Llamando a la Tierra

Imaginar es gratis

domingo, 15 de marzo de 2015

Brujerías en una Noche de San Juan (parte 3)

Cuando desperté me sentía muy desorientada. Durante un largo rato fui incapaz de recordar dónde me encontraba y, Sagrada Diosa, el suelo no dejaba de moverse. Tardé mucho en volver a la realidad, aceptar de nuevo mi abrupto cambio de destino, y también de acordarme de la razón de por qué me sentía tan mareada. La razón en cuestión recorría el camino subterráneo a la Ciudad de las Hadas, una gruta asombrosamente profunda, que por el otro extremo se abría al mar y por el que numerosas Encantadas antes que nosotras habían surgido la mágica Noche de San Juan a la búsqueda de jóvenes puras que ocupasen su lugar.
La joven pura en cuestión iba armando un jaleo capaz de despertar a todo el inframundo. Y yo iba sentada en su hombro bamboleante.

-          Uh…Ah…¡Au!...¡Ay! ¡Estúpidas hadas! ¡¿Qué os costaba añadir un par de zapatos al vestuario?! ¡Esto es un suplicio! – Se quejó mientras avanzaba a duras penas por la profunda cueva submarina que giraba y giraba y se sumergía en las entrañas de la tierra.
-          Las Encantadas no suelen notar molestias físicas, como el dolor de pies. – dije. Era verdad, aquélla era un hada muy poco común, demasiado terrenal todavía.
-          ¿Ah si? ¡Pues mira tú qué bien! Y aquellas que se salen de la media qué hacen? ¿Desarrollan esas alitas vuestras? Porque te advierto que no puedo andar ni un paso más. Más emergencia que esa…
-          ¿Tienes poderes no? ¡Deséalo y se cumplirá!- dije en su oído.
-          Oh, ¿y tengo un límite de tres deseos o cómo va eso?
-          Muy graciosa.

La ex bruja se detuvo con una sacudida que casi me hizo caer. Mi aspecto entonces debía de incluir una tonalidad verde muy desagradable. La vi fruncir el ceño y concentrarse tanto que me parecía oír el ruido de sus pensamientos. Hubo un destello y algunas estrellitas, y poco a poco se fueron materializando alrededor de sus pies unas sandalias de hojas trenzadas. La chica abrió los ojos y las contempló desolada.

-          ¿Pero qué es esto? ¡Estaba pensando en unas deportivas!
-          Depor..¿qué? – qué muchacha más irreverente.
-          Unas deportivas, un calzado de suela gruesa y decente para hacer cavernismo. O espeleología a este paso…
-          No sé qué son las deportivas, pero te diré que la magia de las hadas es algo completamente natural, y no podemos hacer aparecer de la nada algo que no lo sea.
-          ¿O sea que del plástico ni hablamos no? Ya os voy entendiendo... Pues nada, vuelta a la era medieval. ¡Cómo no la echaba de menos!
-          ¿Conoces la Edad Media? – dije sorprendida. Eso no me lo esperaba.
-          Sí, nací ahí. ¿A que no lo parece? Soy incluso más vieja que tú, pero me conservo muy bien.
-          Y que lo digas…- murmuré. Menuda novedad. - ¿y cómo es que estás en esta época?
-          Pues…- dijo, antes de saltar a una enorme roca para salvar un negro vacío en el suelo. Se pisó la túnica, resbaló y estuvo a punto de caer. Le clavé las uñas en el cuello, el abismo aún en el fondo de mi retina cuando recuperó el pie. – un susto me sacó de mi época. ¿Yo era muy diferente por aquél entonces sabes? Era más como tú, viviendo en armonía con el bosque, los animales, las plantas, las setas… Pero de repente me encontré en el año 2013, el infierno más aterrador que jamás hubiese podido imaginar. Pero cuando me recuperé de la conmoción, le cogí el gusto a viajar por el tiempo, para abreviar, tengo ya pase VIP en la autopista interdimensional… No importa – dijo, al notar que me quedaba perpleja dando botes en su hombro mientras renqueaba a duras penas sobre las piedras. Rogaba para mis adentros que no quedase mucho ya.
-          Ahora que lo pienso… ¡Qué tonta! ¡Todavía no sé cómo se supone que debo llamarte! ¿Cuál es tu nombre real?

