En el fondo de un bosque a las
faldas de los Pirineos hay una cabaña de madera escondida del mundo. En ella vive
una misteriosa joven, menuda, de pelo rubio oscuro y cálidos ojos marrones y
tristes. Tiene veinte años y ha pasado media vida sola. Por toda compañía tiene un
gato negro de ojos verdes que consiente en dejarse caer por la cabaña
después de sus múltiples correrías. La casita está aislada pero no muy lejos
hay una pequeña aldea. La joven comenzó hace algún tiempo a ejercer el
oficio de su madre en dicha aldea, aunque siempre en su cabaña. Rara vez pisa
el poblado, salvo cuando necesita urgentemente intercambiar víveres. A ella
acuden con todo tipo de dolencias, del cuerpo, de la mente y del alma y ella
aplica los remedios como tan sabiamente la enseñaron.
Comenzó cuando creyó que la memoria de la tragedia había quedado bien atrás, aunque en ella permanece como si los hechos hubiesen acontecido el día anterior. Sus primeros recuerdos estaban dedicados a otros ojos marrones idénticos a los suyos, los de su madre, Aalis, que había sido su faro y su alegría durante su primera infancia. A lo largo de aquellos años ella y su madre vivieron felices en la cabaña. Sólo se tenían la una a la otra, pero con eso bastaba. Su madre la enseñaba a cultivar el pequeño huerto que poseían y la llevaba a dar largos paseos por el bosque, para que lo conociese como la palma de su mano, y aprendiese a amar y respetar toda forma de vida bajo el manto protector de la Madre Naturaleza. En esos recorridos recolectaban como en un ritual hierbas, flores, frutos y hongos, y la enseñaba a identificarlos y a usarlos en los múltiples remedios que empleaba en su oficio. Parte de la rutina consistía en ver a su madre apuntar al final del día a la luz de un candil lo que habían hecho aquella jornada, las dolencias que había curado y con las que no había podido, y adhería esta o aquella flor, hoja o tallo de sus remedios en un gran libro que olía a bosque y tenía las tapas marrón rojizo, de un cuero muy suave. Con el libro también le enseñaba las letras cuando tenían tiempo al final de cada agotadora jornada, pero no le permitía curiosearlo. "Cuando estés preparada", decía. Ella obedecía, pues no había nada que no hiciese por su madre, pero deseaba que llegase el día en el que por fin pudiese mirar el libro a su antojo. Y ese día llegó demasiado pronto, personificándose la tragedia en un hombre de vestiduras oscuras y cabeza tonsurada, montando un buen caballo, no uno de tiro ni mucho menos, y que traía palabras venenosas y nuevas para aquellos aislados parajes. Las más pronunciadas eran “herejes” y “brujas”.
Aquella oscuridad acabó encontrando a su madre. Esa aura misteriosa que envolvía a su progenitora y que la joven sólo intuía, ese hombre la transfiguró en algo malo, con sucias mentiras que despertaron sospechas e intrigas entre los vecinos del pueblo, a los que sólo había procurado el bien. Esas sospechas hallaron terreno fértil en la gente resentida con sus propias circunstancias y en aquellos a los que sus remedios no habían podido ser curados, y tomaron forma en rabia y ansias de venganza, haciendo crecer imparable el retorcido árbol de la crueldad. Finalmente acudió una turba a la cabaña para acabar con la bruja de los bosques, absolutamente convencidos ya de que ella era la causante de las sequías, las plagas y que envenenaba terneros, cosechas y niños por pura maldad. Una aliada de Satán a la que era necesario exterminar. Aalis supo en ese momento que sólo había una manera de poner a salvo a su hija, aunque eso significase separarse para siempre y entregarse, pues si huían las perseguirían y les darían caza a ambas. La primera vez que la joven desobedeció a su madre fue el no quedarse en el interior del árbol hueco en el fondo del bosque en el que su madre le había ordenado esconderse, y la siguió de vuelta a su cabaña. Antes de alcanzarla le llegaron los gritos de Aalis desde la pira que habían formado delante de su cabaña, que también estaba en llamas. Ella no pudo ni gritar del horror, sólo derramar lágrimas silenciosas mientras la vida de su madre se apagaba entre cenizas. Tenía 10 años.
