Hace mucho, mucho tiempo, en un país lejano, en el que el poderoso torrente de la magia de la naturaleza aún hacía vibrar cada brote, cada pétalo, cada raíz firmemente aferrada a las entrañas de la tierra, sucedió una historia jamás contada. Hasta hoy.
Aconteció que, en una humilde casita de los barrios pobres de una poderosa ciudad, nació una niña. Era hermosa como una flor, delicada y humilde como una pequeña violeta nacida entre otras muchas, pero tocada por algo especial.
Además, la noche en la que llegó al mundo, cuajada de estrellas que hacían relucir el cercano río como una cinta de plata, un ángel estaba de guardia y la bendijo con múltiples dones de belleza interior. Iba a crecer con la bondad llenando su corazón puro, con la justicia iluminando sus ojos claros. Con la humildad que sólo puede tener un alma brillante.
Pero aún siendo tan virtuosa, su destino habría estado ligado a la existencia gris de su lugar de nacimiento, de no ser por la intromisión de un tercer elemento. Una fuerza tan incomparable como la propia naturaleza. Las hadas.
En este tiempo todavía no habían sucumbido del todo al avance del hombre por su tierra, pero con el devenir de las edades se había transformado en un pueblo débil. Podía verse en el cambio casi imperceptible que acontecía en los bosques, cuya esencia imperecedera había emprendido el camino al fin.
Las hadas tenían cada vez descendientes más débiles, porque la energía que tomaban del bosque, su hogar, esta enferma. Enferma del hombre.
Por ello, empezaron a sustituir a sus hijos enfermizos por bebés sanos humanos, que nacían con toda la fuerza de la raza dominante del planeta. Los niños sustitutos crecían alimentándose del vigor que el hombre a su vez sustraía a la naturaleza. Y si en algún momento recordaban sus orígenes volvían con los suyos sin poner sobre aviso a sus padres adoptivos. Éstos generalmente nunca notaban que su pequeño no era humano, y lloraban su pérdida sin saber la verdad.
Este cuento comienza con la necesidad de las hadas de una nueva criatura humana. Pero ésta no podía ser un bebé cualquiera, puesto que estaba destinada a convertirse en la Reina de las hadas, una Reina que, dotada con la magia que quedaba en el pueblo feérico lo guiase hacia nuevos días de esplendor y dotase a las hadas de herederos con una fuerza renovada. Por tanto, precisaban que este bebé fuera especial, la más especial de las niñas recién nacidas, para que pudiera llevar acabo tamaña tarea.
Y con esta misión llegaron tres hadas a la ventana de la pequeña de esta historia. Sus brillantes halos rojo, amarillo y azul iluminaron un recodo de una habitación pobre, en la que la pequeña dormía plácidamente en una basta cuna de madera, con la única compañía de un farolillo, un ojo que parpadeaba trémulo, puesto por la madre para vigilar a su niña en las largas ausencias que exigía el trabajo duro. Un fatal error que nunca llegaría a advertir, porque el lugar de la bebé durmiente lo ocupó una criatura aullante, de belleza imposible, que berreaba reclamando alimento.
Y la pequeña humana desapareció en la noche, dando un giro completo a su destino.
Sucedió que un tiempo después en una casa muy distinta, una gran mansión rodeada de bellos jardines en la linde de un bosque, vivía una niña muy diferente de la primera. Aún siendo bonita, tenía el encanto de una llama que atrae al insecto hasta hacerlo arder. No había en absoluto nada bueno en su interior. Era egoísta, taimada, avariciosa y en extremo caprichosa. Lo tenía todo, y nunca estaba satisfecha, exigiendo cualquier cosa que se le pasara por la rizada y empolvada cabeza. Los padres contribuían a tan retorcido carácter cumpliendo al punto cada descabellado requerimiento, deslumbrados por su encanto hueco.
