...Sumida
en hondas reflexiones me hallaba cuando terminó la clase. Acabábamos la semana
con astrofísica y algunos habían venido ya preparados para volver el fin de
semana a sus casas pertrechados de maletones y maletines de viaje de extensión
variable. Todos los “protofísicos” salieron del aula a velocidades bastante
superiores a aquellas con las que habían entrado hacía una hora, como de
costumbre, y eso no iba a cambiar por mucho tiempo que pasase y aunque
llevásemos ya cuatro años allí metidos.
La
rutina era más o menos la de siempre, y ya andábamos quemados de ella una gran parte
de los que habíamos empezado en el año feliz de 2009, donde nos las prometíamos
de grandes investigadores el día de mañana en una universidad prestigiosa cerca
de la cuál habíamos tenido la gran suerte de nacer. Cuando la crisis todavía
era una guisa de “recesión económica”, y no se había convertido todavía en el
agujero negro que iba a asolar a España durante los años siguientes. Tantos que
ni los más pesimistas se hubiesen atrevido a imaginar. Y si alguno de aquellos
economistas hubiese atisbado en sus predicciones de futuro la metamorfosis de
la crisis económica en un puñal envenenado incrustado en el progreso de la
sociedad, llevando a la ya maltrecha mentalidad humana a rememorar los días de
los grises aporreando a unos estudiantes descontentos, todos aquellos hubieran
optado por cerrar el finiquito y retirarse a una vida de paz monacal.
Y
allí estábamos, a punto de acabar la carrera con las perspectivas de futuro
derrumbándose junto con una biblioteca tan vieja como el campus, que se caía a
pedazos rodeada de alumnos protestando porque no había dinero ni para
arreglarla ni para si quiera abrirla las 24 horas en época de exámenes, ni para
invertir en una investigación tan necesaria que la ausencia de la cual me
causaba un dolor físico. Tanto como el saber que ese dinero sí se dedicaba a
engrosar las arcas, los palacios y las panzas de aquellos a los que unas
cuantas manifestaciones y muchos heridos no afectaban para nada y que poco se
diferenciaban del insigne fundador de la muy ilustre Universidad de Valencia.
Alejandro VI, el Papa Borja. La corrupción hecha carne fofa.
En
la soleada tierra que nos había visto nacer y formarnos como profesionales, no
teníamos futuro.
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