Cuando todo hubo acabado, la turba volvió a la aldea, sin tener aparentemente idea de que la bruja tuviese una hija. Hasta entonces ésta no había visitado el pueblo, pues su madre siempre había temido que sucediese algo así. Y cuanto menos supiesen de su hija mucho mejor. Ella quedó frente a su cabaña destrozada y sólo el espíritu tenaz de Aaalis pudo convencerla de seguir adelante, aunque en su interior se había abierto una negrura que amenazaba con tragarla, y hacerla desear morir también. Removiendo entre los objetos calcinados tratando de rescatar algo de sus ya de por sí escasas posesiones encontró enterrado bajo el suelo de la vivienda el libro de su madre, que milagrosamente no había sufrido daños. Lloró por el precio que había tenido que pagar por poder tenerlo para ella. Juró vengarse de ese hombre malvado, que para ella podía ser el Diablo en persona, lo mismo daba, y de todo aquél que hiciese un estandarte para su vida de las palabras “hereje” y “en el nombre de Dios”. Tramaba planes de venganza mientras abrazaba fuertemente el libro contra su pecho, sentada en el rincón más escondido de la cabaña, derramando candentes lágrimas de impotencia. Pero entonces se acordaba que no tenía nada para cenar y debía buscar comida urgentemente. Y aquellos deseos incendiarios se diluyeron poco a poco en la dura tarea de reconstruirse una nueva cabaña, plantar un pequeño huerto, tejer ropa para el invierno, colocar trampas para conseguir algo de carne. Se fue bien lejos de aquella maldita aldea, en donde parecían haber olvidado del todo el pequeño incidente de haber destrozado dos vidas.
Comenzó cuando creyó que la memoria de la tragedia había quedado bien atrás, aunque en ella permanece como si los hechos hubiesen acontecido el día anterior. Sus primeros recuerdos estaban dedicados a otros ojos marrones idénticos a los suyos, los de su madre, Aalis, que había sido su faro y su alegría durante su primera infancia. A lo largo de aquellos años ella y su madre vivieron felices en la cabaña. Sólo se tenían la una a la otra, pero con eso bastaba. Su madre la enseñaba a cultivar el pequeño huerto que poseían y la llevaba a dar largos paseos por el bosque, para que lo conociese como la palma de su mano, y aprendiese a amar y respetar toda forma de vida bajo el manto protector de la Madre Naturaleza. En esos recorridos recolectaban como en un ritual hierbas, flores, frutos y hongos, y la enseñaba a identificarlos y a usarlos en los múltiples remedios que empleaba en su oficio. Parte de la rutina consistía en ver a su madre apuntar al final del día a la luz de un candil lo que habían hecho aquella jornada, las dolencias que había curado y con las que no había podido, y adhería esta o aquella flor, hoja o tallo de sus remedios en un gran libro que olía a bosque y tenía las tapas marrón rojizo, de un cuero muy suave. Con el libro también le enseñaba las letras cuando tenían tiempo al final de cada agotadora jornada, pero no le permitía curiosearlo. "Cuando estés preparada", decía. Ella obedecía, pues no había nada que no hiciese por su madre, pero deseaba que llegase el día en el que por fin pudiese mirar el libro a su antojo. Y ese día llegó demasiado pronto, personificándose la tragedia en un hombre de vestiduras oscuras y cabeza tonsurada, montando un buen caballo, no uno de tiro ni mucho menos, y que traía palabras venenosas y nuevas para aquellos aislados parajes. Las más pronunciadas eran “herejes” y “brujas”.
Aquella oscuridad acabó encontrando a su madre. Esa aura misteriosa que envolvía a su progenitora y que la joven sólo intuía, ese hombre la transfiguró en algo malo, con sucias mentiras que despertaron sospechas e intrigas entre los vecinos del pueblo, a los que sólo había procurado el bien. Esas sospechas hallaron terreno fértil en la gente resentida con sus propias circunstancias y en aquellos a los que sus remedios no habían podido ser curados, y tomaron forma en rabia y ansias de venganza, haciendo crecer imparable el retorcido árbol de la crueldad. Finalmente acudió una turba a la cabaña para acabar con la bruja de los bosques, absolutamente convencidos ya de que ella era la causante de las sequías, las plagas y que envenenaba terneros, cosechas y niños por pura maldad. Una aliada de Satán a la que era necesario exterminar. Aalis supo en ese momento que sólo había una manera de poner a salvo a su hija, aunque eso significase separarse para siempre y entregarse, pues si huían las perseguirían y les darían caza a ambas. La primera vez que la joven desobedeció a su madre fue el no quedarse en el interior del árbol hueco en el fondo del bosque en el que su madre le había ordenado esconderse, y la siguió de vuelta a su cabaña. Antes de alcanzarla le llegaron los gritos de Aalis desde la pira que habían formado delante de su cabaña, que también estaba en llamas. Ella no pudo ni gritar del horror, sólo derramar lágrimas silenciosas mientras la vida de su madre se apagaba entre cenizas. Tenía 10 años.