Finalmente, sus caprichos llegaron al delirio. La niña quería un hada. Y la quería ya. Berreó, pateó, lloró y chilló exigiendo un hada para ella sola. Sus padres le rogaron que desistiera, que las hadas no existían, que tenía ya todo tipo de mascotas, desde un circo de ratoncitos hasta un caballo blanco.
La niña no cejó en su imposible deseo. Su padre, desesperado, leyó todo lo que encontró sobre el tema, y envió a una cohorte de criados a peinar el bosque, bajo la orden de no regresar sin haber capturado un hada viva. La caprichosa calmó un tanto sus lloros, pero no olvidó su quimera. Soñaba con poseer una diminuta personita que la convirtiera en princesa. Al fin y al cabo, ella lo merecía todo, tal y como le decían sus papás.
Transcurrieron los días, y el padre había olvidado el molesto asunto, pues la niña se había entretenido con otro capricho, hasta que llegaron los criados, sucios, llenos de rasguños y cortes, hambrientos, cansados y sin hada.
La niña volvió a berrear ante el consternado padre, que inquirió información a los criados. Éstos dijeron todos lo mismo, que no habían hallado rastro de ninguna hada, duende, u otro ser mitológico.
Cuando el padre se estaba armando de valor para descorazonar a su niña,llamó su atención un anciano, que entre toses le susurró que aún no había regresado la última criada. Dicho esto exhaló su último suspiro y murió. Acababa de desplomarse en los brazos del padre, cuando entraron en la estancia la madre y la niña. La madre se llevó las manos al rostro horrorizada, y acudió rápidamente a ayudar a su esposo y pidió ayuda a gritos para el anciano. La niña, por su parte, no mostró ningún signo de piedad ni tristeza. Tan sólo dirigió una mirada de aburrida indiferencia al cuerpo y a los sollozantes criados que habían acudido al grito de socorro, y enseguida reclamó su parte de atención. Tan ocupada estaba en sí misma que no vio la sombra que cubría los ojos de su madre, mirándola como si la viera por primera vez.
La última criada era una joven de dieciséis años que había entrado a trabajar en el caserón porque necesitaban el dinero en su humilde casa de los suburbios de la ciudad. Los pocos que habían reparado en la joven coincidían en que era esquiva, y que aunque cumplía sus tareas con presteza y a la perfección, siempre tenía una expresión soñadora, como si sólo estuviera allí su cuerpo menudo y frágil, casi etéreo, de belleza imposible, sin embargo oculta bajo una cofia y las preocupaciones.
Los habitantes del caserón poco podían imaginar los hechos acontecidos en el bosque. Los hombres lo habían invadido tal y como se les exigía, y aunque no creían en la misión que se les había encomendado, pusieron todas sus ganas en arrasar la floresta, cortando, pisoteando y golpeando a su paso, y sin dudar en abatir a cualquier incauta fiera que se cruzase en su destructivo camino.
Sólo una vez estuvieron cerca de encontrar lo que buscaban, pero su incapacidad para creer los apartó de su presa. Sólo un anciano, que había visto y leído mucho,temeroso de los poderosos dioses antiguos de una tierra salvaje, advirtió un destello especial, el resplandor violeta que rodeaba como un halo la silueta sublime de la Reina de las hadas. Ésta, a pesar del temor de saberse perseguida, había salido en defensa de los suyos, y con su bastón mágico asestó un golpe al anciano que le resultaría mortal.
La joven criada corrió una suerte diferente. Había crecido en un entorno humano, en el que le habían enseñado los valores de la bondad, la honestidad y la justicia, valores que no llevaba dentro su raza. Pero ella los había adquirido para sí, y estaba por ello agradecida a su familia, a los que consideraba su hogar. Sin embargo, una vocecilla que era pura como el cristal y diáfana como un soplo de aire le decía que no pertenecía a aquél lugar, que tenía dentro de sí algo único.
La joven deambulaba por el bosque, y habiendo llegado a un claro siguiendo sus instintos, se detuvo y cerró los ojos. Y un sonido, que empezó como un murmullo y acabó en un canto alto de singular belleza, surgió de su garganta, de timbre cristalino como un diamante largo tiempo en bruto.
