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7:30 de la mañana. Despertarse con los tímidos golpecitos de siempre en la puerta de caoba y levantarse con el camisón enredado. Sola.
Como todos los días.
7:45. Asearse. Sentir en los pies el frío mármol mientras me ayudan a deslizarme en el vestido del evento correspondiente. Y no es que esté impedida. Si así fuera algo de todo esto tendría sentido.
Dejo la polvera y mis manos tantean ociosas por el tocador, escogiendo las joyas que hoy me pondré. Finalmente tomo las perlas y siento su peso en el cuello mientras las abrocho con ademán desganado.
Como todos los días.
8:30. Poso mi mirada al fin en la bandeja de desayuno, la que manos invisibles depositan en la mesita de cerezo cada mañana. Observo las viandas. Fina porcelana china adornada con fruta brillante, tostadas con mermelada, mantequilla, queso o azúcar, huevos redondos que huelen a tierra.
Y la humeante tetera junto a la jarra de leche fresca aderezada con canela, tal y como a mí me gusta.
Ejecuto mi propio ritual con lentitud, primero un chorro generoso de la ardiente bebida, y después la acostumbrada nube de leche. Deslizo además dos terrones de azúcar con pinzas de plata.
Como todos los días.
El té es algo que no tolero que me sirvan los ayudantes de cámara, algo pomposo para denominar a los criados y sirvientes, por cierto. Aquí se siguen haciendo las cosas como siempre, no importan los siglos que pasen.
Y mis días se suceden uno igual al anterior, empezando y acabando de idéntico modo, según la rutina que dictan otros. Y siempre con la sonrisa puesta, es algo constante en el estudiado vestuario.
Porque mi vida no es mía, es de un país entero.
Pero el instante del té es sólo mío. Dejo vagar la mirada a través de los ventanales, por los jardines que se extienden más allá de lo que alcanza mi vista. Y saboreo mi taza de English Breakfast, degustando en la lengua y el paladar todos y cada uno de sus matices.
Porque éste es el sabor de mi tierra, de mi niñez despreocupada correteando en un revuelo de faldas por otros jardines, que siempre fueron mucho más luminosos que éstos. Y por fin mi imaginación puede extender sus alas y llevarme lejos de aquí, donde estaría de haber ido todo de un modo distinto, donde todo sería mucho más sencillo, íntimo y especial.
Cierro los ojos y mientras el té caliente desciende por mi garganta, imagino el sinnúmero de aventuras que hubiera vivido, lo placentero que habría sido correr por el lecho de campanillas
azules en la campiña bajo la lluvia. Casi me parece sentir su olor, y el tacto hormigueante de la primavera despertando en los pies desnudos. Sentir en las manos el tacto de hojas de enredadera goteando humedad bajo las que refugiarse. Y en el cuello el aliento de un beso apasionado.
Finalmente me atrevo a volar más lejos, a brillantes ciudades que parece que estén hechas con la luz de las estrellas que empalidecen ante su belleza. Siempre me gustó Paris.
Pero el té se acaba y el instante mágico se desvanece en el aire.
Como todos los días.
Me despido hasta mañana, cuando visitaré de nuevo mis ensoñaciones en mi rato del té de 8:30 a 9:00, con mi taza de English Breakfast como único timón al que aferrarme frente al vacío que creo que va a engullirme.
Trato de consolarme, deslizando una mano por mi vientre, que comienza a abultarse. Apenas pruebo el resto del desayuno, y antes de reunir las fuerzas y levantarme del tocador, unas gotas de Bluebell de Penhaligon’s y me ciño la Tiara de los Enamorados.
Cada día pesa más.
El espejo labrado me devuelve la imagen de mi rostro, que se esfuerza por sonreír.
Soy y seré por siempre Diana, pero todo el mundo me llama Lady Di. Tendré que acostumbrarme.
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