Henos aquí, un año más, alrededor de la mesa o frente la chimenea,
rodeados de familia, amigos, regalos, adornos y mucha (mucha) comida. El año
toca a su fin y uno nuevo comienza, engalanado de luces, lazos, estrellas
rutilantes y abetos primorosos, mientras el viejo Padre Invierno decora de
escarcha las ventanas.
Y todas estas tradiciones, símbolos y atributos, ¿de dónde llegaron?
¿Cómo, y de qué manera, empezamos a celebrar en torno a un árbol, calcetines
gruesos, luces y esferas brillantes, y un gordo vestido de rojo entrando y
saliendo de escena? En estas fechas todos se afanan por henchir su corazón del
espíritu navideño y echar a volar la imaginación, y ser de nuevo, por una
noche, un niño pequeño.
Pues ello hacemos en este pequeño espacio, y más que echar a volar la
imaginación, la propulsamos con una lanzadera, a perseguir la estela de una
fugaz estrella, y damos nuestra propia versión de qué es lo que pudo haber
sucedido, hace ya tanto que nadie lo recuerda.
Esto es lo que afirman muchos
magicuánticos teóricos que sucedió hace mucho tiempo. O también pudo haber
sucedido ayer, o mañana. Otros no lo afirman, no se llegan a poner de acuerdo.
En el ámbito de las dimensiones paralelas, múltiples y plurilingües, lo único
cierto es que el espaciotiempo es relativo.
Érase una vez…que en un pliegue
del espaciotiempo, existía un pequeño agujero negro. Antes de que se nos echen
encima los físicos más aburridos, vamos a aclarar que no se trata de un agujero
negro al uso, sino de ese que existe en el ámbito de la Ciencia Ficción y en
los guiones de los directores de cine catastrofistas. Ese agujero negro que un
sinnúmero de científicos malvados y/o chalados pueden generar a voluntad,
transportarlos cómodamente y soltarlos aquí y allá para hacer desaparecer
trozos de corteza continental o viajar en el tiempo y liquidar un mosquito
prehistórico. Ese agujero negro que a su vez genera un simpático agujero de
gusano, que viene a ser un vulgar atajo en el Multiverso.
De ese Multiverso algunos de por
aquí posiblemente ya habrán oído hablar, y seguramente habrán olvidado
rápidamente tal sarta de locuras. Para refrescarles a ellos un tanto la
memoria, y para aquellos que no tienen ni la más remota idea de esto tan raro
que se cuece aquí, contamos rápidamente de qué va el tema.
Imagínense ustedes el Universo,
tal y como lo conocemos, con la idea general basta. Grande, lleno de vacío en
su mayor parte, y por aquí y por allá aderezado y espolvoreado con estrellas,
planetas, satélites, cometas, asteroides, acorazados del Imperio y diversa
basura espacial. Y ahora imagínense que a este cacho de espaciotiempo se puede
entrar a través de un desvío desde una cosa muy simplona, una autopista
interdimensional.
Si no se ha perdido, síganme a
través de una vorágine de estrellas comprimidas en un puntito con forma de
peaje, y entremos en un vertiginoso e infinito devenir de transparentes
carriles cruzados, liados y entremezclados, a lo largo de los cuales viaja
materia más o menos inteligente pero que domina los viajes a través de
dimensiones. En la Autopista Interdimensional, a velocidades de aproximadamente
4c (hay que respetar las normas de circulación vial) uno salta de un universo a
otro y de una dimensión a otra, a través de este trozo de realidad que no
respeta para nada las leyes de la física más convencional. La Autopista
Interdimensional no es lineal ni tiene ninguna intención de llegar a serlo, y
visto desde un sistema de referencia de tres dimensiones corrientes y molientes
la ves de frente, a continuación, está de lado, y al mismo tiempo se dilata y
desaparece, y lo mismo sucede con las distintas dimensiones paralelas que
arrastra consigo. Algunas de ellas en un momento dado se encuentran
infinitamente separadas, y seguidamente se tocan en varios puntos. Alguno de
esos puntos tiene sentido del humor.
