El río Eskuppithajulus es
una suerte de corriente turbia y maloliente que atraviesa un sector de la
Metrópolis y recoge la porquería de la que sus habitantes tienen a bien de
aliviar sus existencias, práctica que ya debía ser muy común en tiempos más gloriosos
en los que se hablaba lenguas muertas, latín y germánico gorgoteante, para que
nos entendamos. De ahí tan sonoro nombre. Y desde aquellos tiempos tan
interesantes como turbulentos, el río Eskuppithajulus había sido lugar de culto
de la fauna local. En el que dicha fauna vaciaba sus más íntimas (y de
variopinta consistencia) miserias.
Y es ahí, justo en el
tramo en el que el Eskuppithajulus ensanchaba el caudal para tomar rumbo al mar
cargado de desechos, donde acabó cierta malograda y descuajeringada carreta en
su huída frenética de circunstancias poco halagüeñas. Sin saber muy bien cómo,
el carromato había dado con sus pobres maderos en el río después de
precipitarse graciosamente por una pendiente y lanzar a su conductor, sus dos
paquetes y al jamelgo por los aires.
Levanté mi pobre y
castigado espinazo de la puntiaguda roca a la que había ido a parar, y
lamentándome por mi pésima suerte eché un vistazo en derredor en busca de mis
acompañantes.
Panorama. Un caballo
colgando de una rama.
El pobre animal lucía una
asombrosa expresión de resignación, debido seguramente a que aquél no era el
primer accidente que sufría en sus magras carnes. Accidente provocado por
cierto viejo que tenía sus nada atractivas posaderas (calzoncillos rosa) al
descubierto, delante de mis indignadas narices, puesto que el infeliz había
tomado tierra delante de mi roca, de cabeza y con las faldas “arremangás”.
¿Y Su Alteza Peluda? No
tardamos en localizarla, gracias a sus chillidos indignados de asco
reconcentrado por haber caído de lleno en las procelosas aguas del
Eskuppithajulus.
Algún ratejo después,
recuperados respectivamente de baños no deseados y caídas aparatosas varias
centramos nuestra atención en el objeto de todos nuestros problemas, un libro
hechizado que no se había movido ni un centímetro de su sitio en la
destartalada carreta.
-
Pues eso…¿Lo abrimos?
A Marlin se le veía
visiblemente ocupado con su lucha interna entre las ganas de estudiar ese
artefacto prodigioso y las de salir corriendo en dirección contraria y no parar
hasta llegar a Villadiego*.
Pero era su deber como
honrado mago…hechicero…brujo de poca monta…(dejémoslo ahí), el desbaratar ese
endemoniado volumen e impedir que siguiera causando daños en las filas de los
hechiceros ilustres y prohombres de la Magia.
¿Qué demonios? ¿A quién le
importaba que unos cuantos viejos chochos se quedaran como la mojama?
Analisa y yo lo
interceptamos en el primer amago de huída, y dado que era inviable correr con
un par de roedores arañando, mordisqueando (y meando, lamento decir) su cabeza,
se resignó a sentarse delante del libro, triste figura toda calcetines, pantorrillas
y nariz, con Analisa todavía colgando de
sus orejas.
-Ah, instrumental selecto, ya veo…¿Y eso es para…?
Comenzamos entonces a conversar plácidamente, como dos seres racionales, sin malos modos ni sandeces, la animadversión en clara retirada…
…Y
el señor lector, tenga a bien o no, puede retirar su atención a sea lo que esté
haciendo Marlin, porque estos asuntos francamente no son de su incumbencia. He
dicho.
Marlin por su parte se había atrevido a mirar al libro a la cara como aquél que dice, y se había dejado llevar por la curiosidad que le despertaban los murmullos que salían del libro. Enseguida cayó en la cuenta, sorprendido, que no era una, sino varias voces las que se escuchaban. Y más desencajado todavía, constató que las entendía.
- Eh, tú, saca el codo de mi ojo- dijo una voz gruñona.
- Pero si no tienes ojo, eres un hectoplasma- dijo otra voz de regusto sabihondo.
- -
Ni tú codo, pero me molestas igual. Y
hectoplasma serás tú, sea eso lo que sea.
- ¿Queréis callaros los dos?, ¡que aquí no
hay quien duerma, leñe!- dijo una tercera voz, cascada y autoritaria.
-
¡Cállate tú! ¡Por tu culpa estamos aquí! –
respondieron a coro las dos primeras voces.
