Llamando a la Tierra

Imaginar es gratis

miércoles, 14 de septiembre de 2011

Memoria de aparecidos


La memoria es el precio que tenemos que pagar para tener recuerdos. Algunos rincones en mi mente son tan hermosos que hacen estremecerse a  cada fibra de mi ser, llegando a ser mi más preciada posesión, pero a día de hoy  mientras escribo estas líneas, los cambiaría por la nada para no poder recordar.

Cuando dejas todo atrás, para bien o para mal sólo te queda la memoria de lo vivido, para mecerte por las noches como un ángel protector, o por el contrario torturar con la saña que solamente tiene lo que no va a cambiar. Los recuerdos no desaparecen sin más, aunque a veces darías la vida porque así fuera. Y en cierta forma se cumple este deseo.

Una de las grandes verdades de la existencia humana es que mientras se nos recuerda, seguimos vivos. Podemos recuperar el pálido reflejo de alguien que se fue llevándose nuestra vida con ellos, y con ello resucitar en un sueño de niebla, o por el contrario desear estar muertos cuando cada noche nos visita la pesadilla del pasado. En su más cruel forma. Sin disfraces del subconsciente.

A ella la recuerdo como la primera vez que la vi. Bañada por la luz del crepúsculo, se me antojó una visión celestial, un ángel etéreo que había descendido de su pedestal liviano para que yo lo elevara en otro. Al instante de posar mis ojos en su semblante de dolorosa belleza, y que ella me devolviese la mirada que luego me iba a perseguir por la vida con la inmortalidad de los recuerdos, ya me sabía perdido sin remedio. Y ella lo supo.

Los días decisivos en la existencia de las personas no son los que ellas piensan. Se cuentan con los dedos de una mano, sobrando muchos, y se caracterizan por- como otra broma del destino- que no se puede saber cuándo un día, hora, minuto o segundo va a grabarse en las entrañas como el momento en el que el devenir de alguien por el mundo va a cambiar bruscamente de dirección.

Aquella mañana de septiembre de 1873 desperté a la existencia anodina y gris que llevaba desde mi nacimiento, sin saber que la cuenta atrás se había iniciado hacía mucho sin pedirme permiso, para conocer a la que sería a partir de entonces mi vida, mi universo, mi dicha, mi Sol, mi Luna y todas las estrellas del firmamento, como las que brillaban en sus ojos.  Ella llenó de color mi existencia, inundando mi ser del lavanda oscuro de su mirar y sellando para siempre mi corazón con una sonrisa dorada y el secreto de por qué aquello sólo podía suceder de esa manera. Esa tarde, conjurando al mecanismo divino o infernal de la Fortuna y el Azar, ella se convirtió en mi gozo imperecedero. Y también en mi eterna perdición.

Cuando se puso el Sol nací de nuevo. Y también empecé a morir.

Y lo vuelvo a comprender cada noche en mis sueños.  

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