La joven abrió los ojos, y se llenaron de lágrimas ante la visión de las criaturas más bellas que jamás pudo imaginar el hombre. Minúsculas, sostenían sus cuerpecillos perfectos en el aire con grandes alas traslúcidas. Sin embargo, sus ojos eran inquietantes. Hermosos como rubíes, zafiros o esmeraldas, carecían de emoción alguna, quizá una leve curiosidad.
Como todo el mundo sabe, las hadas no son malvadas. Sucede que son demasiado pequeñas para albergar muchos sentimientos a la vez, y dedican toda su esencia al cuidado de la naturaleza y al canto, a la danza y a la exaltación de la belleza.
La joven se sintió inmediatamente atraída por la hermosura de su visión. Algo en su interior tiraba de ella hacia lo más profundo del bosque. Sin embargo recordó las enseñanzas de su madre, de que siempre fuera obediente y leal, y refrenó su instinto para volverse hacia el hada más bella, la única que dejaba vislumbrar algo más que belleza hueca tras sus ojos claros demasiado humanos.
La joven pilló desprevenida al hada reina, que como los demás había quedado cautivada por la hermosa voz de la recién llegada, y antes de poder reaccionar se vio a si misma encerrada en una urna de cristal.
La joven salió corriendo hacia el límite del bosque. Tenía un talento especial para ocultarse, y sus perseguidores no la alcanzaron. El hada reina constató con espanto que el cristal bloqueaba sus poderes, y tampoco se sentía capaz de atacar a la joven, pues en su interior anidaba un sentimiento completamente desconocido para las hadas: el arrepentimiento. Lamentaba haber herido al anciano, y no deseaba hacerlo de nuevo con aquella joven casi niña tan hermosa. Era demasiado virtuosa como para incurrir dos veces en el mismo error.
Una vez en el caserón, los acontecimientos se precipitaron. La joven recibió una cuantiosa recompensa con la que sacó de pobres a su familia, que sin embargo decidió seguir con su vida sencilla, con la salvedad de que no pasaron más penurias. El hada le fue entregada a la niña, que lejos de impresionarse por lo insólito del evento, no le prestó atención por estar entretenida con su nuevo juguete, un pony al que azuzaba durante horas. El animal, agotado, miró suplicante al hada, que sentada en su jaula de oro languidecía por su cautiverio.Sin embargo, su naturaleza humana impidió que muriera, y débil pero viva la encontró la joven, que arrepentida por haber propiciado el encierro de algo tan extraordinario, la liberó.
El hada deseaba darle una lección a la niña caprichosa, pero no la agredió. La transformó sólo por una noche en uno de sus múltiples juguetes. Una bailarina con la pierna rota que sentada en su silla, completamente inmóvil, tuvo tiempo para reflexionar sobre sus actos mezquinos y sus consecuencias, escuchando llorar a su madre en la habitación de al lado por haber criado un monstruo. La Reina antes de huir liberó a todas las mascotas prisioneras de los caprichos de la niña, y volvió el tiempo atrás para el buen anciano, que despertó en su cama como si solamente hubiera dormido un largo sueño.
La joven siguió al hada al bosque, en donde comprendió al fin su verdadero origen, pero prefirió quedarse con la vida que había aprendido a amar junto a los humanos. Y vivió muchos años, más que cualquier persona, y relató este cuento a sus descendientes.
El hada también descubrió quién era en realidad, pero prosiguió en el bosque al frente de los feéricos, dando hasta la última gota de su esencia bendecida para preservar la naturaleza tal y como debía ser, y prohibió para siempre la sustitución de niños.
Con el tiempo, como sabéis, las hadas se extinguieron junto con sus amados bosques, pero dedicaron sus pequeños corazones a amar con todo lo que tenían a los pulmones de un pequeño planeta. Cada brote, cada pétalo, cada raíz firmemente aferrada a las entrañas de la tierra.
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