Bien,
recapitulemos:
Yo,
el Hada Encantada Andrómeda, natural del siglo XIX, intercambié mis poderes por
accidente en una Noche de San Juan con una bruja trotatiempos, y fui desterrada
para siempre del que ha sido mi hogar durante 200 años, la ciudad de las hadas
Amatista. Por si fuera poco, actualmente me encuentro con el tamaño más o menos
de un ratón y sentada en la cuca mesita de un establecimiento en dicha ciudad
de las hadas, el de ensamblaje de varitas. Sola. Porque la persona que AHORA
tiene MIS poderes de hada, una bruja atolondrada y a todas luces chiflada, nueva
Hada Hacedora de Varitas Mágicas, se ha ido a gritarle no sé qué incoherencias
a las dirigentes del núcleo feérico más importante y con menos sentido del
humor del mundo.
Esto
es realmente muy inconveniente.
Antes
de dejarme llevar por la desesperación, cosa que estaba muy tentada de hacer,
recordé que yo misma me había reducido de tamaño, por lo que podía, en teoría, invertir
el encantamiento y salir a buscar a aquella inconsciente antes de que lograse
que nos convirtieran a las dos en polillas. Supuse que era mejor idea volver a
mi tamaño normal y salir corriendo que romperme el cuello bajando de la mesita
y salir corriendo. Y por supuesto tardar unos mil años en encontrarla.
La
primera fase del plan la completé con éxito, después de encogerme sobre mí
misma en el rincón en el que me habían depositado, cerrar los ojos y rogar a
todos los dioses y diosas que se me ocurrieron que funcionara el hechizo. Cuando
noté que la mesita se combaba bajo el peso de una persona de 1,65m sentada en
el borde, procedí a procurarme un disfraz, dado que era mejor no tentar a la
suerte y dejar que un montón de hadas impredecibles advirtiesen la presencia de
una desterrada.
La
anterior Hada Hacedora, una servidora, compartía la política general de las
túnicas blancas, sencillas y vaporosas, las sandalias trenzadas y las flores en
el pelo… De cara a la galería. En realidad, conservaba el gusto por la moda de
mi vida anterior, y a lo largo de mi larga existencia en aquella maravillosa
metrópoli me entregaba felizmente a un pequeño secreto. Había ido haciendo
acopio de vestidos, zapatos, alas, coronas y accesorios y escondiéndolos en el
almacén de la tienda, para probármelos y suspirar delante del gran espejo de cuerpo
entero, admirar las centelleantes tiaras, los satenes, los tules,
constelaciones de lentejuelas bordadas en sedas, telas de brillantes colores imposibles
cayendo en suaves ondas hasta los pies envueltos en zapatos de cristal… Una
afición como cualquier otra, reciclada de tiempos más terrenales.
Y
en aquel momento la agradecía con toda mi alma.
Una
vez ataviada de Gran Hada Madrina Súper Estilosa salí a todo correr a la calle
en busca del hada-bruja díscola. No tenía ni idea de qué camino podía haber tomado…
Bueno, en realidad, si empezaba a conocer a Cat como creía hacerlo, podía estar
razonablemente segura de que había tomado la determinación más absurda,
peligrosa y descabellada posible.
Se
había dirigido al Castillo.
Y
sólo la Diosa sabía qué podía desencadenar aquello.
Con
el corazón en un puño me lancé a las calles de Ciudad Amatista. Cruzaba
zumbando callejuelas, callejones, arcadas y puentes. Zumbaban mis Alas Transparentes
cual último modelo de Abejorro Confundido, dados mis prisas y mi nerviosismo.
Eran puro attrezzo, claro, con aquello no podría haberme levantado ni un palmo
del suelo, pero los humanos esperan ciertas cosas y las hadas madrinas suelen
ser muy vanidosas. Sin embargo lo que es aletear, aletean, como las meigas.