Me quedé callada.

-          ¿Y bien?
-          No consigo recordar mi nombre. Desde siempre he sido Andrómeda, y no siento que sea otra cosa.
-          Bueno, un nombre es cosa poderosa. Yo misma olvidé el mío hace mucho tiempo, lo que son las cosas. Tan empeñada estaba en ocultarlo para que nadie pudiera usarlo y conjurarme…Y por la falta de uso lo perdí. Después me llamaba a mí misma Cat por llamarme de alguna manera. Y resulta que me gusta, y no pienso soltar ese nombre. ¿Cómo me dijo la arpía esa que me llamo ahora? ¿Alfalfa?
-          Artemisa. Es un nombre precioso, el que te ha tocado en suerte. Es uno de los de la Sagrada Diosa, la Madre de todas las cosas…
-          Lo mismo da. No lo quiero.
-          Pero es que es el nombre de tu nueva naturaleza como Encantada…
-          Tú llámame como quieras, y el resto de enjambre de hadas igual, no voy a dejar de ser quien soy por un intercambio de ropas y un contratiempo sin importancia…
-          ¿Un contratiempo sin importancia? ¡Me han desterrado!¡Me han quitado mis poderes! ¡Y ahora soy del tamaño de un ratón, cargando con una escoba descarriada y con unas ganas de potar que…! – Enmudecí ante la barbaridad que había estado a punto de soltar. ¡Sagrada Diana! ¿Qué me había pasado?
-          Vamos, vamos, que no es para tanto, ¡cálmate Andrew!
-          ¿Cómo dices?
-          Es que Andrómeda es muy largo.

Estuve a punto de responder el exabrupto más grande que se me pudiera ocurrir en 200 años de andar por el mundo, cuando un resplandor intensísimo nos cegó a las dos.
-          ¡Oooooh!

Ante nuestros ojos había aparecido la ciudad más portentosa que se pudiese siquiera soñar. Las rocas erosionadas por la sal del mar habían mutado a nuestros pies en baldosas suaves del tono más bello de lila imaginable. El sendero serpenteaba hasta la Ensenada de las Hadas, flotando sumergida de un mar de estrellas, que se extendía hacia arriba hasta donde pudiera alcanzar la vista. Detrás de la Ciudad de las Hadas se veía la pared de firme roca, por la que descendían cataratas de agua cristalina, cayendo desde el infinito.

Cuando Cat espabiló, se puso en marcha, con la vista fija en los edificios de brillantes piedras preciosas formando paredes de alabastro, puentes ribeteados de oro, arcadas surcadas de hilos de plata, grutas de diamante y torres puntiagudas que cegaban con su imposible belleza.
El resplandor violáceo parecía surgir de la cúspide de la torre más alta, donde yo sabía que descansaba la Piedra de Gaia, el punto de Energía Vital que alimentaba Ciudad Amatista Entera y que según decían las leyendas había sido otorgada por la  mismísima Diosa Madre a la primera Reina de las Hadas para fundar la ciudad y difundir su manto protector por la tierra.

La visión de la Piedra de Gaia era tan sobrecogedora que incluso la eternamente parlanchina Cat se había quedado sin palabras. Yo también me sentía conmovida, como tantas otras veces que había visto la Ciudad de las Hadas, y siempre me sentía como la primera vez. Pequeña, insignificante, ante el poder y la magnificencia de la Madre Naturaleza y sus designios. Añoraba mi vida como Hada y poder recorrer de nuevo aquellas calles mágicas libremente, sintiendo bajo los desnudos pies la tibieza de las baldosas de amatista, y escuchar la meliflua música de las torres más altas, donde las hadas cantan mientras embellecen su sagrada ciudad.

Rogué en silencio por si alguien podía escucharme todavía para que aquella extraña sociedad se disolviera cuanto antes posible, y poder retornar a ese mundo encantado, mi mundo, y ningún otro. 

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