Y
volvemos al agujero negro del principio. Si es que ya decía que todo está
conectado.
Este
orificio tenía la peculiaridad de conectar dos dimensiones o realidades muy
dispares y a la vez no tanto: la dimensión de la Imaginación, y la nuestra
propia. La dimensión de la Imaginación, con mayúscula, es el lugar fabuloso en
el que acontecen todas las historias que empiezan por “Érase una vez”, “En un lugar
de la Mancha…”, “Llamadme Ismael”, “Todos los niños crecen, excepto uno”, o, “En
un agujero en el suelo vivía un hobbit”. Historias asombrosas lo
suficientemente poderosas como para encontrar uno de estos puntos que conectan
nuestra dimensión con la suya y, mediante mentes agudas, logran transformarse
en relatos inmortales. A veces una historia o su personaje resultan olvidados
con el devenir de los tiempos y la aparición de nuevas tecnologías, y se
retiran a su dimensión de origen a esperar, ansiosas, que las recuerden.
Pues
sucedió una vez (o varias veces, o ninguna, todo depende de la perspectiva),
que uno de estos desagües interdimensionales estaba situado justo en medio de
la dimensión de la Imaginación, el reino de la Fantasía, y prácticamente sobre
él crecía un abeto. El agujero ocupa su propio marco de realidad, y va y viene
a su antojo, y por algunos vegetales pueden echar raíces en su vulgar espacio
de tres dimensiones y no colarse dentro. De momento.
Este
abeto era como todos los demás, conocidos a lo largo y ancho de todas las
dimensiones conocidas, (salvo aquellas en las que son morados con tentáculos):
verde. Un abeto verde corriente y moliente que daba cobijo al par de personajes-contrapunto
graciosillo de esta historia; lirón Kepler y esposa, Analisa, anteriormente conocida
como Princesa Ana Elizabeth Pascuala de Todos los Santos y Colores, del Reino
de Allá (situado en un valle meridional de la tierra de la Imaginación, un poco
más allá de donde nos encontramos ahora). Sucedió que estos dos curiosos
roedores, que por circunstancias extrañas y absurdas (1) aunaban forma de
lirón, y mente, costumbres y modales evolucionados y refinados (la mayor parte
del tiempo) (2), acababan de instalarse en el abeto verde corriente y moliente
como primera residencia de pareja, y se encontraban adecentándolo. Mejor dicho,
Kepler obedecía órdenes mientras Analisa dirigía sentada en un cálido rincón excavado
en la corteza, mientras tejía gruesos sacos de dormir para ambos, dado que
estaba empezando a enfriar en aquella parte del Multiverso.
-
¿Dónde decías que iba la lámpara, querida? ¿Así
está bien?
-
Un poco más arriba querido, ya lo sabes, para
que ilumine toda la casa.
(refunfuños,
gruñidos y resoplidos, mientras vemos como un pequeño farol parece que se
desplaza sólo trepando por las muy largas ramas del abeto).
-
¡Uff, qué cansado estoy! – Resopló Kepler, muy
cerca de la copa del árbol. Lo enganchó en la misma punta con mucho esfuerzo y
se sentó a descansar, observando el abeto desde arriba, con satisfacción. Un
jirón de humo sobresalía de la parte central del abeto, donde Analisa vigilaba
las castañas asadas. Le llegaba hasta la copa del árbol el aroma inconfundible
del hogar caliente y del té de hierbas recién hecho, que siempre lo hacían
sentir amodorrado y muy satisfecho. Ya tenían casi instalada la luz, habían
acumulado en un agujero en la corteza limpio y seco castañas para todo el
invierno, los jergones de pinocha trenzada con los accesorios de lana tejida de
Analisa les esperaban mullidos y habían conseguido un fuego mágico, perenne,
inofensivo y portátil, de un viejo amigo de Kepler a un precio inmejorable (3).