(Algo así era. Los pensamientos brujeriles acechaban por mi conciencia). Cuando
me cruzaba con alguien miraba al suelo o para otro lado, no fuera cosa que
vieran en el fondo de mis ojos las hechicerías, ungüentos y pócimas,
conjuraciones y pactos con criaturas del inframundo.
Por
fin, vislumbré a la interfecta junto a una esquina, frente al Castillo del Hada
Suprema. O como se llamase. Con horror constaté que empezaba a olvidar cosas
básicas de mi vida como Encantada. Me lancé con toda mi desesperación y
purpurina centelleante sobre la bruja y la arrastré entre protestas a mi lado
del callejón.
-
¡Eeeh,
¿te has vuelto majara? ¡Suéltame! ¿Qué haces aquí? ¿Por qué eres grande de
nuevo? Pues ya que estás me ayudarás a convencerlas de que vuelvan a intercambiarnos
de nuevo. Y no admitiré un “no” por respuesta, que te veo venir. - ¿He
mencionado que hablaba mucho? Pero mucho, mucho.
-
Estás…completamente…locaaaarf…-
dije, tratando de recuperar el aliento después de la carrera y el forcejeo. Los
achaques de mi recientemente recuperada mortalidad también hacían mella sobre
mí. Aquello debía solucionarse cuanto antes. – Si vas a entrar ahí… acabarás
convertida en ameba, seguro. Pero lo haremos a mi manera, no tienes ni idea de
cómo funciona aquello.
-
Ah,
pues estupendo, porque tú sí. Acabaremos en un momentín. Vamos.
Rogué
a todo aquél que pudiera escucharme que por favor aquello saliera bien. A la
Doncella…a la Madre…a la Anciana… (1) A quien fuera.
Así
pues, cogidas de la mano, bruja y hada, entremezcladas entre sí como masa de
pudín, traspasamos el umbral del Castillo Violeta, la morada de la Gran Hada, y
de todos los prodigios del mundo natural. Por aquellos lares.
Nos
quedamos mudas del asombro. Claro que yo ya había estado allí en calidad de
Hada Hacedora de Varitas Mágicas, pero tan sólo un par de veces, y mi
percepción de entonces poco tenía que ver con la actual.
Sobrenatural.
Aquella era la palabra. Sobrenatural. Desde el punto de vista de un mortal se
perdían detalles pero se ganaban otros. Cada rincón de aquel portentoso
edificio rezumaba magia. El ojo humano, en consonancia con su viejo cerebro
realista y cabal, pero entrenado desde el albor de la especie para detectar y
temer la magia, vería ríos centelleantes derramarse por doquier, por explicarlo
de alguna forma. Es como cuando te da la risa porque ves a alguien caerse y tu
cerebelo no sabe cómo reaccionar porque la cosa no es grave pero tampoco deja
de serlo, y colapsa.
Volviendo
al caso, que me disperso, las criaturas que habitaban aquellas estancias
contribuían a la indescriptible sensación de no ser digno de pisar aquél suelo sagrado,
el cual es contaminado con tu sola presencia.
La
otra debía estar flipando en colores. Balbuceaba cosas sin sentido mientras
presenciaba todos los matices de la magia que allí habitaba y que mi recién
recuperada vista humana se perdía, pero que ella en ese momento poseía. Las
simples palabras del lenguaje verbal no alcanzan a describirlo, (aunque seguro
que en alemán debe haber algún término para ello). Sólo diré que imagínate
corrientes iridiscentes de todos los colores del arcoíris, centellas,
estrellitas... Eran hadas, qué quieres.
Como
decía un párrafo más arriba, las hadas eran algo singular y extasiaban con cada
delicado movimiento, con su sola presencia. Pero además era increíble la
sincronización de sus movimientos, todas trabajando como en un gigantesco
mecanismo de relojería que funcionaba a la perfección.
Como
un enjambre.
Claro,
aquello era el centro coordinador de todo el mundo feérico. Era de vital
importancia una precisión sobrenatural.
