Una idea que viene dándome vueltas a la cabeza la última temporada es el concepto de karma. Como todo hijo de vecino, sé que según ciertas religiones es una energía de la naturaleza que, aunque los seguidores de estas doctrinas no tengan un dios controlador que les castigue por cometer aquellos sus errores que por otro lado son libres de cometer (Faltaria más. Sólo necesitaban ya las pobres bestias dejarse guiar por unos hilos invisibles de un tipo invisible. Todo tiene su lógica), el karma deja libertad para elegir entre el bien y el mal, pero atente a las consecuencias.
Ergo, si se tiene que "cobrar" todo el bien que se ha hecho o por el contrario "pagar" todo lo que se ha contribuido a que este orfeón de monas que llamamos humanidad sea un sitio peor, los hindús llegan a la conclusión de que una vida no es suficiente y entramos en el terreno agreste de la reencarnación.
Aquí las opiniones se dividen. Unos piensan que el karma determina cómo (o qué) vas a ser la siguiente vida, así que si te has comportado como una cucaracha en vida hazte a la idea de que a no muy tardar te vas a convertir en un bonito coleóptero. También leí en un libro prestado el testimonio de un psiquiatra que contaba su experiencia con una paciente con traumas en la infancia, y mediante la hipnosis para alcanzar dichos recuerdos sepultados en el inconsciente tropezaron con la descripción de distintas épocas con la minuciosidad y exactitud que sólo muestra quien las ha vivido. La chica en cuestión había sido tanto hombre como mujer a lo largo de la línea del tiempo, desde el Antiguo Egipto hasta la Guerra Civil estadounidense, pasando por la Edad Media europea. Su existencia había sido tan variopinta como variable, habiendo vivido largos años o por contra muerto siendo una criatura en una catástrofe natural.
El buen doctor contaba que amén de descubrir en esas vidas pasadas la fascinante explicación a los traumas de la paciente, con causa generalmente en los traumatismos que habían acabado con cada una de sus existencias, comprendía con cada sesión que el ente o espíritu que ahora guiaba el cuerpo de una mujer joven volvía a nacer a fin de aprender en la siguiente vida lo que no había asimilado en la anterior, con el único objetivo de alcanzar la perfección del alma y convertirse en un ser superior. En el libro también se llegaba a la conexión con los "seres superiores" en cuestión, que al uso del habla de lo que podríamos llamar "de la abuelita", les podemos nombrar como "ángeles de la guarda", que vienen a ser espíritus sabios que ya no tienen que aprender nada más y tienen su ocupación existencial en cuidar de todo bicho viviente para que el karma no se ensañe demasiado con él.
Otras opiniones sobre la reencarnación (que según algunos son como el agujero del culo. Todo el mundo tiene uno y piensa que el de los demás apesta) más o menos cotejables y pertenecientes a personajillos interesantes, se limitan a que el animalito en cuestión afirme con rotundidad y firmeza templaria que en otra vida ha sido Napoleón o la reina Cleopatra. Y no les preguntes más.
En cuanto al sentir de la humilde gestora de este blog... En cuanto a tipos invisibles que provocan Big Bangs aquí y allá a fin de que siguiendo la evolución natural de las cosas aparezcan x planetas con x animalillos astutos como los "elegidos" para pecar por todo y arrepentirse en el último momento si llegan porque lo dijo otro elegido antes de ser torturado y asesinado por los elegidos, porque si no perecemos todos en el fuego eterno, me resultan poco creíbles. Pero quién sabe, igual la lógica humana no llega a tales subterfugios de índole divina.
Por otro lado, como protofísica creo a pies juntillas en el axioma incuestionable de que la energía no se crea ni se destruye, se transforma. Entonces, en aquellos días en los que se le da a los engranajes del cerebro algo para que trabajen más o menos renqueando, una llega a la conclusión de que es posible afirmar que un ser humano tiene más potencial en su mente para crear, imaginar, inventar, expresar, sentir, transmitir y destruir que cualquier ser vivo en- y en las inmediaciones de -este nuestro planeta. Lo cual me lleva a preguntarme que qué pasa con la energía que mueve a alguien que en un momento dado está pensando, deduciendo, creando y amando y en un segundo está inerte, como si allí no hubiese habido nada desde el inicio de los tiempos. Tabla rasa. Cero absoluto.
Por ello me resulta difícil de creer que aquello que movía un cuerpo que luego está seco, y que no sé muy bien qué es, desaparezca sin más. Como he dicho, no pienso que hayan ni un cielo ni un infierno donde cobremos o purguemos nuestras acciones en la Tierra. Por experiencia propia de alguien que ya tiene demasiado que contar con las dos décadas aún no cumplidas llego a pensar que para qué queremos infierno cuando lo podemos experimentar en las entrañas en nuestra existencia en la Tierra. El fuego eterno parece un soplo de aire vivificador al lado de la destrucción que puede ocasionar una mentira, una traición unas palabras o el odio y ambición de los hombres.
En aquellos momentos en que alguien mira hacia arriba desafiante, y pregunta qué más puede pasar, entre irónico y temeroso de que los cielos inmisericordes descarguen su furia sardónica sobre aquél pobre insecto que no sabe qué ha hecho para merecer este valle de lágrimas, también cabe preguntar si es que en verdad existe algo que castiga porque en esta vida o en otra has hecho algo tremendamente malo y el precio es la felicidad, o si por contra es el karma que se está ensañando aunque la memoria del cuerpo humano no es capaz de entender por qué. O simplemente la suerte, o su pariente de gala, el destino, que van de la mano dictaminando que ahora te toca que te caiga un rayo.
Aunque, pensándolo bien, cuando las inclemencias del tiempo dejan de ser sólo truenos y relámpagos, se puede alcanzar la conclusión de que en verdad la suerte se la busca uno mismo, y el destino, aunque esté a la vuelta de la esquina, no hace visitas a domicilio. Hay que ir a por él. Cuando entiendes esto te sientes un poco más sabio y más próximo a la perfección. También te reconcilias con el pasado, simple prólogo de lo que está por venir.
Y también, cuando las cosas marchan de forma perfecta al fin después de demasiado tiempo, es muy fácil verlo todo con otros ojos, y al ver la puesta de Sol tiñendo las nubes etéreas de rojo y oro sobre un río violeta desde el tren que se aleja perezosamente de un día absolutamente perfecto, una pregunta indiscreta se cuela en la mente, y piensas que podría ser posible que tanta belleza, y sobre todo la paz que se siente dentro deben de tener origen divino, y que el que anda por ahí arriba estaba de guardia cuando decidió concederte por fin unas gotas de felicidad que en unos días se ha convertido en un torrente imparable y eterno. También puede ser que el karma una vez al menos decida premiar que tras tanta penuria se ha seguido firme a fin de cuentas, a la espera de que algo mejor llegase, que la suerte cambiase de dirección o que el destino se pusiera en marcha tras una decisión importante.
Yo me quedo con que he podido comprobar que se pueden tocar las lejanas estrellas cuando se está tan cerca de un ángel de la guarda que estas sencillas palabras enmudecen, para que hablen otras cosas como la mirada prendida en otra bicolor, las manos o los labios, en armonía perfecta, como la máquina más divina que pueda ingeniar el hombre. Y entonces es cuando sucede la magia y desaparece todo lo demás. Ya puede caerse el cielo o abrirse la tierra. Tú ya estás en el paraíso.
Y para cuando vuelven las palabras para decir algo hermoso y sincero ya le he dado las gracias a Dios.
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