Llamando a la Tierra

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jueves, 9 de julio de 2015

Brujerías en una Noche de San Juan (parte 5)

Bien, recapitulemos:
Yo, el Hada Encantada Andrómeda, natural del siglo XIX, intercambié mis poderes por accidente en una Noche de San Juan con una bruja trotatiempos, y fui desterrada para siempre del que ha sido mi hogar durante 200 años, la ciudad de las hadas Amatista. Por si fuera poco, actualmente me encuentro con el tamaño más o menos de un ratón y sentada en la cuca mesita de un establecimiento en dicha ciudad de las hadas, el de ensamblaje de varitas. Sola. Porque la persona que AHORA tiene MIS poderes de hada, una bruja atolondrada y a todas luces chiflada, nueva Hada Hacedora de Varitas Mágicas, se ha ido a gritarle no sé qué incoherencias a las dirigentes del núcleo feérico más importante y con menos sentido del humor del mundo.

Esto es realmente muy inconveniente.

Antes de dejarme llevar por la desesperación, cosa que estaba muy tentada de hacer, recordé que yo misma me había reducido de tamaño, por lo que podía, en teoría, invertir el encantamiento y salir a buscar a aquella inconsciente antes de que lograse que nos convirtieran a las dos en polillas. Supuse que era mejor idea volver a mi tamaño normal y salir corriendo que romperme el cuello bajando de la mesita y salir corriendo. Y por supuesto tardar unos mil años en encontrarla.

La primera fase del plan la completé con éxito, después de encogerme sobre mí misma en el rincón en el que me habían depositado, cerrar los ojos y rogar a todos los dioses y diosas que se me ocurrieron que funcionara el hechizo. Cuando noté que la mesita se combaba bajo el peso de una persona de 1,65m sentada en el borde, procedí a procurarme un disfraz, dado que era mejor no tentar a la suerte y dejar que un montón de hadas impredecibles advirtiesen la presencia de una desterrada.
La anterior Hada Hacedora, una servidora, compartía la política general de las túnicas blancas, sencillas y vaporosas, las sandalias trenzadas y las flores en el pelo… De cara a la galería. En realidad, conservaba el gusto por la moda de mi vida anterior, y a lo largo de mi larga existencia en aquella maravillosa metrópoli me entregaba felizmente a un pequeño secreto. Había ido haciendo acopio de vestidos, zapatos, alas, coronas y accesorios y escondiéndolos en el almacén de la tienda, para probármelos y suspirar delante del gran espejo de cuerpo entero, admirar las centelleantes tiaras, los satenes, los tules, constelaciones de lentejuelas bordadas en sedas, telas de brillantes colores imposibles cayendo en suaves ondas hasta los pies envueltos en zapatos de cristal… Una afición como cualquier otra, reciclada de tiempos más terrenales.

Y en aquel momento la agradecía con toda mi alma.

Una vez ataviada de Gran Hada Madrina Súper Estilosa salí a todo correr a la calle en busca del hada-bruja díscola. No tenía ni idea de qué camino podía haber tomado… Bueno, en realidad, si empezaba a conocer a Cat como creía hacerlo, podía estar razonablemente segura de que había tomado la determinación más absurda, peligrosa y descabellada posible.

Se había dirigido al Castillo.
Y sólo la Diosa sabía qué podía desencadenar aquello.
Con el corazón en un puño me lancé a las calles de Ciudad Amatista. Cruzaba zumbando callejuelas, callejones, arcadas y puentes. Zumbaban mis Alas Transparentes cual último modelo de Abejorro Confundido, dados mis prisas y mi nerviosismo. Eran puro attrezzo, claro, con aquello no podría haberme levantado ni un palmo del suelo, pero los humanos esperan ciertas cosas y las hadas madrinas suelen ser muy vanidosas. Sin embargo lo que es aletear, aletean, como las meigas. (Algo así era. Los pensamientos brujeriles acechaban por mi conciencia). Cuando me cruzaba con alguien miraba al suelo o para otro lado, no fuera cosa que vieran en el fondo de mis ojos las hechicerías, ungüentos y pócimas, conjuraciones y pactos con criaturas del inframundo.

Por fin, vislumbré a la interfecta junto a una esquina, frente al Castillo del Hada Suprema. O como se llamase. Con horror constaté que empezaba a olvidar cosas básicas de mi vida como Encantada. Me lancé con toda mi desesperación y purpurina centelleante sobre la bruja y la arrastré entre protestas a mi lado del callejón.

