Julia miró por la ventana. Jirones de nubes se entrelazaban con la luz de la luna llena. Estaba sentada delante del ordenador como tantas otras noches de frío y eterna soledad. A oscuras vio cómo una lágrima se deslizaba por su mano, inerte sobre las teclas, incapaz de escribir nada más.
Había recorrido un largo camino, luchado contra sus peores demonios y creía haber vencido. Por fin había tenido el valor de mirarlos a la cara y con una muda orden hacer que se fueran.
Pero ahí estaban de nuevo, y la luna llena no bastaba esta vez para acabar con su tormento. Llegaban en forma de dudas y oscuros temores. Alzó la mirada a las estrellas e imploró la señal que nunca llegaba, que permanecía tan lejos como los fríos astros. Una señal, de cuánto más faltaba para llegar al eterno cielo.
Se sentía muy sola y se preguntaba por qué. Por qué a veces lo sencillo es tan complicado como conseguir la luna. O tan imposible. Por qué vivía muriendo por dentro, guardando las lágrimas que nunca lloró, para finalmente caer de rodillas bajo el peso de la derrota.
Y lo fácil es rendirse. Darle la espalda al dolor, porque los sueños y anhelos cierran los ojos para siempre. Cerrar los ojos y olvidar que después de la tormenta sale el Sol. Que todo estará bien al fin.
Tras su ventana llovía , pero Julia en el fondo sabía, o al menos esperaba, que después iba a llegar el día en que la fría luna dejase paso a algo más que un roce de distancia.
Y como el firmamento, Julia por fín lloró, como no lo había hecho durante mucho tiempo. Como sólo llora alguien que no tiene nada que perder y mucho que ganar. Estaba viva, y lista. Es ahora o nunca, hacerlo o perecer en el intento.
Hasta encontrarlo en algún lugar sobre el arco iris.
Porque en sus ojos, el futuro nunca muere.
No hay comentarios:
Publicar un comentario