Llamando a la Tierra

Imaginar es gratis

domingo, 9 de marzo de 2014

La flor tardía

Esta pequeña historia aconteció hace muchos, muchos años. O puede que nunca sucediera. Pero sea como fuere se la brindo a ustedes como un modesto relato de lo que pasó o pudo haber pasado en un rinconcito del mundo.

En un tiempo anterior, en el que el hombre aún conservaba la inocencia y las parejas se forjaban en largos noviazgos nacidos de un tímido cortejo, un humilde estudiante posó sus ojos en la que sería de ahí en adelante la dueña de sus sueños.

El joven vivía en una modesta casita de dos plantas, con un pequeño balcón en el piso de arriba, que daba a un minúsculo estudio compuesto solamente por una mesa, una silla, y cuatro paredes cubiertas completamente de libros. Antes de avistar a su dama adorada, el joven se dedicaba en cuerpo y alma a sus estudios, pero siempre encontraba tiempo para sus amigos, familiares y aficiones, en especial a sus queridos libros. Uno de sus secretos anhelos era escribir la historia más conmovedora jamás contada. Pero como el avispado lector habrá comprendido ya, los hechos no transcurrieron de tal forma.

Sucedió que el estudiante, mirando un día por la ventana tratando de inspirarse para su historia, cayó en la cuenta de que su balcón era muy frío, solitario, falto de color. Así que ni corto ni perezoso salió a comprar una jardinera y algunas plantas que resultasen decorativas y agradables a la vista. Lucía un sol radiante de principios de marzo y el estudiante disfrutó del paseo, sintiendo los tibios rayos en su pálida piel, y sonriente saludaba a los transeúntes con los que se cruzaba, caballeros elegantes del brazo de refinadas damas que portaban coloridos parasoles con los que proteger sus semblantes de mármol.
El estudiante adquirió finalmente media docena de bulbos de jacinto que prometían convertirse en espectaculares flores, y el joven los hundió en la tierra con esta esperanza pintada en los labios.
Entonces levantó la vista y creyó estar dentro de un sueño, o tal vez un espejismo provocado por la brillante solana. Porque aquél ser no podia ser de ese mundo.

Frente a su humilde casita había otra mucho más grande, rica e importante, en la que vivía gente más rica e importante. La hija mayor era una belleza de dieciséis primaveras, de rostro cincelado en piel pálida de mejillas rosadas, altos pómulos enmarcados en rizos dorados, labios llenos y unos ojos del color de la aguamarina que podrían derretir heladas. Aquella mañana había salido al balcón a arreglar sus primorosas rosas, enfundada en una maravilla de seda azul traída especialmente para su decimosexto cumpleaños. Y su talle esbelto ceñido por aquel vestido que parecía agua fluyente hizo que el estudiante se olvidase de respirar. Entonces el mundo para él dejó de girar, puesto que tenía un nuevo astro rey alrededor del cual orbitar. Ella.

El joven sufrió un cambio en su forma de ser. Dejó de salir con sus amigos, hacer caso a sus familiares. Ya no leía, apenas comía y los rayos de sol se le antojaban fríos en comparación a la presencia radiante de su adorada, la cual esperaba atisbar en el balcón, o en alguna ventana, quizá un pedacito glorioso de ella asomando entre las cortinas del caserón.

Los días se convirtieron en semanas, y el estudiante se devanaba los sesos buscando una manera de hacer suya a la esplendorosa muchacha. Mientras tanto, los jacintos fueron asomando tímidamente de su lecho de tierra. Los seis fueron poco a poco rompiendo su lilácea cubierta exterior, y tiñendo de un verde intenso cada tierna hoja de su capullo. Durante las semanas en las que los bulbos se pusieron gordos tomando fuerzas de la tierra, el agua y el sol, el estudiante se marchitaba por penas de amor. Tan sólo le pudo arrancar una breve sonrisa el ver una bonita mañana a sus bulbitos en flor.  Pero ¡vaya! Todos salvo uno.

