Después de mucho tiempo he vuelto
a recordar. Los engranajes misteriosos que componen mi ser se han puesto en
movimiento de nuevo impulsados por una sola cosa…
No sé por qué soy así.
Simplemente un día desperté en el cuarto de los niños, recostada en una cama
minúscula, con mi precioso vestido azul perfecto sobre mis rodillas de
porcelana fina, mis rizos rubios enmarcando las lentes de cristal, sobre unos
ojos azules en mi rostro de piedra.
Pero tengo un corazón vivo en
alguna parte, y con él puedo sentir todo lo que me rodea.
Y soñar. Hacía mucho que no
soñaba.
Pero después de años, quizá
décadas dando tumbos con el resto de los trastos de un trapero allende fronteras por fin han
vuelto a tomarme unas manos jóvenes.
Es una mujer. No, una niña. Creo
que ambas cosas. Me ha rescatado y llevado a su casa. Por lo visto le he
causado buena impresión, aunque no tenía muchas esperanzas. Mi aspecto es lamentable.
Pero sus manos suaves me limpian,
me asean el vestido, el pelo, los lazos, curiosean los cuadernos de escuela que
llevo a modo de adorno en una mano, y me siento casi tan feliz como entonces.
Cuando los sueños de té, hace una
vida.
Al caer la tarde, justo a las cinco en punto ella entraba en el cuarto
en un revuelo de faldas con el sol prendido en sus bucles oscuros, me tomaba
delicadamente en sus manos y me besaba la nariz. Olía a leche y miel. Después se demoraba dulcemente mirándome, me
arreglaba las lentes, me cepillaba el pelo, su rostro pecoso iluminado con unos
grandes ojos verdes y el mío de ojos opacos, frente a frente.
A las cinco y tres minutos en el reloj de barco me anunciaba con voz
cantarina:
-
Bueno
Elizabeth, ¡es la hora del té! ¡Apresúrate que se hace tarde!
Y corríamos a la cocina, libres, alegres, dos niñas. Ella canturreaba y
girábamos y girábamos juntas.
Después entre risas nos sentábamos en la mesita baja de pino,
perfectamente preparada, con los platitos de cristal, los pequeños cubiertos,
la bandeja de pastas y las primorosas tazas. Cómo me gustaban aquellas tazas.
Y comenzaba la magia.
-Pues sí,
lady Elizabeth, no podrá creer el desastre acontecido con el unicornio de
peluche. Un escándalo.
Otras veces invitábamos a la mesa al Conejo Blanco y a la Liebre de
Marzo, aunque no se llevaban muy bien y había que ser diplomáticas. En
ocasiones tomábamos el té en barcos hundidos, o saboreábamos los fuertes aromas
de Egipto en una peligrosa expedición, refugiadas del sofocante calor a la
sombra del sofá. Y podía hacerlo, oh, qué sensación. Podía incluso notar cómo
me bajaba por la garganta de porcelana el mejor té de Ceylan aderezado con
leche, canela y amor infantil.
Aquello era lo que llamaban vida, la hora del té hacía de mi más que
una muñeca, y sentía felicidad con cada té dulce, cálido e inventado. En
aquellos días soleados en los que alguien me quería.
Pero los sueños acabaron.
Se mudaron a la costa este, y se llevaron la magia consigo. Y a ella,
que se había hecho mayor y ya no tenía tiempo para muñecas.
Se acabó todo, y dejé de soñar, retirada a un limbo protector donde
llorar sin lágrimas en mis ojos pintados, por una época que acabó y por esta
otra en la que ya nadie regala muñecas de porcelana.
Hasta que he sentido que me
abrazaban de nuevo. Y le gusta el té, no sé cómo pero puedo oler su bonita taza
humeante.
Tan maravilloso como lo
recordaba.
Y además me ha llamado Elisa.
Denia, 7 de Agosto de 2014

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