada más. Sólo soy un mandao.
-¿Y ya está?
- ¿Y para qué más? Estas cosas siempre las
solucionáis los héroes en un decir “chisgarabís”. Basta con un mensajito de
estos, y ese es mi cometido y no otro. Todos tenemos alguno en esta historieta
demencial. Y ahora deja de entretenerme
que llego tarde a uno de mis otros curros (3). ¡La crisis chaval!
¡Nos afecta a todos!
- ¿Y en qué más trabajas? – dijo Analisa,
curiosa. Pero ya no llegamos a escuchar la respuesta del duende, que finalmente
consiguió desvanecerse en el aire. En su
lugar vimos aparecer las piernas delgaduchas y peludas de Marlin, corriendo
faldas al viento en dirección a nosotros.
- ¡Chicos! ¡Una buena noticia y otra mala! –
otro con los circunloquios y acertijos.
- ¡Al grano por los dioses! – chillé,
desesperado.
- ¡He desvelado el secreto del libro! ¡Dice
que su creador no es otro que el actual Director del Gremio de Magos, el cual
por supuesto también gobierna en la Metrópolis! ¡Él envió el artefacto a sus
predecesores para hacerlos desaparecer discretamente y ascender al poder! Pero
eso no ha resultado bueno para los habitantes de la ciudad. Está agotando todos
sus recursos en beneficio propio, ¡y la metrópolis y alrededores mueren de
agotamiento y de contaminación mágica! ¡Es intolerable! ¡Tenemos que pararle
los pies! – me asombraba el poco realismo que coexistía con la locura en el
cerebro de ese hombre.
- ¿Y si nos negamos a cometer tamaño
suicidio?
- Bueno, esa es la mala noticia. No tenemos
más remedio. Viene hacia aquí. – Y como si de una pizpireta ayudante de
prestidigitador se tratase, indicó con un gesto a la nube de magos que estaban
a punto de aterrizar en nuestra posición.
- (Exabruptos intraducibles)
Y bueno, querido lector,
si quisiera dejar ahora mismo la lectura para no presenciar una escena de violencia
gratuita, lo comprendería perfectamente. Seguro que tiene cosas mucho mejores
que hacer. Todos tenemos cosas mejores que hacer. Yo mismo tenía cosas mejores
que hacer.
Pero no, ahí estaba yo,
plantado con el rabo entre las patas tratando de no…pues eso, del susto, por no
resultar indecoroso. Todo un héroe. Al lado de su damisela encantada y con muy
mala leche. Al menos pasaría con ella mis últimos momentos. Cerrando la
comitiva de recepción estaba Marlin, con su triste figura ondeando al viento,
sujetando un libro abierto de lo más curioso.
-¿Qué pasa, qué pasa? ¡Que no veo! ¡Los de
enfrente, que se aparten!
.- ¡Dejar de empujar, leñe!
- ¡Pues hazme sitio! ¡Que sólo cabéis tú y tu
enorme culo en primera fila!
- ¡Te mato…!
- ¡No puedes, ya estoy muerto! ¡Chincha,
rabiña!
- Lo que hay que oír…Esto…caballeros, estamos
a punto de encontrarnos con nuestro destino.
- ¡Ya salió el filósofo! Tú sólo trágatelo y
nosotros haremos el resto.
- Será un placer. Alea jacta est.
-
¿Asere qué?
Y ya podía uno estar más o
menos entretenido con este departir de
voces henchidas de elegancia y sabiduría, pero cuando se plantó enfrente el
mago más oscuro de todos los tiempos, uno no podía hacer menos que prestarle
atención. Pero oscuro, oscuro, oiga. Tiznao el tío. Qué miedo. ¡Y para colmo,
estoy que me meo!
Marlin tenía escondido
detrás de sí el libro, las voces murmurando bajito en complicidad con el plan
trazado. Un plan tan simple como el mecanismo de un botijo. Tan simple que se
caería como un castillo de naipes al primer escupitajo. Tan simple que no
funcionaría ni en nuestros más descabellados sueños.
Pues créase el lector, que
el plan funcionó. Después de un breve e interminable intercambio de bravatas,
amenazas creativas y pullas hirientes (por parte del supermago, no nos
engañemos), Marlin sacó el libro y lo encaró a la jeta del malvado, que sin
poder creérselo se vio a sí mismo succionado hacia el interior del volumen,
como si de un vulgar fantasma en su lucha contra un aspirador se tratase. La
corte del mago aspirado huyó despavorida, y Marlin cerró el libro con fuerza,
cayendo al suelo con él sobre la panza, del que salían sus constantes voces
altas y claras.
-
¡Me las pagaréis malditos! ¡Vaya que sí! ¡No
sabéis con quién os habéis metido!
- ¡Vaaaya, vaya, vaya! ¡Si está aquí nuestro amiguito!
¡Vamos a darle la bienvenida como se merece, muchachos!
- ¡No, no, noooooo…! – y la voz del malvado
mago se extinguió entre alaridos.
Nos quedamos todos
callados, enmudecidos ante la gesta tan absurdamente fácil que acabábamos de
protagonizar.
- ¿Van a matarlo Marlin?
- Todos ellos ya están muertos, y no pueden
hacer nada al respecto. Pero son lo bastante poderosos para hacerle algo peor.
- ¿Cómo qué?
-Relegarlo al olvido. Eso es peor que la
muerte. Mientras se nos recuerda, seguimos vivos.
Y con estas profundas
palabras observamos el libro, que se había quedado sorprendentemente callado.
Entonces, se abrió solo y de él comenzó a surgir una bruma blanca, que poco a
poco adquirió la forma de tres ancianos con rostros venerables, que nos
saludaban con la mano y sonreían en su camino al más allá. Con la misma
suavidad, y en un sorprendente silencio, se desvanecieron en el aire.
-Ya se ha restablecido el orden. Están en
paz. – murmuró Marlin. Lo miré y me pareció el mago más sabio y poderoso del
mundo.
EPÍLOGO
- ¡Bueno, venga, hazlo de una vez!
- ¡No! ¡Si te conviertes en princesa te irás
a tu Reino de Para Allá...!
- Reino de Allá…
- Eso, ¡y no te veré nunca más! ¡Me niego!
- Pero cariño, si eso del amor verdadero está
muy sobrevalorado. Seguro que no sucede nada.
- ¿¡Estás diciéndome que no soy tu amor
verdadero!?
- Bueno, podrías ser uno de ellos…
- ¡Pues ahora voy y te beso! ¡Me da ya todo
igual! ¡Muack!
-
…
- ¿Y bien?
- Pues no ha pasado nada. Efectivamente, no
soy tu amor verdadero.
- Claro que lo eres, tontín. Lo que pasa es que no puedo estar contigo si me convierto en humana.
- Pues vaya mierda de hechizos los de hoy en
día.
Y vivieron felices y comieron lombrices.
Un
poco más lejos de esta escena, un mago conduce su carreta hacia un hermoso
atardecer. Lleva una túnica vieja, un gorro puntiagudo y una larga barba. A su
lado reposa un libro abierto. Un libro que habla. Un interesante compañero de
viaje.
(1) N.d.A
: Véase “Más o menos un cuento de hadas”.
(2)
N.d.A
: Véase “Cuento de Reyes”
(3) A
este ya lo han visto. Y lo volverán a ver.
No hay comentarios:
Publicar un comentario