"Mi propósito es hablar de los cuentos de hadas, aunque bien sé que ésta es una empresa arriesgada. Fantasía es una tierra peligrosa, con trampas para los incautos y mazmorras para los temerarios. Ancho, alto y profundo es el reino de los cuentos de hadas, y lleno todo él de cosas diversas: hay allí toda suerte de bestias y pájaros; mares sin riberas e incontables estrellas; belleza que embelesa y un peligro siempre presente; la alegría, lo mismo que la tristeza, son afiladas como espadas. Tal vez un hombre pueda sentirse dichoso de haber vagado por ese reino, pero su misma plenitud y condición arcana atan la lengua del viajero que desee describirlo. Y mientras está en él le resulta peligroso hacer demasiadas preguntas, no vaya a ser que las puertas se cierren y desaparezcan las llaves. "
John Ronald Reuel Tolkien
Acto I
John Ronald Reuel Tolkien
Acto I
Érase una vez, hace mucho tiempo, cuando el mundo era más joven e inocente que en los tiempos que vivimos, en un país allende los mares sucedió una tragedia, aunque nadie se dio cuenta, salvo unas pocas personas.
Un tiempo después, en una gran casa señorial al borde de un acantilado, un pequeño bebé cumplía tres años. Grandes fastos se prepararon para agasajar a la pequeña Blanca, aunque tiempo hacía que nadie amaba de corazón a niño alguno, en aquella casona llena de corrientes de aire. Sólo la niñera de la pequeña apreciaba a la criatura y cuidaba de ella con mimo, en recuerdo de la que una vez fuera su verdadera madre. Era una muchacha dulce y simple del pueblo, pura de mente y corazón, y sabedora de los sucesos que habían acontecido en aquella casa años antes.
La bebé dormía profundamente la noche antes de su tercer cumpleaños. Junto a la habitación de los niños, la niñera hilaba y cabeceaba. De pronto, notó una perturbación en el aire, y una quietud sobrenatural se adueñó de la casa. La niñera soltó su labor y corrió a la habitación de la pequeña, pero una fuerza desconocida y poderosa la hizo detenerse en el umbral y contemplar atónita el interior.
Una alta figura se cernía sobre la cuna de la criatura y la señalaba a otras pequeñas criaturas suspendidas en el aire mediante alas. La figura alta también poseía alas, finas como membranas y tan grandes que ocupaban todo el cuarto. Cuando la niñera consiguió desviar la mirada de los iridiscentes, diminutos seres, la posó en la alta presencia. Ésta le devolvió la mirada, con unos ojos que no pertenecían a este mundo.
La enigmática criatura parpadeó, y en el tiempo que dura un latido, en sus brazos extendidos se materializó la niña, dio media vuelta y en una ondulación de cabellos rojos y vestiduras vaporosas, ella, la niña y sus mágicos acompañantes desaparecieron.
La niñera al fin pudo moverse y correr a la ventana, para tropezar en su carrera con la cuna y descubrir en ella a un bebé que de pronto despertaba y se echaba a llorar, con tintineante voz de campanillas.
A la mañana siguiente la joven miraba de forma obsesiva al bebé, rememorando una y otra vez la escena vivida la noche anterior, preguntándose si acaso no habría estado soñando. Veía a la niña jugar con sus muñecas y pedir cuentos, pero la niñera cada vez estaba más convencida de que aquella niña no era Blanca. Había algo muy distinto en su caminar, en la forma en la que posaba sus manitas sobre los juguetes, en el roce de sus vestidos y la textura de su piel. La niñera conocía demasiado bien a la pequeña, desde su nacimiento, y por la tarde ya sabía lo que había sucedido. Había pasado muchas noches junto a su abuela frente al fuego, escuchando relatos sobre pequeños niños que eran secuestrados por las hadas y sustituidos por otros de su propio reino encantado.
Y por supuesto también estaba “ella”. No podía quitarse de la cabeza el rostro de la figura más alta de los visitantes nocturnos. Esa cara…Estaba segura de que la había visto en laguna parte. Pero no se atrevió a ir con sus conjeturas a la señora de la casa, una mujer autoritaria y fría como todas las que la habían precedido. Había sido incapaz de tomar en brazos a su hija, y por tanto ni en cien años podría reconocer la diferencia entre las niñas cambiadas.
Decidió ir ella misma en busca de la pequeña, pero por si acaso sus sospechas más descabelladas eran acertadas, decidió investigar un poco más. Penetró en habitaciones de la casa que no se usaban desde hacía más de treinta años, y con paciencia y tesón al fin halló oro. Y gracias a un retrato olvidado que encontró perdido por el desván terminó de atar cabos.