-          ¡Eeeh, ¿te has vuelto majara? ¡Suéltame! ¿Qué haces aquí? ¿Por qué eres grande de nuevo? Pues ya que estás me ayudarás a convencerlas de que vuelvan a intercambiarnos de nuevo. Y no admitiré un “no” por respuesta, que te veo venir. - ¿He mencionado que hablaba mucho? Pero mucho, mucho.
-          Estás…completamente…locaaaarf…- dije, tratando de recuperar el aliento después de la carrera y el forcejeo. Los achaques de mi recientemente recuperada mortalidad también hacían mella sobre mí. Aquello debía solucionarse cuanto antes. – Si vas a entrar ahí… acabarás convertida en ameba, seguro. Pero lo haremos a mi manera, no tienes ni idea de cómo funciona aquello.

-          Ah, pues estupendo, porque tú sí. Acabaremos en un momentín. Vamos.

Rogué a todo aquél que pudiera escucharme que por favor aquello saliera bien. A la Doncella…a la Madre…a la Anciana… (1) A quien fuera.

Así pues, cogidas de la mano, bruja y hada, entremezcladas entre sí como masa de pudín, traspasamos el umbral del Castillo Violeta, la morada de la Gran Hada, y de todos los prodigios del mundo natural. Por aquellos lares.

Nos quedamos mudas del asombro. Claro que yo ya había estado allí en calidad de Hada Hacedora de Varitas Mágicas, pero tan sólo un par de veces, y mi percepción de entonces poco tenía que ver con la actual.

Sobrenatural. Aquella era la palabra. Sobrenatural. Desde el punto de vista de un mortal se perdían detalles pero se ganaban otros. Cada rincón de aquel portentoso edificio rezumaba magia. El ojo humano, en consonancia con su viejo cerebro realista y cabal, pero entrenado desde el albor de la especie para detectar y temer la magia, vería ríos centelleantes derramarse por doquier, por explicarlo de alguna forma. Es como cuando te da la risa porque ves a alguien caerse y tu cerebelo no sabe cómo reaccionar porque la cosa no es grave pero tampoco deja de serlo, y colapsa.

Volviendo al caso, que me disperso, las criaturas que habitaban aquellas estancias contribuían a la indescriptible sensación de no ser digno de pisar aquél suelo sagrado, el cual es contaminado con tu sola presencia.

La otra debía estar flipando en colores. Balbuceaba cosas sin sentido mientras presenciaba todos los matices de la magia que allí habitaba y que mi recién recuperada vista humana se perdía, pero que ella en ese momento poseía. Las simples palabras del lenguaje verbal no alcanzan a describirlo, (aunque seguro que en alemán debe haber algún término para ello). Sólo diré que imagínate corrientes iridiscentes de todos los colores del arcoíris, centellas, estrellitas... Eran hadas, qué quieres.

Como decía un párrafo más arriba, las hadas eran algo singular y extasiaban con cada delicado movimiento, con su sola presencia. Pero además era increíble la sincronización de sus movimientos, todas trabajando como en un gigantesco mecanismo de relojería que funcionaba a la perfección.
Como un enjambre.

Claro, aquello era el centro coordinador de todo el mundo feérico. Era de vital importancia una precisión sobrenatural.
Y por supuesto, nosotras estábamos allí para perturbarla.

Y ahora es cuando el avezado lector, curtido en otros relatos como este (a estas alturas) piensa que la bruja Cat se sacará un sortilegio de la manga, o mejor dicho, del extraño librito de hechizos, y resolverá la situación en un abrir y cerrar de ojos.

Pues no. Estaba tan paralizada como yo. Y el libro no se hablaba con ella, recordemos.

Finalmente, rompió su mutismo (ya estaba empezando a preguntarme si había caído enferma de algún poderoso sortilegio atrapa-lenguas) y ni corta ni perezosa se acercó…A algo que se parecía mucho a un mostrador. Las relamidas hadas del otro lado, de belleza imposible, estaban conversando entre sí.

-          Pues sí, Mari, lo que te estaba contandooo…El otro día fui a la Oficina de Relaciones Internacionales porque mi duende de la limpieza ahora se piensa que es un hombre lobo, y claro, a lo mejor es que lo ha mordido alguno sin vacunar y no me puedo arriesgar, con los niños en casa…Y es que me lo pondría todo sucísimo. No veas lo que me costó llevarlo…

-          Disculpen…- empezó Cat. Respetuosamente. Bien. Disponemos de unos instantes más de libertad. O al menos, de una forma que más o menos nos place.

-          Pero es que ademáaaas, no saaabes lo mal que nos atendieron. ¿Pues no decían que aquello no era de su incumbencia? ¡Que lo llevara al Emporio de Familiares! ¡Que ya tenían bastante con los hombres lobo callejeros! ¿Te lo puedes creeeeer?