Cuando todo hubo acabado, la turba volvió a la aldea, sin tener aparentemente idea de que la bruja tuviese una hija. Hasta entonces ésta no había visitado el pueblo, pues su madre siempre había temido que sucediese algo así. Y cuanto menos supiesen de su hija mucho mejor. Ella quedó frente a su cabaña destrozada y sólo el espíritu tenaz de Aaalis pudo convencerla de seguir adelante, aunque en su interior se había abierto una negrura que amenazaba con tragarla, y hacerla desear morir también. Removiendo entre los objetos calcinados tratando de rescatar algo de sus ya de por sí escasas posesiones encontró enterrado bajo el suelo de la vivienda el libro de su madre, que milagrosamente no había sufrido daños. Lloró por el precio que había tenido que pagar por poder tenerlo para ella. Juró vengarse de ese hombre malvado, que para ella podía ser el Diablo en persona, lo mismo daba, y de todo aquél que hiciese un estandarte para su vida de las palabras “hereje” y “en el nombre de Dios”. Tramaba planes de venganza mientras abrazaba fuertemente el libro contra su pecho, sentada en el rincón más escondido de la cabaña, derramando candentes lágrimas de impotencia. Pero entonces se acordaba que no tenía nada para cenar y debía buscar comida urgentemente. Y aquellos deseos incendiarios se diluyeron poco a poco en la dura tarea de reconstruirse una nueva cabaña, plantar un pequeño huerto, tejer ropa para el invierno, colocar trampas para conseguir algo de carne. Se fue bien lejos de aquella maldita aldea, en donde parecían haber olvidado del todo el pequeño incidente de haber destrozado dos vidas.
Había conseguido
descifrar los escritos de su madre y algunos otros de letra desconocida, y gracias a ellos siguió aprendiendo de la sabiduría plasmada en páginas por las mujeres sabias que poseyeran el libro antes que ella. Intuía que esas mujeres, representadas en aquellos trazos y grafías tan personales, pertenecían a su familia. En aquél libro había también otro tipo de escritos, más allá de la descripción de hierbas curativas y recetas de cocina. Leyó con gran interés y con creciente fluidez en su habilidad lectora, entradas con diversas plegarias y conjuros, descritos al detalle por la mano que empuñase la pluma en aquél momento, con todos los ingredientes necesarios y el ritual seguido por su persona paso a paso. Tras encontrar aquello quedó un tanto desconcertada y sintió algo de miedo, con millones de preguntas bullendo en su interior, pero no apartó de sí el libro, sino que continuó leyéndolo. Gracias a aquella lectura se sentía menos sola, como si la suave voz de su madre siguiese con ella,si no en sus oídos, al menos calentándole el corazón roto.
Pero hubo un momento en que no pudo más. Se sentía enferma de tristeza y añoranza, y ni sus propios remedios, ni largos paseos disfrutando de la belleza del bosque la podían consolar, y desesperada decidió lanzar un conjuro sobre sí misma. Buscó la página de un hechizo que había leído algunas semanas antes, localizado al principio del libro. Uno muy complicado escrito en una versión antigua de su idioma, que apenas podía entender, pero estaba bastante segura de que tenía que ver con la alegría, aquella que la había abandonado por completo.
Con manos temblorosas preparó todas las hierbas que describía la ajada página, flores, aceites y ungüentos; velas blancas y botellas de cristal verde, y sin saber muy bien todavía qué estaba haciendo despegó los labios por primera vez en bastante tiempo y recitó en voz baja pero firme el hechizo.
Entonces un destello de luz iluminó la pequeña cabaña. El gato se escondió tras la mecedora y la observaba con calculadores ojos verdes fijos en ella. Cuando la luz se extinguió y sólo quedó la luz de las velas no pudo salir del asombro por lo que sucedía ante sus ojos.
Había aparecido un objeto nuevo sobre su mesa de trabajo. Era una jaula de oro, una exquisitez de volutas labradas. Pero no se encontraba vacía, en su interior moraba el más bello pájaro que la más despierta imaginación pudiese conjurar. No comprendía qué había sucedido, pero de algún modo intuía que debía proteger aquél pájaro de todo mal, hasta el punto de poner su vida al servicio de aquello. Confundida, consultó de nuevo el libro, el cual, para su mayúscula sorpresa, había cambiado por completo. Ya no era grande y pesado de tapas marrón rojizas, sino que había reducido su tamaño, aunque no faltaba ninguna página, y había transmutado sus tapas a unas azul oscuro con un dibujo de estrellas y una luna plateadas. No sabía cómo, pero parecía que el libro la había reconocido como una nueva dueña y cambiado para ella.