Y lloró amargamente por ello. A menudo la gente confunde simple con estúpido, y esta niñera era muy lista, y muy compasiva.
Acto II
Si la medianoche es la hora de las brujas, la última hora de la tarde es el tiempo de las hadas, cuando el Sol enciende de oro y púrpura el cielo y las primeras estrellas brillan en un firmamento de un delicado tono de lila, el color preferido de los elfos.
Al atardecer de un día la niñera recogió sus cosas en un hatillo y salió de la casona seguramente para siempre. Si conseguía llegar donde se proponía no contaba con volver. De todos modos allí no sería feliz sin Blanca. Aquella casa estaba sumida en la sombra de una maldición . Se dirigió en dirección al bosque circundante, donde esperaba encontrar respuestas si las buscaba con tesón. Avanzó a través de la floresta con un único propósito en el corazón: encontrar a la pequeña Blanca.
Finalmente, cuando la última uña de Sol se escondía en el horizonte y la cúpula celeste centelleaba encendida de luz, llegó a un gran montículo, al pie del cual se detuvo a descansar. Una mezcla de sudor y lágrimas resbaló de su rostro y cayó a sus pies. Y se obró el prodigio: el montículo se abrió y le franqueó el paso. La valiente niñera tomo sus cosas y con coraje se adentró en lo desconocido.
Ante sus ojos se desplegó tal maravilla que su lengua quedó atada largo rato, incapaz de describir con palabras lo que estaba viendo. Contemplaba una majestuosa ciudad hecha de oro, plata, cristal, diamante y la luz más diáfana, que iluminaba todo. Construcciones de arquitecturas imposibles brotaban de ramas de árboles altos como castillos, y se sostenían en sus ramas como si se tratase de livianas plumas. Puente plateados comunicaban amplias balconadas que dominaban toda la hondonada, reflejada en un lago de aguas cristalinas refulgentes como espejos.
La hondonada de las hadas se encontraba en calma, solitaria y sumida en un silencio tan sobrenatural como las maravillas que allí se encontraban. No, si la niñera prestaba atención podía captar algo a lo lejos, algo que no podía calificarse de sonido, pues era una melodía tan dulce que sólo podía ser entonada en el lenguaje de las mariposas. Era tal como sonaría un riachuelo de cristal caer en cascada sobre plata líquida.
La niñera se sentía como presencia profana en aquel ambiente tan celestial, y a penas se atrevía a respirar, pero su determinación la llevó a seguir un sendero que serpenteaba hacia el interior de la hondonada, que se elevaba suavemente hasta una cúpula vegetal de dimensiones colosales. Se adentró en su interior y descubrió que se trataba de una suerte de templo, con la techumbre la formada por cientos de ramas entrelazadas. El templo estaba coronado por la enorme figura de un elfo dorado tocando el arpa, y del que brotaba en cascada el agua diáfana del lago. Bajo la mirada del elfo encontró lo que buscaba.
Las hadas estaban de fiesta. Danzaban alrededor de la fuente, tomadas de las manos describían círculos a un ritmo vertiginoso, sus voces unidas en una sola elevándose hacia la cúpula del templo, sus sedosos vestidos tejidos con centelleantes estrellas tintineaban sobre los pies desnudos que no tocaban el suelo.
A los pies del elfo se encontraban las tres figuras más impresionantes de la estancia. Una era la niña Blanca, sentada en el regazo de nada menos que la Reina de las hadas, aposentada en su trono de oro, con las largas vestiduras de seda que se extendían en ondas hasta sus súbditos. Los largos dorados cabellos de la Reina eran trenzados por las manos hábiles de la tercera figura, también asombrosa como todo lo demás en la estancia pero también más sencilla, más humana.
Y la niñera vio que había tenido razón desde el principio. Segundos antes de ser descubierta y apresada por las hadas.
Acto III
- Mortal, te has atrevido a poner tus indignos pies en el Reino de las Hadas sin haber sido invitada- dijo un soldado elfo, de ojos tan azules que parecían blancos, apuntaba al cuello de la niñera con una larga espada de resplandor argentino, tan alta como él y finamente labrada. - El castigo por tal atrevimiento no puede ser otro que la muerte. Que tus ojos se regalen de la belleza terrible de las hadas antes de que se cierren para siempre y pagues por tu atrevimiento.