-          Ejem, ejem, ejem…- probó otra vez la bruja. Nada. Como quien oye mariposas aletear.

-          Y yo les dije, les dijeee…

-          ¿Hola? ¿Hooolaa? – Y se estaba cabreando. <<Ahí viene…>> me dije, y antes de poder detenerla…
-          Buenas, señoras, me preguntaba si serían tan amables de prestarme un poquito de su atención.- Sí. Se había subido encima del mostrador.
ç
-          ¿Síiiiii? ¿Qué deseas, querida? – dijo la del duende-lobo. Con la expresión de haber mordido uno y haber visto un limón. O al revés.(2) El hada llevaba en las pestañas purpurina para deslumbrar a un barco en lontananza, y un modelo de alas como el mío, y vibraban peligrosamente.

-          Pues verá, quisiera saber a quién tengo que ver para exponer una queja.

Parpadeo que sonó a cemento macerando. Vibrato sulfuroso.

-          ¿Una queja sobre qué, queriiidaaaa?

-          Pues mire, de un encantamiento en contra de mi volunt…- En realidad, quisiéramos enviar una instancia al Centro de Folklore y Leyendas, si no es mucha molestia, asuntillos de trabajo. ¿Sería tan amable de indicarnos cómo hacerlo?

El hada de la cara de limón se relajó un poco.

-          Para cualquier petición, consulta o información adicional a un organismo de la TMR (Torre Mágica Regente) deberán rellenar estos formularios. Los del papel azul van a la conserjería de la Torre para que se registre el caso, los de papel rosa son para la secretaría del organismo y los de papel dorado para el coordinador del mismo. Todo lo rellenarán por triplicado y entregarán una de las copias en este mostrador. Firmen aquí, aquí, aquí, aquí y aquí para confirmar que los han recogido y depositen las iniciales aquí, aquí, aquí, aquí y aquí. ¿Alguna pregunta?

Todas. Claramente.

Se notaba que la otra quería decir algo, pero la arrastré conmigo antes de que nos buscase la ruina, esta vez de verdad. Habíamos tenido demasiada suerte ya. Me despedí con un ademán de las hadas, que me miraban raro (no era de extrañar dado mi atuendo de colorines) y por tanto me escabullí todo lo rápido que me lo permitieron aquellas botas moradas gigantescas. Para mi alivio volvieron a su productivo trabajo, y me llevé conmigo a la gruñona bruja y los dichosos papeles.
-          Madre mía, tardaremos siglos en rellenar esto. Casi vale la pena esperar a la siguiente Noche de San Juan. ¿Qué son 365 días comparados con la eternidad que nos llevarán estos papeles?

Estábamos en un rincón medio escondido en el hall del Gran Castillo (no entrada, hall, era un sitio con mucho estilo), junto a unas bonitas vidrieras que representaban flores medievales. Y menos mal, dada la situación que se desencadenó a continuación.

El pecho de Cat se iluminó con una lucecita azul. Y no sólo eso, también habló con una voz cordial pero robótica, como la de vuestras megafonías. Haciendo pausa donde se rellena la información cambiante.

-          Faltan – 100 – varitas por entregar.

La cara de la ex bruja era un poema. 

-          ¿Qué…cuándo…cómo…- hiperventiló. Probó otra vez.- ¿Qué demonios ha sido eso?

-          La verdad es que estoy tan sorprendida como tú. – Acto seguido su expresión mutó hacia la de un ataque de pánico, y me apresuré a explicarme. Para mi horror interno seguía olvidando cosas importantes.

-          Quiero decir…había oído hablar de estas cosas…pero como yo siempre fui puntual con mis obligaciones…Verás, ya has podido comprobar lo organizadas que son las hadas. Cada una de ellas cumple una función vital en el complejo engranaje del mundo feérico, y si alguna no cumple su función vital…bueno…

-          Estira la pata, ¿VERDAD?

-          Mmmás o menos, sí.

-          ¿Y cómo es que habías olvidado mencionar el pequeño, diminuto pero importante detalle de que estas…luciérnagas chifladas me han implantado un marcapasos con fecha de caducidad? – Su rostro pasaba del pánico verdoso al rojo sulfuroso con una facilidad pasmosa.

-          No tiene fecha de caducidad. Sólo has de cumplir con tu deber.