El último de los bulbos no quería florecer. Aún no. No estaba preparado, pues necesitaba mucho más tiempo para cumplir su objetivo en la vida, ser una hermosa flor.
Por tanto, mientras los otros jacintos rendían todas sus galas al Sol de primavera, alegrando la calle con sus vivos colores azul, rosa, amarillo y naranja, el bulbo sin abrir ni siquiera sabía cuál sería su color, pero sí estaba seguro de que sería mucho más bello que los demás. Que deslumbraría a todos en la calle, que sería admirado y deseado para adornar el tocado de una joven casadera, el ramo de una ruborosa novia, un fastuoso salón o tal vez la cunita de un hermoso bebé.

Los días pasaron lentamente, y los jóvenes jacintos crecieron más altos y más brillantes aprovechando cada gota de Sol y cada chispa de lluvia y meciéndose al paso de la brisa primaveral que les hacía cantar. No para el oído humano, claro, sino con una voz mucho más dulce. El pequeño bulbo se perdía todo esto, puesto que seguía firmemente cerrado, sus tiernas hojas guardando su secreto, tomándose su tiempo para dedicarlo a cada uno de sus pétalos, para pintarlos de un color nunca visto, para cincelarlos perfectamente como el artista más dedicado.

El estudiante veía pasar la primavera frente a su balcón, pero no era consciente de su fecunda belleza porque había encontrado la forma de acercarse a su adorada y tener el derecho de cortejarla. El joven estaba decidido a terminar su carrera antes que nadie en su promoción, y título en mano, ofrecerle a la muchacha un hogar y un tren de vida comparable al de su acaudalada familia, que él costearía con sus esfuerzos. Se encerró definitivamente en su estudio, y cerró las puertas a toda distracción. Tan sólo cuidaba de sus jacintos, con la esperanza de que atrayeran la atención de su amada a su ventana. En su febril determinación terminó perdiendo a sus amigos, entristeciendo sobremanera a sus familiares, dejó de escribir y de soñar. Solamente estudiaba y estudiaba, pero ya no ponía corazón a su profesión. Era ya un mero medio para conseguir su objetivo.

Sus cinco jacintos presenciaron por él el culmen y partida de la primavera, que los puso en su máximo esplendor, sintiendo con gusto en sus hojas el misterio de la vida plena, y en el transcurso de  las demás estaciones, con las hojas ya marrones durmieron soñando con todo lo hermoso del mundo, aunque su mundo fuera una calle. Para ellos bastaba.

Con la llegada deuna nueva primavera despertaron nuevamente con renovada energía, y asistieron espectantes a la eclosión del último bulbo, que finalmente ya se sentía preparado. Era de un maravilloso tono blanco, con reflejos de color melocotón. Una auténtica preciosidad de flor, que haría suspirar a cualquiera que posase su mirada en ella. El jacinto estaba henchido de orgullo, y estiró sus ramas a la vida.
Entretanto, llegó al estudio el joven, con el ansiado título bajo el brazo. Ya podía presentarse en casa de su amada. Satisfecho reparó en la belleza de la flor tardía. Fue la primera que cortó para el ramo de flores que obsequiaría a su adorada.

Después de horas de espera, y cuando finalmente fue recibido en la casa vecina, le informaron que la joven no podría recibirle bajo ningún concepto, puesto que ya estaba prometida nada menos que a un joven de la nobleza. Alguien que no habría trabajado en su vida, pero que le aportaría un título a cambio de ser su mujer rica y florero.

El estudiante salió del caserón con sus sueños hechos pedazos, cayendo en la cuenta por primera vez en un largo año que había perdido un tiempo que ya no volvería persiguiendo un fin, sin reparar en que perdía cosas por el camino, cosas tan importantes como uno mismo, habiéndose convertido en una sombra solitaria, reflejo tenue del joven vivaz de antaño.
Tal como la flor tardía, que terminó su día de vida en un basurero junto a sus hermanos en el malogrado ramo, pero que sin embargo habían gozado de la vida que él quiso aplazar por un fin fatuo.

Lectores, no pospongan el disfrute de la vida por miedos o por conseguir un objetivo, puesto que la vida plena en sí es el destino de un viaje muy rápido sin billete de vuelta y un sólo apeadero.

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