Tras decir estas palabras el soldado elfo se disponía a atravesar con su espada a la pobre niñera, pero ésta no apartaba los ojos de aquella semioculta detrás de la multitud, sosteniendo en sus brazos a la bebé, de cabellos rojos y vestiduras extrañamente terrenales.
Entonces la niñera habló, con voz fuerte y clara, liberada del hechizo que la sobrecogía:
- Sé quién eres, Eliza Makepeace, y tú tampoco deberías estar aquí.
Las hadas, que hasta el momento habían estado hablando animadamente y conversando, ávidas de venganza quedaron mudas, sorprendidos de que un mortal hubiese podido hablar en su presencia, además de dirigirse a la favorita de la Reina. Más aún, había osado pronunciar su nombre, y no había cosa más prohibida entre las hadas. La aludida fulminaba con la mirada a la intrusa. La observó durante un rato mientras los elfos contenían la respiración, y finalmente la vieron arrodillarse a los pies de la Reina y susurrar algo en el lenguaje real a la soberana, que se limitó a hacer un leve gesto con su mano enjoyada.
La favorita de la Reina avanzó con mirada sombría hacia la intrusa y todos sin excepción se apartaron de su camino. Con sorprendente fuerza tomó a la niñera de los brazos y la arrastró fuera de la estancia, de vuelta a la hondonada, y la soltó sin miramientos en un claro cercano. La niñera creía que la iba a ejecutar allí mismo, pero la extraña hada se limitó a observarla con expresión indescifrable. No había ira en sus ojos pero tampoco compasión ni simpatía.
Finalmente la niñera no aguantó más y habló:
- ¿Eres tú de verdad, Eliza, Eliza Makepeace? ¿La Autora? ¿Qué haces aquí? ¿Cómo…cómo has llegado hasta aquí? ¿Eres un hada como ellas?
El hada seguía mirándola, muy quieta, callada y seria, la brisa meciendo sus largos cabellos desgreñados. Parecía que iba a permanecer así por siempre cuando:
- Hace mucho que nadie me llama por ese nombre. Creo. - En un minúsculo instante de vacilación demudó su apariencia ultraterrena en una mortal, pero rápida como el pensamiento el espejismo se desvaneció y se irguió de nuevo ante la niñera, alta, terrible y sobrenatural.
- Debería cortarte la lengua ya mismo por haberte atrevido a pronunciar mi nombre. El nombre de un hada es secreto y debe permanecer oculto. Jamás debe ser pronunciado y mucho menos por una mortal.
- ¡Pero tú no eres un hada! Eres Eliza Makepeace, nacida en Londres, de los Mountrachet de Cornualles, prima de …
- Basta. - dijo Eliza solamente, pero la niñera no pudo seguir hablando, al menos de aquello, de momento. Sin embargo no se iba a rendir tan fácilmente, habida cuenta de cómo estaban las cosas.
- ¿Por qué habéis secuestrado a la niña? Ya sabía yo que debía poner algo de hierro junto a su cuna, pero la señora no me dejó.
Eliza la miraba con sus ojos hermosos e insondables, tras los cuales se ocultaban innumerables secretos arcanos. La niñera sabía que pisaba terreno peligroso hablando con tal familiaridad a una feérica, pero si su corazón no la engañaba creía que podía apelar a la naturaleza de la que una vez fue humana. Empezaba a pensar que no contestaría a ninguna de sus preguntas cuando dijo:
- La Reina tuvo una hija enfermiza y débil porque cada vez hay menos bosques en el mundo y los hombres ya no creen en las hadas. Quería una niña humana fuerte para hacer el intercambio, y y así la suya se alimentará de la energía imparable de los humanos nuestro linaje se verá reforzado.
- ¿Y tú la elegiste a ella? ¿Eras su emisaria, enviada para secuestrarla y dejar a la impostora en su lugar? ¿Para qué, porque queréis una sirvienta humana, o sólo por malicia?- la niñera sentía hervir cada célula de su ser. Eliza de nuevo no se enfadó por el tono con el que se dirigían a ella. Desvió un tanto la mirada y tras pensar un poco dijo:
- Esta niña es especial.
- Claro que lo es, pero no entiendo por qué vosotras las consideráis así. No es más que una niña entre miles, millones, en el mundo.
- Es especial para mí. - dijo Eliza finalmente, volviendo a atravesarla con la mirada.
- ¿Por qué? ¿Qué tiene ella que no tenga cualquier otra? Devolvedla, seguro que la princesa será más feliz aquí que…
- Silencio.