Y
por supuesto, nosotras estábamos allí para perturbarla.
Y
ahora es cuando el avezado lector, curtido en otros relatos como este (a estas
alturas) piensa que la bruja Cat se sacará un sortilegio de la manga, o mejor
dicho, del extraño librito de hechizos, y resolverá la situación en un abrir y
cerrar de ojos.
Pues
no. Estaba tan paralizada como yo. Y el libro no se hablaba con ella,
recordemos.
Finalmente,
rompió su mutismo (ya estaba empezando a preguntarme si había caído enferma de
algún poderoso sortilegio atrapa-lenguas) y ni corta ni perezosa se acercó…A
algo que se parecía mucho a un mostrador. Las relamidas hadas del otro lado, de
belleza imposible, estaban conversando entre sí.
-
Pues
sí, Mari, lo que te estaba contandooo…El otro día fui a la Oficina de
Relaciones Internacionales porque mi duende de la limpieza ahora se piensa que
es un hombre lobo, y claro, a lo mejor es que lo ha mordido alguno sin vacunar
y no me puedo arriesgar, con los niños en casa…Y es que me lo pondría todo
sucísimo. No veas lo que me costó llevarlo…
-
Disculpen…-
empezó Cat. Respetuosamente. Bien. Disponemos de unos instantes más de
libertad. O al menos, de una forma que más o menos nos place.
-
Pero
es que ademáaaas, no saaabes lo mal que nos atendieron. ¿Pues no decían que
aquello no era de su incumbencia? ¡Que lo llevara al Emporio de Familiares!
¡Que ya tenían bastante con los hombres lobo callejeros! ¿Te lo puedes
creeeeer?
-
Ejem,
ejem, ejem…- probó otra vez la bruja. Nada. Como quien oye mariposas aletear.
-
Y
yo les dije, les dijeee…
-
¿Hola?
¿Hooolaa? – Y se estaba cabreando. <<Ahí viene…>> me dije, y antes
de poder detenerla…
-
Buenas,
señoras, me preguntaba si serían tan amables de prestarme un poquito de su
atención.- Sí. Se había subido encima del mostrador.
ç
-
¿Síiiiii?
¿Qué deseas, querida? – dijo la del duende-lobo. Con la expresión de haber
mordido uno y haber visto un limón. O al revés.(2) El hada llevaba
en las pestañas purpurina para deslumbrar a un barco en lontananza, y un modelo
de alas como el mío, y vibraban peligrosamente.
-
Pues
verá, quisiera saber a quién tengo que ver para exponer una queja.
Parpadeo que sonó a cemento
macerando. Vibrato sulfuroso.
-
¿Una
queja sobre qué, queriiidaaaa?
-
Pues
mire, de un encantamiento en contra de mi volunt…- En realidad, quisiéramos
enviar una instancia al Centro de Folklore y Leyendas, si no es mucha molestia,
asuntillos de trabajo. ¿Sería tan amable de indicarnos cómo hacerlo?
El hada de la cara de limón se
relajó un poco.
-
Para
cualquier petición, consulta o información adicional a un organismo de la TMR
(Torre Mágica Regente) deberán rellenar estos formularios. Los del papel azul
van a la conserjería de la Torre para que se registre el caso, los de papel
rosa son para la secretaría del organismo y los de papel dorado para el
coordinador del mismo. Todo lo rellenarán por triplicado y entregarán una de
las copias en este mostrador. Firmen aquí, aquí, aquí, aquí y aquí para
confirmar que los han recogido y depositen las iniciales aquí, aquí, aquí, aquí
y aquí. ¿Alguna pregunta?
Todas. Claramente.
Se notaba que la otra quería
decir algo, pero la arrastré conmigo antes de que nos buscase la ruina, esta
vez de verdad. Habíamos tenido demasiada suerte ya. Me despedí con un ademán de
las hadas, que me miraban raro (no era de extrañar dado mi atuendo de
colorines) y por tanto me escabullí todo lo rápido que me lo permitieron
aquellas botas moradas gigantescas. Para mi alivio volvieron a su productivo
trabajo, y me llevé conmigo a la gruñona bruja y los dichosos papeles.
