Érase una vez, como suele decirse en estos casos, una princesa que vivía prisionera en lo alto de una torre en lo más profundo de un bosque de un reino muy muy lejano. Esta princesa tenía un terrible secreto,un maleficio de origen desconocido que la transformaba en un ser muy peligroso las noches de luna llena. Alguien así lógicamente no puede gobernar un reino, y en su lugar lo hacía su madrastra (todas las princesas que se precien deben tener una, por lo visto).
Y mientras,nuestra princesa permanecía encerrada a la espera de la cura que le había prometido la Reina (llamémosla así,con mayúscula), que además de su Majestad despampanante era una poderosa hechicera. Pero la cura no llegaba. Solamente la pócima que le suministraba la madrastra en su visita mensual,justo antes de la luna llena,y que la hacía caer en un sueño profundo hasta la mañana siguiente era lo único conocido que podía mantener a la bestia en su interior, o eso aseguraba la Reina. Desde que pudiera recordar,la princesa siempre había vivido así,bajo la sombra de una maldición a la que ni siquiera había mirado a la cara, y eso incrementaba su temor a las desgracias que pudieran acontecer si las cosas no permanecían exactamente como siempre. La Reina se aseguraba de recordárselo.
Pero la paciencia de la joven se agotaba, y extrañada de que el Reino no reclamase a su princesa decidió tomar cartas en el asunto. El día en que la princesa Lila cumplía 22 años decidió cambiar las cosas. En todos esos años de encierro había aprendido muchas cosas de los libros,entre ellas a domesticar animales, y se encontró, sin saber muy bien cómo, atando notas a las patas de palomas mensajeras y al cuello de su lirón de compañía, en las que ofrecía una recompensa a aquél del reino que fuera capaz de curar a la princesa enferma. Así, de una vez por todas tomaría las riendas de su vida y le daría una alegría a su madrastra, demasiado ocupada en los asuntos del Reino como para buscar una medicina definitiva.
El primer curandero que llegó a las puertas del castillo de la Reina, portando una de las palomas mensajeras y la nota de la princesa fue despedido sin contemplaciones, con la adevertecia de que no volviera más por allí, pues la princesa estaba demasiado enferma como para ponerla en manos de un simple campesino. Y la madrastra prohibió terminantemente a la princesa demandar más ayuda, pues no podían arriesgarse a que algún torpe hechicero de tres al cuarto le hiciera daño, o peor aún, hiciera más fuerte la maldición, y no querían que aquello pasara, ¿verdad?
Lila no comprendía el parecer de la Reina, y esperó a que sus palomas volvieran, pero ninguna lo hizo. Suponemos que sucedió lo que indica el refrán :"pájaro que vuela,a la cazuela".
Entonces aconteció que un día soleado, algo golpeó su ventana. Se regocijó al pensar que hubieran vuelto sus palomas, y corrió a abrir la ventana. Pues, ¿qué más podría haber llegado hasta lo más alto de una torre en lo más profundo de un bosque de un reino muy lejano?
Pero no se trataba de un ave ni de ningún otro animal. Lila se quedó atónita viendo a una joven de más o menos su edad, con el pelo rojo y en punta, canturreando mientras escrutaba un curioso artilugio a través de unos anteojos extraños (para el lector más versado en estas lides, unas gafas de aviador)...¡y montada en una escoba voladora! Abarrotada por cierto de no menos curiosos artefactos colgantes,entre ellos un pequeño caldero de latón en el que bullía una poción verde,sin duda de poderosos efectos...pero que olía a menta poleo.
Finalmente la joven aparecida levantó la cabeza y se percató de la presencia de Lila.
-¡Ah,hola! Disculpa mis modales. -dijo retirándose lo que nosotros conocemos por auriculares. -Vengo de muy lejos y estaba comprobando en el maldito GPS que no me hubiera perdido...Por aquí no hay mucha cobertura y se cuelga cada dos por tres....¡Uy! ¡Pero qué maleducada soy! Esto...¿vos sois la princesa Lila? -dijo muy deprisa. A Lila le costó despertar de su ensimismamiento, pero asintió.
- ¡Chachi! Me encontré con este peludo amiguito...-dijo sacando de una de sus muchas bolsas a un lirón.