-          ¿Y cómo, imploro, voy a hacer eso a la vez de buscar una forma de salir de aquí habiéndonos intercambiado de nuevo los poderes? Una forma rápida, claro, porque me sospecho que aunque aún no he perdido la memoria de mi vida mortal, tal y como empiezas a hacer tú, por cierto, tarde o temprano seguiré el tortuoso camino hacia el limbo de las setas alucinógenas, ¿a que sí?

Cling. Otro recuerdo importante activado.

-          Bueno…Las hadas no “alucinan”. Las encantadas sí que pierden la memoria al poco tiempo de ser transformadas, pero viven con una sensación permanente de haber perdido algo muy importante, y es por eso que ansían volver al mundo real intercambiándose con una mortal en la Noche de San Juan. Eso es lo que dio inicio a las leyendas. El temor a andar de noche sólo por el monte esa noche mágica, por si te encuentras con un ser pálido, frío y etéreo que te encierre para siempre en su mente de niebla. Lo intercambiaron por una caverna, cueva o similar y ya está, más fácil de narrar.

Yo por mi parte, debido a mi don de la memoria no llegué a olvidarme del todo, aunque llegué a ser despistada como cualquier encantada. Sin embargo, sabía qué era lo que había perdido y deseaba tanto recuperar.

-          ¿Y qué era?
-          Mi humanidad.

Acabamos de nuevo en la tienda de varitas mágicas. Un breve vistazo a la escena me dejó claro que aquella iba a terminar estrujando los papeles antes que rellenarlos con éxito, así que le asigné trabajo.

-          Haz algo útil por las dos, pero sobre todo por ti. Ponte a hacer varitas.

-          ¿Estás loca? Ni sabría ni por dónde empezar. Crearé cien desastres.

-          El tutorial…

-          No me hagas reír. Con eso no hago nada. Eso y “inserte estrella en palito” vienen a ser lo mismo.

-          Nunca saldremos de aquí si no pones algo de tu parte. Esfuérzate por encontrar tu esencia de hada. La tienes, seguro. Te la pasé yo, y es bastante buena.

-           Mira la señorita creída. Tú mientras tanto haz algo beneficioso de verdad por este vistoso equipo.
-          Voy a rellenar los papeles.

-          Eso es la vía legal. Nosotras tenemos más prisa para eso, y tú no serías una bruja auténtica si no actuaras de otra manera. Para eso tienes mis poderes, mi inteligencia sobrehumana y mi extraordinaria creatividad. Improvisa algo. Sácanos de aquí.

Y dicho lo cual, recogió los bajos de su túnica y remilgadamente se sentó a la mesa de montaje.

>> A continuación, el comprensivo lector me va a permitir cierto cambio en la voz narradora. Como dije al principio del relato, tiendo a perder el hilo de los pensamientos y no recuerdo bien mi participación en esta parte de la historia, aunque supongo que me las vi con el papeleo y alguna cosilla más. Suerte de mi memoria de mis días de mortal, sino, no habría podido plasmar ninguna de estas líneas. <<


Aquella sillita de cuento era terriblemente incómoda. Daba la sensación de que la había diseñado e decorador de la Inquisición, un instrumento de tortura de las cervicales pero en bonito. Después de revolverme durante un buen rato en la silla y engancharme varias veces con la dichosa túnica (sería lo primero de lo que me desharía en cuanto pudiese salir de allí) planté las manos sobre el material.
<<Esto es ridículo>>, - pensé.

-          Mmmm… “Flow” ven a mí… Ya voy notando algo…- La verdad es que estaba segurísima de que no iba a pasar absolutamente nada, ninguna conexión mística ni sobrenatural con aquellas malditas estrellas y malditos palitos. Me había metido de lleno en el más rebuscado cuento infantil del mundo.
Por eso me sorprendió tanto el hecho de que sí sentí algo.

La estrella que tenía en las manos…Palpitaba. Muy tenuemente, pero estaba razonablemente segura de no estar imaginándomelo. Intrigada, me concentré  más en lo que mis manos de manicura francesa perfecta me transmitían. (Qué remilgadas que son las hadas.)

Tras el pulso notaba un torrente de algo que podía calificarse de…entusiasmo. Sí, estaba segura de ello, toda la estrella latía con verdadero entusiasmo. El hada que empuñase aquella varita podría calificarse como el hada más apasionada del reino, un torrente irrefrenable y arrollador. Una verdadera fuerza de la naturaleza.

Pero la naturaleza también puede ser devastadora. Aquella poderosa hada del fervor necesitaba un poco de…templanza. Palpé sin pensar demasiado en el otro montón, y encontré un pequeño témpano de hielo. Perfecto para aportar algo de razón a la emoción más pura.