-
Madre
mía, tardaremos siglos en rellenar esto. Casi vale la pena esperar a la
siguiente Noche de San Juan. ¿Qué son 365 días comparados con la eternidad que
nos llevarán estos papeles?
Estábamos
en un rincón medio escondido en el hall del Gran Castillo (no entrada, hall,
era un sitio con mucho estilo), junto a unas bonitas vidrieras que
representaban flores medievales. Y menos mal, dada la situación que se
desencadenó a continuación.
El
pecho de Cat se iluminó con una lucecita azul. Y no sólo eso, también habló con
una voz cordial pero robótica, como la de vuestras megafonías. Haciendo pausa
donde se rellena la información cambiante.
-
Faltan
– 100 – varitas por entregar.
La
cara de la ex bruja era un poema.
-
¿Qué…cuándo…cómo…-
hiperventiló. Probó otra vez.- ¿Qué demonios ha sido eso?
-
La
verdad es que estoy tan sorprendida como tú. – Acto seguido su expresión mutó
hacia la de un ataque de pánico, y me apresuré a explicarme. Para mi horror
interno seguía olvidando cosas importantes.
-
Quiero
decir…había oído hablar de estas cosas…pero como yo siempre fui puntual con mis
obligaciones…Verás, ya has podido comprobar lo organizadas que son las hadas.
Cada una de ellas cumple una función vital en el complejo engranaje del mundo
feérico, y si alguna no cumple su función vital…bueno…
-
Estira
la pata, ¿VERDAD?
-
Mmmás
o menos, sí.
-
¿Y
cómo es que habías olvidado mencionar el pequeño, diminuto pero importante
detalle de que estas…luciérnagas chifladas me han implantado un marcapasos con
fecha de caducidad? – Su rostro pasaba del pánico verdoso al rojo sulfuroso con
una facilidad pasmosa.
-
No
tiene fecha de caducidad. Sólo has de cumplir con tu deber.
-
¿Y
cómo, imploro, voy a hacer eso a la vez de buscar una forma de salir de aquí
habiéndonos intercambiado de nuevo los poderes? Una forma rápida, claro, porque
me sospecho que aunque aún no he perdido la memoria de mi vida mortal, tal y
como empiezas a hacer tú, por cierto, tarde o temprano seguiré el tortuoso
camino hacia el limbo de las setas alucinógenas, ¿a que sí?
Cling. Otro recuerdo importante
activado.
-
Bueno…Las
hadas no “alucinan”. Las encantadas sí que pierden la memoria al poco tiempo de
ser transformadas, pero viven con una sensación permanente de haber perdido
algo muy importante, y es por eso que ansían volver al mundo real
intercambiándose con una mortal en la Noche de San Juan. Eso es lo que dio
inicio a las leyendas. El temor a andar de noche sólo por el monte esa noche
mágica, por si te encuentras con un ser pálido, frío y etéreo que te encierre
para siempre en su mente de niebla. Lo intercambiaron por una caverna, cueva o
similar y ya está, más fácil de narrar.
Yo por mi parte, debido a mi don
de la memoria no llegué a olvidarme del todo, aunque llegué a ser despistada
como cualquier encantada. Sin embargo, sabía qué era lo que había perdido y
deseaba tanto recuperar.
-
¿Y
qué era?
-
Mi
humanidad.
Acabamos
de nuevo en la tienda de varitas mágicas. Un breve vistazo a la escena me dejó
claro que aquella iba a terminar estrujando los papeles antes que rellenarlos
con éxito, así que le asigné trabajo.
-
Haz
algo útil por las dos, pero sobre todo por ti. Ponte a hacer varitas.
-
¿Estás
loca? Ni sabría ni por dónde empezar. Crearé cien desastres.