Porque había despertado sus poderes innatos con aquél primer conjuro, aquél que de repente podía entender a la perfección en su nuevo libro: había conjurado efectivamente la alegría, junto con todo lo bueno y bello del mundo, representados en un pájaro mágico. Curiosamente, la negrura de su interior se disipaba casi por completo cuando miraba al pájaro, que relucía con luz propia. Miró el libro y miró al ave alternativamente. Y al gato, en cuyos ojos relucía una mirada de reconocimiento. Y se dio cuenta de que se había convertido efectivamente en una bruja, una de verdad, y tenía una misión que daría sentido a su vida...
...y decidió que podía ser tan valiente como Aalis y honrar la memoria de su madre siendo tan buena como ella. O al menos lo intentaría, era su Oficio también, con la ayuda de sus ancestros y de su madre, que siempre estaría con ella. Jamás la olvidaría.
Sin embargo, lo que sí había olvidado era su propio nombre, de no haberlo pronunciado en diez años y de ocultarlo en lo más profundo de su memoria, donde habitaban aún horas oscuras.
Pero hubo un momento en que no pudo más. Se sentía enferma de tristeza y añoranza, y ni sus propios remedios, ni largos paseos disfrutando de la belleza del bosque la podían consolar, y desesperada decidió lanzar un conjuro sobre sí misma. Buscó la página de un hechizo que había leído algunas semanas antes, localizado al principio del libro. Uno muy complicado escrito en una versión antigua de su idioma, que apenas podía entender, pero estaba bastante segura de que tenía que ver con la alegría, aquella que la había abandonado por completo.
Con manos temblorosas preparó todas las hierbas que describía la ajada página, flores, aceites y ungüentos; velas blancas y botellas de cristal verde, y sin saber muy bien todavía qué estaba haciendo despegó los labios por primera vez en bastante tiempo y recitó en voz baja pero firme el hechizo.
Entonces un destello de luz iluminó la pequeña cabaña. El gato se escondió tras la mecedora y la observaba con calculadores ojos verdes fijos en ella. Cuando la luz se extinguió y sólo quedó la luz de las velas no pudo salir del asombro por lo que sucedía ante sus ojos.
Había aparecido un objeto nuevo sobre su mesa de trabajo. Era una jaula de oro, una exquisitez de volutas labradas. Pero no se encontraba vacía, en su interior moraba el más bello pájaro que la más despierta imaginación pudiese conjurar. No comprendía qué había sucedido, pero de algún modo intuía que debía proteger aquél pájaro de todo mal, hasta el punto de poner su vida al servicio de aquello. Confundida, consultó de nuevo el libro, el cual, para su mayúscula sorpresa, había cambiado por completo. Ya no era grande y pesado de tapas marrón rojizas, sino que había reducido su tamaño, aunque no faltaba ninguna página, y había transmutado sus tapas a unas azul oscuro con un dibujo de estrellas y una luna plateadas. No sabía cómo, pero parecía que el libro la había reconocido como una nueva dueña y cambiado para ella.
Porque había despertado sus poderes innatos con aquél primer conjuro, aquél que de repente podía entender a la perfección en su nuevo libro: había conjurado efectivamente la alegría, junto con todo lo bueno y bello del mundo, representados en un pájaro mágico. Curiosamente, la negrura de su interior se disipaba casi por completo cuando miraba al pájaro, que relucía con luz propia. Miró el libro y miró al ave alternativamente. Y al gato, en cuyos ojos relucía una mirada de reconocimiento. Y se dio cuenta de que se había convertido efectivamente en una bruja, una de verdad, y tenía una misión que daría sentido a su vida...
...y decidió que podía ser tan valiente como Aalis y honrar la memoria de su madre siendo tan buena como ella. O al menos lo intentaría, era su Oficio también, con la ayuda de sus ancestros y de su madre, que siempre estaría con ella. Jamás la olvidaría.
Sin embargo, lo que sí había olvidado era su propio nombre, de no haberlo pronunciado en diez años y de ocultarlo en lo más profundo de su memoria, donde habitaban aún horas oscuras.
No hay comentarios:
Publicar un comentario