Insertar estrella en palito y… ¡Y ya está! La recién ensamblada varita se iluminó con un tenue resplandor dorado y quedó inerte. Lista para ser empuñada y usada. Por un hada entusiasta y cabal.

-          Quedan – 99- varitas por entregar.

-Humm...Me lo tomaré como un “buen trabajo”.

Me había gustado aquello. Cogí la siguiente estrella con algo del entusiasmo que me había transmitido la anterior hormigueando en mis dedos.

Aquella estrella era muy curiosa. Hablaba de un hada transparente como el cristal, tan pura como la risa de un niño, sencilla, y perfecta como la inocencia.

Aquello complicaba las cosas. Palpaba los bastones buscando el contrapunto perfecto a aquella frágil cosita, que debía protegerse a toda costa y canalizar hacia un cuento con final feliz.
Y al fin di con algo perfecto.

La estrella de cristal se ensambló con un bastón cambiante, surcado de mil ideas nacientes esperando un crisol en el que despertar. La creatividad debía conducir a la pureza de la infancia para ayudar a un hada madrina maravillosa a inventar los cuentos más dulces y esperanzadores del mundo.

Seguí con ello durante un buen rato, tanto que el contador se redujo casi por completo, pero ni me di cuenta. Cosa muy extraña, por otra parte, dado que mi mente tendía a dispararse en varias direcciones. Por los siglos de los siglos, y nunca mejor dicho. Me daba miedo pensar en la edad que tenía en aquellos momentos.

Afuera ya había oscurecido. Mi compañera volvió de a saber dónde, pero vino con una expresión de triunfo.

-          Lo he conseguido. Nos dejan hablar con el Hada Suprema.

Salimos zumbando por la puerta sin más explicaciones. El triunfo se había trocado en la prisa más absoluta.

-          Veenga, que la gran hada no espera. Nosotras esperaremos muuuucho tiempo a que nos levanten la maldición de turno como lleguemos tarde.

-          ¿Pero, cómo lo has hecho?

-          Es una aburridísima historia. Pero en resumen, después de llevar los malditos papeles a la TMR, decirme, cómo no, que me faltaban unos doscientos formularios, hartarme mucho, preguntar directamente por el Hada Suprema, cosa que no es propio de mí porque eso me podría haber costado mi vida mortal e inmortal, las dos, me estoy volviendo tan alocada como tú, y tú tienes la culpa…

-          Calma. Respira. También te dispersas un montón, como yo.

-          Eso. Pues pedí audiencia directa con la gran hada, y después de muchos aleteos indignados, excesivas variantes de “está oficiando la Ceremonia de la Luna. Podrá pedir cita dentro de 28 días”, y corretear por las 75 plantas de la Torre, arriba y abajo. Cinco veces. Formularios que transmitir a la planta de Quejas y Devoluciones. Instancias que presentar en el ala de las Reclamaciones. Instrucciones que precisar en el departamento de Desencantamientos y Pifias Mágicas, para que no nos transformaran en mariposas nocturnas por error… He recibido una ayuda inesperada.

-          ¿Ah, sí? Eso sí que es algo insólito (3).

-          ¡La Secretaria Personalísima de la Gran Hada! ¡Se convirtió en Encantada casi al mismo tiempo que yo! Y nos hicimos buenas amigas en la iniciación y en nuestros primeros días en la ciudad. Y nos ha conseguido una brevísima entrevista con el Hada Suprema, entre su ratito del té y su ratito del masaje de aromaterapia.

-          Me pasma la abnegación y dedicación de nuestros superiores.

-          Pero eso es en todas partes igual. Venga, entremos.

Debido a la excitación del momento no me había percatado de que subíamos escaleras, cruzábamos pasillos, abríamos puertas, y puertecitas y de que nos habíamos plantado delante de un gran portón de madera, con forjaduras de platino (4)  y un gran tirador de plata labrada. Con la efigie de un hada de grandes alas sentada taciturnamente en una campánula.



















(1) Las tres personificaciones de la Diosa en el Neopaganismo. Cada una de las cuales simboliza una etapa separada de la vida de la mujer, una fase de la luna y una parte de la Rueda del Año. Andrómeda cada vez piensa más como una bruja. A ver si el cambio va a ser irreversible…Chist! ¡Alerta spoiler! Continúa leyendo, más arriba.
(2) De las típicas expresiones de aquellos andurriales.
(3)Qué queréis. Ya está todo inventado.

(4) Todo el que sabe algo de hadas, y del mundo feérico en general sabe que no soportan el hierro. Por otra parte, ha quedado bastante claro que aguantan muy bien los lujos.

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