-
El
tutorial…
-
No
me hagas reír. Con eso no hago nada. Eso y “inserte estrella en palito” vienen
a ser lo mismo.
-
Nunca
saldremos de aquí si no pones algo de tu parte. Esfuérzate por encontrar tu
esencia de hada. La tienes, seguro. Te la pasé yo, y es bastante buena.
-
Mira la señorita creída. Tú mientras tanto haz
algo beneficioso de verdad por este vistoso equipo.
-
Voy
a rellenar los papeles.
-
Eso
es la vía legal. Nosotras tenemos más prisa para eso, y tú no serías una bruja
auténtica si no actuaras de otra manera. Para eso tienes mis poderes, mi
inteligencia sobrehumana y mi extraordinaria creatividad. Improvisa algo.
Sácanos de aquí.
Y
dicho lo cual, recogió los bajos de su túnica y remilgadamente se sentó a la
mesa de montaje.
>>
A continuación, el comprensivo lector me va a permitir cierto cambio en la voz
narradora. Como dije al principio del relato, tiendo a perder el hilo de los
pensamientos y no recuerdo bien mi participación en esta parte de la historia,
aunque supongo que me las vi con el papeleo y alguna cosilla más. Suerte de mi
memoria de mis días de mortal, sino, no habría podido plasmar ninguna de estas
líneas. <<
Aquella
sillita de cuento era terriblemente incómoda. Daba la sensación de que la había
diseñado e decorador de la Inquisición, un instrumento de tortura de las
cervicales pero en bonito. Después de revolverme durante un buen rato en la
silla y engancharme varias veces con la dichosa túnica (sería lo primero de lo
que me desharía en cuanto pudiese salir de allí) planté las manos sobre el
material.
<<Esto
es ridículo>>, - pensé.
-
Mmmm…
“Flow” ven a mí… Ya voy notando algo…- La verdad es que estaba segurísima de
que no iba a pasar absolutamente nada, ninguna conexión mística ni sobrenatural
con aquellas malditas estrellas y malditos palitos. Me había metido de lleno en
el más rebuscado cuento infantil del mundo.
Por eso me sorprendió tanto el
hecho de que sí sentí algo.
La estrella que tenía en las
manos…Palpitaba. Muy tenuemente, pero estaba razonablemente segura de no estar
imaginándomelo. Intrigada, me concentré
más en lo que mis manos de manicura francesa perfecta me transmitían.
(Qué remilgadas que son las hadas.)
Tras el pulso notaba un torrente
de algo que podía calificarse de…entusiasmo. Sí, estaba segura de ello, toda la
estrella latía con verdadero entusiasmo. El hada que empuñase aquella varita
podría calificarse como el hada más apasionada del reino, un torrente irrefrenable
y arrollador. Una verdadera fuerza de la naturaleza.
Pero la naturaleza también puede
ser devastadora. Aquella poderosa hada del fervor necesitaba un poco
de…templanza. Palpé sin pensar demasiado en el otro montón, y encontré un
pequeño témpano de hielo. Perfecto para aportar algo de razón a la emoción más
pura.
Insertar estrella en palito y… ¡Y
ya está! La recién ensamblada varita se iluminó con un tenue resplandor dorado
y quedó inerte. Lista para ser empuñada y usada. Por un hada entusiasta y
cabal.
-
Quedan
– 99- varitas por entregar.
-Humm...Me lo tomaré como un “buen
trabajo”.
Me había gustado aquello. Cogí la
siguiente estrella con algo del entusiasmo que me había transmitido la anterior
hormigueando en mis dedos.
Aquella estrella era muy curiosa.
Hablaba de un hada transparente como el cristal, tan pura como la risa de un
niño, sencilla, y perfecta como la inocencia.
Aquello complicaba las cosas.
Palpaba los bastones buscando el contrapunto perfecto a aquella frágil cosita,
que debía protegerse a toda costa y canalizar hacia un cuento con final feliz.