- ¡Kepler! - dijo la princesa, feliz de reencontrarse con su mascota, que saltó a los brazos de su dueña. -Y bueno, pues aquí estoy, porque he venido. Cat, la Aprendiz de Bruja, para serviros. Hechizos, sortilegios y cualquier encantamiento al momento. ¡Y si no queda satisfecho, le devolvemos su dinero! - recitó de carrerilla y tendiendo la mano a Lila. Ésta sonrió turbada ante el entusiasmo y las rarezas de la recién llegada, y le devolvió el saludo. No era la primera vez que veía una bruja, al fin y al cabo, la Reina también lo era, y nunca había podido sospechar que hubiera más por ahí que no fuerna como Madre...Ya sabéis, vestidos negros ajustados, belleza gélida y laboratorio de pociones burbujeante.
Cat, por su parte estaba enredada en los cables de sus artilugios ( léase ipod), llevaba el pelo despeinado enmarcando unos ojos marrones chispeantes y una sonrisa permanente. Llevaba un vestido de colores brillantes, amarillo limón, verde menta y azul violáceo,de la firma de los mejores maestros del Reino, "Desigual", botas moradas y calcetines a rayas verdes y azules. Y en ese momento se encontraba maldiciendo a su escoba,que había empezado a petardear.
-A estos chismes en cuanto los dejas al ralentí se les descolocan los chisgarabitones. Esto de la magicuántica siempre tiene sus complicaciones...
Lila carraspeó para llamar la atención de la despistada bruja.
- Me alegra vuestra llegada. Ya creía que nadie más querría ayudarme.
-Oh, ¿de veras? Disculpa, es la hora del té. - Y vertió el contenido del pequeño caldero en una tacita que también colgaba de su escoba.Mientras paladeaba la infusión observaba a Lila con ojo crítico. Parecía más niña de lo que era dentro de su pomposo vestido violeta y con su suave pelo rubio enmarcando unos ojos tristes.
- Bueno dime, ¿Cuál es tu dolencia?
-Desde que puedo recordar sufro una Maldición que me convierte en un monstruo las noches de luna llena. No he salido nunca de esta torre porque Madre dice que la naturaleza de la bestia es imprevisible y aunque no sea plenilunio los males del mundo pueden hacerla aflorar...
-Wow. ¿Nunca has salido de aquí? Flipante tía,digoo..su Graciosidad. ¿Y qué bestia sois vos? Buen, no quería decir eso exactamente, ya me entiendes...
-La verdad, no lo sé. Todas las noches de luna llena caigo en un sueño profundo como efecto secundario de la pócima de madre.
-Ya veo...Bueno, si no sé qué mal tienes no puedo trabajar contigo...Y no puedo esperar hasta el próximo plenilunio porque tengo que asistir a la Convención Bienal de
Brujas, Hechiceros y Duendes en el Bosque de los Cacahuetes, muy lejos de aquí.
- ¿Y no puedes ir y volver?-preguntó Lila.
-Las gasofaparticulas son caras...Y además vivo en constante movimiento, llevando mi don allá donde lo necesiten, y ya había planeado otro viaje largo para después-respondió Cat con una sonrisa triste.
Ante esto Lila se quedó callada y pensativa un momento.
No podría esperar tanto.Ni siquiera a otra persona. Ya no. Se acabó el cuento de la pobre princesa que espera que la rescaten. Hasta hacía unos días le habría parecido impensable si quiera una situación como aquella. Había crecido aislada del mundo y sí, de sus males, pero también de todo lo bello y bueno. Siempre temerosa de sí misma, de lo que llevaba dentro. Y ya no lo soportaba más. Le angustiaba la idea de que en el proceso de acabar con aquello tuviera que ahondar hasta el final en su parte más oscura. Y no sabía lo que iba a encontrar y desencadenar. Pero ya no podía detenerlo. Lo había puesto en marcha mucho antes de lo que había creído. Y lo debía acabar, con la ayuda de una desconocida, si era preciso. Una desconocida que en aquél momento gruñía y bufaba algo sobre turbofonones despolarizados y se tiraba de los pelos.
Lila carraspeó suavemente y dijo -Entonces me iré contigo.- con determinación, aunque al final le tembló un poco la voz.
Cat levantó la vista de su cien veces maldita escoba-¿Estás segura? Es un viaje largo y peligroso, y el Bosque de los Cacahuetes, aunque su nombre no lo indique, no es un lugar adecuado para una princesa.
-No soy una princesa corriente. Y si nunca sé de lo que soy capaz, jamás seré feliz.
Cat sonrió.
-Entonces, ¡que comience la aventura!
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