Marlin
estaba turulato.
-
Ya estáis otra vez con eso. Yo sólo dije
que “Ahí va qué libro más majo me han regalado”, y vosotros metisteis el hocico
para cotillear.
-
Sí, qué regalitos te hacen. Cómo te
quieren, ¿eh? – se mofó la primera voz.
Y
se enzarzaron en una discusión a tres bandas recriminándose hasta el
hectoplasma de quién olía más mal. Marlin se esfozaba por seguir el hilo
argumental, pero pronto se dio cuenta de que las voces pronto se perdían en sí
mismas, se entremezclaban y al punto se estaban preguntando que quiénes eran y
qué demonios hacían en un sitio tan estrecho.
Entonces
Marlin creyó distinguir una cuarta voz.
- Ains…
El
mago no estaba seguro de si aquello que parecía una mezcolanza de suspiro,
gemido, quejido y profundo hastío había sido imaginación suya o si era real.
Esperó a volver a oírlo pero no se dio el caso.
Probó
otra cosa.
- ¿Hola? ¿Quién vive?- dijo sintiéndose
rematadamente estúpido.
- - Oibá, un viejales.
-
¿Qué dices? Es un mago, como nosotros. ¿No
ves la túnica, alelao? - ¿Cómo va a ser mago con esas pintas? De mendigo no pasa, te lo digo yo.
- A ver, que haya paz. Yo veo mucho mejor que
vosotros dos y alcanzo a verle el gorro puntiagudo. Es un mago. Fin de la
historia. ¡Ahora dejadme dormir!
- -
En mis tiempos la gente vestía con
propiedad…
-
Y que lo digas.- Ains...
-
¿Hola, hola? ¿Me oyes? ¡El que suspira!
¿Quién eres? – no sabía tampoco quiénes eran los otros tres, pero había
deducido algo, más o menos lo mismo que el lector si éste ha leído con algo de
atención ésta loca historia.
Intuía sin embargo que la cuarta voz era diferente, importante, profunda como el conocimiento y sugerente como el susurro de mil páginas.
- -
¿Es a mí? – dijo la cuarta voz. Los otros
seguían a lo suyo, increpándose y siendo increpados.
-¡Sí, a ti! – exclamó Marlin, contento de
haber establecido Contacto. Confiaba en que aquél fuera un ente más lúcido que
los otros.- ¿Quién eres?
-Yo no soy nadie.
Mal
vamos.
- Alguien serás.
- Te repito que no soy nadie.
Marlin
se devanaba los sesos. Estaba sorprendido y confundido ante aquella singular
respuesta y la parquedad de sus palabras, en comparación a los demás.Le
resultaba además distinguirlo del sordo murmullo de los otros integrantes, y
finalmente, enfadado, espetó:
-¡Silencio, por los dioses!
Bendito silencio. Que
enseguida quedó roto por tres voces que ahora se metían con él.
-
- ¿ Qué se ha creído el viejales?
- -
¡Un respeto, tú!
- -
¡Si tuviera 200 años menos y un cuerpo te
daba una tunda! - Marlin se desesperaba.
- -
¡Algo serás! ¡Vamos, responde!
- -
Algo soy, sí. Yo soy El Libro.
- -
¿El Libro?- el mago quedó estupefacto.
- -
¡Sí, El Libro! ¡ Por su culpa estamos aquí!
- -
Sí, ¡y no hay un solo día que no me
arrepienta! – soltó El Libro, para la sorpresa mayúscula de Marlin - ¡Aquí no
hay quien piense con tanta gente! – terminó con un tono exasperado.
Entonces
se dirigió al mago.
- -
Imagínate, hace mucho, mucho tiempo, lo
poco que sabía yo del mundo. Estaba recién salido de la imprenta, y mi dueño
tenía grandes planes para mí. Yo quería comerme el mundo, ya sabes…Pero en
lugar de eso, topé con estos tres, no sé por qué, y me encontré de repente
emparedado a base de anodinos libros ¡y con ellos amargándome la existencia!
¡De qué me sirve tener conciencia propia si ni siquiera me dejan escucharla!
Soy
pues, el malo del cuento por lo que parece, pero volvería con gusto atrás si
pudiera deshacerme de este tormento, que es cargar con el Triunvirato
Gobernante de Magos de la Metrópolis!
* : “Tomar las de
Villadiego”, expresión muy común en la Ribera del Eskuppithajulus.
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