Y al fin di con algo perfecto.
La estrella de cristal se
ensambló con un bastón cambiante, surcado de mil ideas nacientes esperando un
crisol en el que despertar. La creatividad debía conducir a la pureza de la infancia
para ayudar a un hada madrina maravillosa a inventar los cuentos más dulces y
esperanzadores del mundo.
Seguí con ello durante un buen
rato, tanto que el contador se redujo casi por completo, pero ni me di cuenta.
Cosa muy extraña, por otra parte, dado que mi mente tendía a dispararse en
varias direcciones. Por los siglos de los siglos, y nunca mejor dicho. Me daba
miedo pensar en la edad que tenía en aquellos momentos.
Afuera ya había oscurecido. Mi
compañera volvió de a saber dónde, pero vino con una expresión de triunfo.
-
Lo
he conseguido. Nos dejan hablar con el Hada Suprema.
Salimos zumbando por la puerta
sin más explicaciones. El triunfo se había trocado en la prisa más absoluta.
-
Veenga,
que la gran hada no espera. Nosotras esperaremos muuuucho tiempo a que nos levanten
la maldición de turno como lleguemos tarde.
-
¿Pero,
cómo lo has hecho?
-
Es
una aburridísima historia. Pero en resumen, después de llevar los malditos papeles a la
TMR, decirme, cómo no, que me faltaban unos doscientos formularios, hartarme
mucho, preguntar directamente por el Hada Suprema, cosa que no es propio de mí
porque eso me podría haber costado mi vida mortal e inmortal, las dos, me estoy
volviendo tan alocada como tú, y tú tienes la culpa…
-
Calma.
Respira. También te dispersas un montón, como yo.
-
Eso.
Pues pedí audiencia directa con la gran hada, y después de muchos aleteos
indignados, excesivas variantes de “está oficiando la Ceremonia de la Luna.
Podrá pedir cita dentro de 28 días”, y corretear por las 75 plantas de la
Torre, arriba y abajo. Cinco veces. Formularios que transmitir a la planta de
Quejas y Devoluciones. Instancias que presentar en el ala de las Reclamaciones.
Instrucciones que precisar en el departamento de Desencantamientos y Pifias
Mágicas, para que no nos transformaran en mariposas nocturnas por error… He
recibido una ayuda inesperada.
-
¿Ah,
sí? Eso sí que es algo insólito (3).
-
¡La
Secretaria Personalísima de la Gran Hada! ¡Se convirtió en Encantada casi al
mismo tiempo que yo! Y nos hicimos buenas amigas en la iniciación y en nuestros
primeros días en la ciudad. Y nos ha conseguido una brevísima entrevista con el
Hada Suprema, entre su ratito del té y su ratito del masaje de aromaterapia.
-
Me
pasma la abnegación y dedicación de nuestros superiores.
-
Pero
eso es en todas partes igual. Venga, entremos.
Debido a la excitación del
momento no me había percatado de que subíamos escaleras, cruzábamos pasillos,
abríamos puertas, y puertecitas y de que nos habíamos plantado delante de un
gran portón de madera, con forjaduras de platino (4) y un gran tirador de plata labrada. Con la efigie
de un hada de grandes alas sentada taciturnamente en una campánula.
(1)
Las tres personificaciones de la Diosa en el Neopaganismo. Cada una de las
cuales simboliza una etapa separada de la vida de la mujer, una fase de la luna
y una parte de la Rueda del Año. Andrómeda cada vez piensa más como una bruja. A
ver si el cambio va a ser irreversible…Chist! ¡Alerta spoiler! Continúa
leyendo, más arriba.
(2) De
las típicas expresiones de aquellos andurriales.
(3)Qué
queréis. Ya está todo inventado.
(4) Todo
el que sabe algo de hadas, y del mundo feérico en general sabe que no soportan
el hierro. Por otra parte, ha quedado bastante claro que aguantan muy bien los
lujos.
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