Llamando a la Tierra

Imaginar es gratis

lunes, 6 de febrero de 2012

Mutantes, piojos o estrellas

La condena de los hombres junto con el planeta Tierra era algo que yo tenía tan claro como la conservación de la energía, y vive Einstein, al menos figuradamente en el alma científica de cada físico, que, a fechas de hoy, dijeran lo que dijesen los mayas, se puede ver escrito hasta en las piedras que el mundo tal y como lo conocemos tocará a su fin a no mucho tardar. Lo gracioso, si se permite el humor negro en tan oscuro tema, sería apostar simplemente a qué petará antes. Podrían ser los continentes sumergidos por océanos crecidos con el aporte del deshielo de los polos. Al menos el gobierno americano que en su día no firmó los acuerdos de Kioto tendrá ocasión de confraternizar con sus familiares las almejas. O la desaparición del oxígeno en la Tierra, más valioso que la libra, el dólar o el euro, aunque no lo crean algunos, con tanto talar árboles y convertir el planeta en el cochino pulmón de un fumador. Bien podríamos terminar con cinco ojos, cuatro piernas y tres pollas por ingerir pescado que se haya paseado por las fosas marinas que albergan residuos nucleares como barcos perdidos, ¿por qué no? O socarrats por radiación gamma, ultra violeta y demás del espectro que no conocen los politicuchos de diarrea verbal vestida con suéters azules o rojos porque el agujero de la capa de ozono es menos importante que el agujero en las finanzas de Zapatero y allegados. O por el contrario congelados hasta el tuétano por una glaciación “como no se ha visto en los últimos 50 años”. ¿Pero desde cuándo se tienen registros? ¿Desde el Pleistoceno?
Tampoco sería descartable que sólo nos desintegrasen bombitas atómicas en plena tercera guerra mundial, en la que las armas dejan paso al avance tecnológico con mayúsculas y el “progreso” se pone al servicio de adoradores de Alá, Satán, Cristo, Buda, los Santos Cojones o el todopoderoso Dólar. Ya tardan, todos. No sería la primera vez, desde luego, pero sí podría ser la última. Hemos avanzado tanto en los albores del tercer milenio que comparado con la especie humana del año 2012 el “Australopithecus” es todo un gentleman inglés. Con té, pastas y piojos incluidos. Pues alguno de los que pisan el planeta a día de hoy no vale ni lo que el insecto mencionado, pero sí es más parásito. Y rastrero. Y sucio. Y eso es más destructivo que una bomba atómica. El mundo también podría acabar por una abducción en masa por parte de alienígenas superiores. Seguramente nos terminarían catalogando de subespecie que tiene mucho que aprender de las amebas. Pero ojalá le metiesen antes a alguien unos cuantos cables por el agujero negro.
Lo tenía claro, tanto como la relatividad de Einstein. Pero sucesos recientes apuntan a que la velocidad de la luz podría haber sido superada por algo tan pequeño como lo es un neutrino, y que el ser humano podría tener salvación. Esto último lo demuestran gentes pequeñas, que en el devenir de los tiempos pasan inadvertidas, lejos del bombo y platillo de los hombres y mujeres insecto. Pero realmente en su interior son muy grandes y más fuertes que una explosión nuclear.

Y mi experiencia quedará para siempre grabada a fuego en mi memoria y en mi ser, y pasará a formar parte de esta especie a la que podría no quedarle tiempo para seguir creando y aprendiendo de demasiados errores. Pero podría contribuir como una tímida estrella en un firmamento infinito de materia brillante y oscura y a que aprenda yo.

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