Finalmente habían logrado, después de largo tiempo, tener un hogar calentito y
confortable, justo a tiempo para el crudo invierno, que fuera de los límites
cálidos del abeto, era tórrido y húmedo. Kepler aprovechó para sacar un trozo
de papel de no se sabía dónde y leerlo por lo bajo.
-
¿No estarás probando esos experimentos de nuevo
verdad? – Le llegó la voz de Analisa desde abajo.
-
No son experimentos querida – protestó Kepler-
¡es agricultura mágica inteligente infalible!
-
Te he dicho muchas veces – repuso Analisa, con
peligrosa suavidad en la voz – que usar los conjuros inventados de esa bruja
demente amiga tuya para hacer crecer frutas y verduras a voluntad no es una
buena idea.
-
¡Pero es que me ha asegurado que es súper
eficaz! ¡Y con él podemos hacer crecer lo que queramos en el abeto: manzanas,
melocotones, cerezas, pimientos, patatas…
-
Y yo te he asegurado que es imposible hacer
crecer todo eso en un abeto. Y por dios, ¡las patatas crecen en el suelo!
-
Un árbol es un árbol, y Cat la bruja me ha
asegurado que un sustrato vegetal y la voluntad adecuada, si nos impregnamos
adecuadamente de la esencia patatera y pimientera, podremos lograr…
-
¡Pamplinas! ¡Nada más que pamplinas! Instala de
una vez el farol y baja aquí a vigilar el fuego.
-
Pero…
-
¡No me hagas subir ahí!
-
Pero si sólo…
-
¡He dicho que bajes! Y haz el favor de bajar
algunas ramas para echar al fuego.
-
Vooooy…
Sin
embargo, papel en mano, con un ojo puesto en las irregulares letras
garabateadas, y el otro vigilante, no fuera Analisa a descubrirlo, Kepler
levantó una pata y declamó a las frías estrellas:
-
¡Vegetabilis crecetantum! ¡Manzanae engordae!
¡Brassica hortus magnificatum!
Y
Kepler esperó al resultado de tan poderosos hechizos. Y esperó, y esperó…Y no
sucedió nada. Esperó un poco más. Pero siguió sin suceder nada. A medias
aliviado y mosqueado porque sus intentos no hubiesen dado ningún fruto (de
ningún tipo, le habría valido hasta la brassica, digo, las berzas) cortó
algunas ramas para alimentar el fuego, y emprendió el descenso hacia la
vivienda principal en el centro del abeto, farfullando incoherencias contra las
brujas chaladas y la inutilidad de la magicuántica experimental.
A
medida que se iba acercando, empezó a escuchar un ligero zumbido, que fue
creciendo de intensidad. Y finalmente ¡plop! Brotó una manzana enorme, casi tan
grande como él, roja y brillante, justo a su lado. Kepler casi deja caer las
ramas del susto, pero contempló maravillado aquel milagro. ¡Con aquello podrían
comer varios días! Y pensó que seguramente podría librarse de la bronca.
Gran
error.
Apenas
había terminado de felicitarse a sí mismo por sus dotes de minimago, y el
zumbido volvió a escucharse, esta vez con una intensidad atronadora, y tres
manzanas más brotaron en torno a él. Tratando de no ponerse nervioso, alcanzó
al fin la entrada del pequeño hueco en el abeto donde Analisa terminaba de
preparar la cena sobre el fuego mágico y entró, hecho un manojo de nervios.
-
Analisa…querida…
La
lirón se giró, con los brazos en jarras, oliendo el desastre.
-
¿Qué has hecho?
-
¿Sabes qué? ¡Sí se puede hacer crecer manzanas
en un abeto!
