La condena de los hombres junto
con el planeta Tierra era algo que yo tenía tan claro como la conservación de
la energía, y vive Einstein, al menos figuradamente en el alma científica de
cada físico, que, a fechas de hoy, dijeran lo que dijesen los mayas, se puede
ver escrito hasta en las piedras que el mundo tal y como lo conocemos tocará a
su fin a no mucho tardar. Lo gracioso, si se permite el humor negro en tan
oscuro tema, sería apostar simplemente a qué petará antes. Podrían ser los
continentes sumergidos por océanos crecidos con el aporte del deshielo de
los polos. Al menos el gobierno americano que en su día no firmó los acuerdos
de Kioto tendrá ocasión de confraternizar con sus familiares las almejas. O la
desaparición del oxígeno en la Tierra, más valioso que la libra, el dólar o el euro,
aunque no lo crean algunos, con tanto talar árboles y convertir el planeta en
el cochino pulmón de un fumador. Bien podríamos terminar con cinco ojos, cuatro
piernas y tres pollas por ingerir pescado que se haya paseado por las fosas
marinas que albergan residuos nucleares como barcos perdidos, ¿por qué no? O
socarrats por radiación gamma, ultra violeta y demás del espectro que no
conocen los politicuchos de diarrea verbal vestida con suéters azules o rojos
porque el agujero de la capa de ozono es menos importante que el agujero en las
finanzas de Zapatero y allegados. O por el contrario congelados hasta el
tuétano por una glaciación “como no se ha visto en los últimos 50 años”. ¿Pero
desde cuándo se tienen registros? ¿Desde el Pleistoceno?
Tampoco sería descartable que
sólo nos desintegrasen bombitas atómicas en plena tercera guerra mundial, en la
que las armas dejan paso al avance tecnológico con mayúsculas y el “progreso”
se pone al servicio de adoradores de Alá, Satán, Cristo, Buda, los Santos
Cojones o el todopoderoso Dólar. Ya tardan, todos. No sería la primera
vez, desde luego, pero sí podría ser la última. Hemos avanzado tanto en los
albores del tercer milenio que comparado con la especie humana del año 2012 el
“Australopithecus” es todo un gentleman inglés. Con té, pastas y piojos
incluidos. Pues alguno de los que pisan el planeta a día de hoy no vale ni lo
que el insecto mencionado, pero sí es más parásito. Y rastrero. Y sucio. Y eso
es más destructivo que una bomba atómica. El mundo también podría acabar por
una abducción en masa por parte de alienígenas superiores. Seguramente nos
terminarían catalogando de subespecie que tiene mucho que aprender de las
amebas. Pero ojalá le metiesen antes a alguien unos cuantos cables por el
agujero negro.
Lo tenía claro, tanto como la
relatividad de Einstein. Pero sucesos recientes apuntan a que la velocidad de
la luz podría haber sido superada por algo tan pequeño como lo es un neutrino,
y que el ser humano podría tener salvación. Esto último lo demuestran gentes
pequeñas, que en el devenir de los tiempos pasan inadvertidas, lejos del bombo
y platillo de los hombres y mujeres insecto. Pero realmente en su interior son
muy grandes y más fuertes que una explosión nuclear.
Y mi experiencia quedará para
siempre grabada a fuego en mi memoria y en mi ser, y pasará a formar parte de
esta especie a la que podría no quedarle tiempo para seguir creando y
aprendiendo de demasiados errores. Pero podría contribuir como una tímida
estrella en un firmamento infinito de materia brillante y oscura y a que
aprenda yo.
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