- ¡Pero es que está mal!
- Es suficiente.
- ¡Tú deberías saber mejor que nadie lo que es que te separen de una criatura!
Eliza se quedó lívida. La niñera se arredró un tanto, creyendo que la había provocado demasiado. Pero Eliza dio media vuelta y echó a andar hacia la hondonada, con pasos apresurados pero firmes, la mirada fija en la floresta La niñera a falta de un sitio mejor al que ir la siguió.
- La tía Mary, que sirvió en la gran casa, siendo ya muy mayor le contó a su hija lo que te hicieron hacer con tu pequeña… Te obligaron a entregársela a tu prima Rose porque ella no podía concebir. - Eliza soltó un respingo al escuchar el nombre de su querida prima, que había sido casi su hermana, todo su mundo, hasta que se hicieron mayores, pero no dijo nada, siguió andando.
- Encontré su nombre en uno de los diarios de Rose, todos ellos escondidos en el hueco de una pared en una de las habitaciones. Debió de pertenecerle a ella. Ivory, ¿verdad?
Eliza ralentizó un poco el paso, perdiendo un tanto la determinación de su avance, pero se rehizo y continuó hacia el lago, cerrando los puños. El viento sopló un tanto más fuerte y se arremolinó a sus pies, azotando sus faldas.
- ¿Qué te sucedió? ¿Por qué estás aquí? Todos creían que te habías ido a recorrer mundo, poco después de lo que pasó en Ais Gill…Ivory…- la niñera no se atrevía a seguir hablando, por lo que pudiera provocar el hablarle a la criatura de su hija perdida hacía ya mucho. El viento sopló aún más fuerte, haciendo las ramas crujir.
- Ivory está ahora donde debe estar. Yo la he traído a un lugar mejor. Aquí será completamente feliz, jamás conocerá la muerte ni la desdicha, ni tampoco la vejez. Se alimentará de miel pura y del rocío de los pétalos de rosa, y será criada como la Princesa de las Hadas, con asombrosos poderes, y un día sucederá a la Reina en el trono.
La niñera se detuvo, asustada por las palabras que acababa de escuchar. Habían llegado al lago, y el viento aullaba agitando los puentes y las ramas sobre las que pendían los palacios de las hadas. Eliza y la niñera quedaron frente a frente.
- ¿Crees que esa niña es Ivory? ¡No! ¡No lo es en absoluto! Esa niña es la hija de mi señora, y yo la he criado desde que nació, primero como ama de cría y luego como niñera. ¿Sabes acaso en qué año estamos? ¡Es 1943! ¡Han pasado treinta años desde que desapareciste de Blackhurst! Y Ivory…lo lamento mucho, pero Ivory murió de escarlatina en 1913. Eso es lo que dijeron lord y lady Mountrachet, poco antes de que ella falleciera.
Los ojos de Eliza echaban chispas, y ella misma vibraba de energía contenida. Entreabrió los labios y dijo “no. no es posible. Yo la devolví…a casa. ” Pero flaqueó en su determinación, y el viento amainó un tanto pero retomó su rugido con más intensidad aún. Desvió la mirada y el terror dominó su rostro al tiempo que gritaba: “¡NO! ¡El barco!” Y un auténtico tornado las envolvió a las dos junto al lago, y las elevó sobre el lago.
Eliza miraba al infinito mientras le volvían recuerdos largo tiempo olvidados, sobre un barco que se dirigía a Nueva York, un rincón del Támesis de Londres, una chimenea, un vacío, una caída y una negrura como jamás había conocido ni volvería a conocer.
Sus últimos recuerdos como humana volvieron al tiempo que se obraba el cambio. Ambas habían mirado su reflejo cruzado en las aguas del lago, y el viento ensordecedor que las envolvía en ráfagas las anidaba en el centro en calma del tornado. Una luz surgió del interior de Eliza y atravesó a la niñera, que brilló con luz propia en el instante en el que las dos eran depositadas de nuevo en el suelo, fuera de la hondonada de las hadas, en el mundo real:
La niñera reconvertida en hada Encantada, cedida su mortalidad a la criatura feérica que ya no lo era.
Eliza Makepeace, renacida de nuevo tras 30 años muerta para los hombres y acogida entre las hadas como criatura inmortal. Viva, y humana de nuevo.
Nota de la autora del post: No poseo la autoría de los personajes con nombre propio inglés en este escrito, ni de algunos de los lugares y hechos descritos. Forman parte de la novela "El Jardín Olvidado" de Kate Morton.
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