Mientras
la carita peluda de Analisa se volvía lívida, un temblor sacudió el abeto, y si
nos retiramos un tanto de la escena para ver el árbol por completo, vemos que
ahora mismo se acaba de llenar de manzanas, de arriba a abajo. Grandes, rojas,
brillantes. Zoom a la vivienda lirón, donde una manzana gigantesca, del mismo
color que la cara de Analisa, acaba de brotar encima del fuego mágico. Se
calienta y la vemos hincharse e hincharse, hasta ocupar casi todo el espacio,
los lirones se abrazan y se cubren las cabezas…
Y
¡patapum! La manzana y el fuego mágico explotan, y salen despedidos del
agujero-vivienda montones y montones de trozos de manzana ardiendo, salen
desperdigados hacia todas las ramas del abeto, y se enganchan en todas ellas, y
ahí se quedan, ardiendo en la noche, sin prender al resto del árbol.
Zoom
al agujero-vivienda. Los lirones se encuentran cubiertos de papilla de manzana,
y huele a cuerno quemado. El fuego mágico arde débilmente en su rincón, después
de haberse repartido por todo el abeto. Analisa empieza a vibrar como momentos
antes lo hizo el árbol y Kepler comprende que su vida peligra.
-
¡TE HABÍA DICHO QUE NO PRONUNCIARAS ESE CONJURO!
-
A..Analisa…Cariño…
-
¡TE DAS CUENTA DE LO QUE HAS HECHO! ¡HAS
DESTRUÍDO NUESTRA CASA!
-
N…no…no está tan mal…Lo limpiaré…
-
¡Y HAS ROTO EL FUEGO!
-
Seguro que está descansando…
-
¡YO SÍ QUE TE VOY A PONER A DESCANSAR! ¡YA VERÁS
CUANDO TE COJA!
De
nuevo, volvemos a una vista general del árbol, donde relucen las bonitas
manzanas y los pedazos candentes en los extremos de las ramas, y un par de
roedores se persiguen el uno al otro. El primero corre como si lo persiguiese
un dragón o algo peor, que viene a ser otro lirón, más pequeño, cubierto de
pegajosa manzana machacada, tronco humeante en ristre y con lo que parece una
hebra de lana pegada a la pata. Los dos lirones se persiguen saltando de rama
en rama, recorriendo el árbol de arriba abajo, y la hebra de lana va quedando
adherida alrededor del tronco y las ramas, formando espirales.
Cuando
los dos roedores llegan a lo alto de la copa del árbol, donde sigue el farol enganchado,
una nueva perturbación recorre el abeto entero. Se miran aterrados y saltan a
la vez al suelo.
Desde
allí contemplan cómo el árbol vibra un rato, y luego un leve resplandor lo
ilumina desde abajo…Y no sucede nada más. Al cabo de unos minutos, cuando queda
claro que no va a suceder nada más, Kepler y Analisa se dan cuenta de que
estaban abrazados, se miran, y sonríen aliviados.
-
Te has librado de una buena, agradece que siga
en pie. Y realmente vamos a tener mucha comida…y está más bonito así. Anda, ve
a buscar la fregona, y luego a cenar manzana asada.
Y
ambos suben juntos a su abeto.
-
Tengo que decirle a Cat que sus conjuros tienen
un efecto retardado y tremendo…
Y
la historia podría haber terminado ahí, una anécdota simpática más sobre
animales parlantes, pero si mientras los dos lirones se echan a dormir en sus
pegajosos calcetines, nosotros seguimos con la mirada tronco abajo, y entramos
(virtualmente hablando) por el agujero en el que se pierden sus raíces, veremos
cómo caemos a través de un tobogán luminoso a una velocidad vertiginosa y
saldremos ¡plop! En otro lugar, en otro tiempo, en otra dimensión.
