La memoria es el precio que tenemos que pagar para tener
recuerdos. Algunos rincones en mi mente son tan hermosos que hacen estremecerse
a cada fibra de mi ser, llegando a ser
mi más preciada posesión, pero a día de hoy mientras escribo estas líneas, los cambiaría
por la nada para no poder recordar.
Cuando dejas todo atrás, para bien o para mal sólo te queda la
memoria de lo vivido, para mecerte por las noches como un ángel protector, o
por el contrario torturar con la saña que solamente tiene lo que no va a
cambiar. Los recuerdos no desaparecen sin más, aunque a veces darías la vida
porque así fuera. Y en cierta forma se cumple este deseo.
Una de las grandes verdades de la existencia humana es que
mientras se nos recuerda, seguimos vivos. Podemos recuperar el pálido reflejo
de alguien que se fue llevándose nuestra vida con ellos, y con ello resucitar
en un sueño de niebla, o por el contrario desear estar muertos cuando cada
noche nos visita la pesadilla del pasado. En su más cruel forma. Sin disfraces
del subconsciente.
A ella la recuerdo como la primera vez que la vi. Bañada por
la luz del crepúsculo, se me antojó una visión celestial, un ángel etéreo que
había descendido de su pedestal liviano para que yo lo elevara en otro. Al
instante de posar mis ojos en su semblante de dolorosa belleza, y que ella me
devolviese la mirada que luego me iba a perseguir por la vida con la
inmortalidad de los recuerdos, ya me sabía perdido sin remedio. Y ella lo supo.
Los días decisivos en la existencia de las personas no son
los que ellas piensan. Se cuentan con los dedos de una mano, sobrando muchos, y
se caracterizan por- como otra broma del destino- que no se puede saber cuándo
un día, hora, minuto o segundo va a grabarse en las entrañas como el momento en
el que el devenir de alguien por el mundo va a cambiar bruscamente de
dirección.
Aquella mañana de septiembre de 1873 desperté a la
existencia anodina y gris que llevaba desde mi nacimiento, sin saber que la
cuenta atrás se había iniciado hacía mucho sin pedirme permiso, para conocer a
la que sería a partir de entonces mi vida, mi universo, mi dicha, mi Sol, mi
Luna y todas las estrellas del firmamento, como las que brillaban en sus ojos. Ella llenó de color mi existencia, inundando
mi ser del lavanda oscuro de su mirar y sellando para siempre mi corazón con
una sonrisa dorada y el secreto de por qué aquello sólo podía suceder de esa
manera. Esa tarde, conjurando al mecanismo divino o infernal de la Fortuna y el
Azar, ella se convirtió en mi gozo imperecedero. Y también en mi eterna
perdición.
Cuando se puso el Sol nací de nuevo. Y también empecé a
morir.
Y lo vuelvo a comprender cada noche en mis sueños.
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