Sección
HO-HO-HO 3650 del Multiverso, Planeta Tierra, Centro Europa
Año
1605, Solsticio de Invierno. Una entidad vestida de blanco, dorado y rojo, con
un sombrero de obispo, avanza sobre la nieve con cierta dificultad por un
bosque de abetos. Mientras lo miramos a veces parece que predomine sobre su
vestimenta el rojo y el blanco, otras el dorado, parece que lleva un cinturón,
unas recias botas y el gran abrigo a ratos le llega hasta los pies, con
rebordes blancos, y el sombrero en ocasiones parece que sea de lana y que lleva
una borla en la punta. Su larga barba blanca roza el cinturón, y porta un gran
saco a la espalda. Esta entidad lleva siendo convocada por la gente del planeta
Tierra más o menos regularmente por estas fechas desde tiempos muy antiguos y
se ha vuelto muy poderosa, y ya se sabe de sobra el camino desde la dimensión
de la Imaginación hasta el pequeño planeta azul lleno hasta los topes de la
gente que lo reclama y le da mucho trabajo. A lo largo de los siglos la
concepción de él ha cambiado un tanto y por eso cuando lo miramos no sabe muy
bien si esperamos verlo vestido de obispo, dividido en tres y con coronas,
cargado de oro, incienso y mirra, o con los colores de la Coca-Cola.
En
esto llega que la entidad se topa con la réplica del abeto de los lirones y se
queda mirándolo, muy asombrado. El viaje ha sido instantáneo, pero como en los
pliegues del espaciotiempo a la fuerza ha de hacer frío, esto ha tenido sus
efectos en el árbol.
Las
manzanas, al verse obligadas a pasar por un túnel de altas (altísimas)
presiones han adoptado una forma cuasi esférica, muy pulida y muy brillante. La
humedad del árbol se ha tornado en escarcha y las hebras de lana brillan con
los cristales de hielo. Los trozos de manzana ardientes de fuego mágico parecen
velitas prendidas en los extremos de las ramas. Y al farol, en la copa del
árbol, no sabemos qué le ha pasado, el caso es que brilla mucho, como una
estrella enganchada en la punta más alta del abeto.
El
hombre barbudo queda prendado del árbol, le encanta, no sabe lo que es, pero sí
que significa algo. Así que, ni corto ni perezoso lo coge para colgárselo a la
espalda y llevárselo, con raíces y todo, para asentarlo firmemente allí a dónde
va. Y ya iba a marcharse, cuando ve en el suelo un tronquito humeante del que
brota una pequeña manzana dorada, ramitas de acebo y que ha quedado
espolvoreado en nieve, y unos calcetines de lana que podrían ser diminutos
sacos de dormir. Se guarda todo esto en el saco con una misteriosa sonrisa en
los labios.
Y
finalmente, ambos parten, el hombre barbudo que lleva un saco y el árbol
brillante hacia las iluminadas ciudades y pueblos, como una unidad eternamente
indivisible. La imaginación de las personas ya hará el resto.
Y
conforme se van alejando, nos parece escuchar a través del agujero que lleva a
tierras no tan lejanas:
-
¿¡Por qué hay una berza en el cabecero de mi
cama!?
Y este fue, sin ninguna duda, el origen de todos
los símbolos de estas fiestas tan entrañables. O no, igual es sólo un relato
más o menos entretenido. También pudo suceder que los antiguos rituales paganos
de Saturnalia y el encanto del Solsticio de Invierno evolucionasen junto con
una o varias figuras admiradas a través de los tiempos y llevadas a ultramar
por viajeros que necesitaban de sus cuentos y sus leyendas para afrontar todo
lo que se les presentase.
De una forma u otra han llegado hasta
nuestros días como recordatorios de que lo cotidiano también puede ser
extraordinario, y de la magia que conlleva perpetuar los rituales que llevaron
a cabo aquellos que existieron antes de nosotros, y de recordarlos en una época
en la que soñamos y deseamos con la fe fervorosa de un niño, cuando las
esperanzas y promesas parecen mucho más cerca de cumplirse.
FELICES FIESTAS PARA TODOS, a lo largo y ancho del Multiverso.
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