Cuando desperté me sentía muy
desorientada. Durante un largo rato fui incapaz de recordar dónde me encontraba
y, Sagrada Diosa, el suelo no dejaba de moverse. Tardé mucho en volver a la
realidad, aceptar de nuevo mi abrupto cambio de destino, y también de acordarme
de la razón de por qué me sentía tan mareada. La razón en cuestión recorría el
camino subterráneo a la Ciudad de las Hadas, una gruta asombrosamente profunda,
que por el otro extremo se abría al mar y por el que numerosas Encantadas antes
que nosotras habían surgido la mágica Noche de San Juan a la búsqueda de
jóvenes puras que ocupasen su lugar.
La joven pura en cuestión iba armando un
jaleo capaz de despertar a todo el inframundo. Y yo iba sentada en su hombro
bamboleante.
-
Uh…Ah…¡Au!...¡Ay!
¡Estúpidas hadas! ¡¿Qué os costaba añadir un par de zapatos al vestuario?!
¡Esto es un suplicio! – Se quejó mientras avanzaba a duras penas por la
profunda cueva submarina que giraba y giraba y se sumergía en las entrañas de
la tierra.
-
Las
Encantadas no suelen notar molestias físicas, como el dolor de pies. – dije.
Era verdad, aquélla era un hada muy poco común, demasiado terrenal todavía.
-
¿Ah
si? ¡Pues mira tú qué bien! Y aquellas que se salen de la media qué hacen?
¿Desarrollan esas alitas vuestras? Porque te advierto que no puedo andar ni un
paso más. Más emergencia que esa…
-
¿Tienes
poderes no? ¡Deséalo y se cumplirá!- dije en su oído.
-
Oh,
¿y tengo un límite de tres deseos o cómo va eso?
-
Muy
graciosa.
La ex bruja se detuvo con una sacudida que
casi me hizo caer. Mi aspecto entonces debía de incluir una tonalidad verde muy
desagradable. La vi fruncir el ceño y concentrarse tanto que me parecía oír el
ruido de sus pensamientos. Hubo un destello y algunas estrellitas, y poco a
poco se fueron materializando alrededor de sus pies unas sandalias de hojas
trenzadas. La chica abrió los ojos y las contempló desolada.
-
¿Pero
qué es esto? ¡Estaba pensando en unas deportivas!
-
Depor..¿qué?
– qué muchacha más irreverente.
-
Unas
deportivas, un calzado de suela gruesa y decente para hacer cavernismo. O
espeleología a este paso…
-
No sé
qué son las deportivas, pero te diré que la magia de las hadas es algo
completamente natural, y no podemos hacer aparecer de la nada algo que no lo
sea.
-
¿O
sea que del plástico ni hablamos no? Ya os voy entendiendo... Pues nada, vuelta
a la era medieval. ¡Cómo no la echaba de menos!
-
¿Conoces
la Edad Media? – dije sorprendida. Eso no me lo esperaba.
-
Sí,
nací ahí. ¿A que no lo parece? Soy incluso más vieja que tú, pero me conservo
muy bien.
-
Y que
lo digas…- murmuré. Menuda novedad. - ¿y cómo es que estás en esta época?
-
Pues…-
dijo, antes de saltar a una enorme roca para salvar un negro vacío en el suelo.
Se pisó la túnica, resbaló y estuvo a punto de caer. Le clavé las uñas en el
cuello, el abismo aún en el fondo de mi retina cuando recuperó el pie. – un
susto me sacó de mi época. ¿Yo era muy diferente por aquél entonces sabes? Era
más como tú, viviendo en armonía con el bosque, los animales, las plantas, las
setas… Pero de repente me encontré en el año 2013, el infierno más aterrador
que jamás hubiese podido imaginar. Pero cuando me recuperé de la conmoción, le
cogí el gusto a viajar por el tiempo, para abreviar, tengo ya pase VIP en la
autopista interdimensional… No importa – dijo, al notar que me quedaba perpleja
dando botes en su hombro mientras renqueaba a duras penas sobre las piedras.
Rogaba para mis adentros que no quedase mucho ya.
-
Ahora
que lo pienso… ¡Qué tonta! ¡Todavía no sé cómo se supone que debo llamarte!
¿Cuál es tu nombre real?
Me quedé callada.
-
¿Y
bien?
-
No
consigo recordar mi nombre. Desde siempre he sido Andrómeda, y no siento que
sea otra cosa.
-
Bueno,
un nombre es cosa poderosa. Yo misma olvidé el mío hace mucho tiempo, lo que
son las cosas. Tan empeñada estaba en ocultarlo para que nadie pudiera usarlo y
conjurarme…Y por la falta de uso lo perdí. Después me llamaba a mí misma Cat
por llamarme de alguna manera. Y resulta que me gusta, y no pienso soltar ese
nombre. ¿Cómo me dijo la arpía esa que me llamo ahora? ¿Alfalfa?
-
Artemisa.
Es un nombre precioso, el que te ha tocado en suerte. Es uno de los de la
Sagrada Diosa, la Madre de todas las cosas…
-
Lo
mismo da. No lo quiero.
-
Pero
es que es el nombre de tu nueva naturaleza como Encantada…
-
Tú
llámame como quieras, y el resto de enjambre de hadas igual, no voy a dejar de
ser quien soy por un intercambio de ropas y un contratiempo sin importancia…
-
¿Un
contratiempo sin importancia? ¡Me han desterrado!¡Me han quitado mis poderes!
¡Y ahora soy del tamaño de un ratón, cargando con una escoba descarriada y con unas ganas de potar que…! – Enmudecí ante la
barbaridad que había estado a punto de soltar. ¡Sagrada Diana! ¿Qué me había
pasado?
-
Vamos,
vamos, que no es para tanto, ¡cálmate Andrew!
-
¿Cómo
dices?
-
Es
que Andrómeda es muy largo.
Estuve a punto de responder el exabrupto más grande que se me
pudiera ocurrir en 200 años de andar por el mundo, cuando un resplandor
intensísimo nos cegó a las dos.
-
¡Oooooh!
Ante nuestros ojos había aparecido la ciudad más portentosa que se
pudiese siquiera soñar. Las rocas erosionadas por la sal del mar habían mutado
a nuestros pies en baldosas suaves del tono más bello de lila imaginable. El
sendero serpenteaba hasta la Ensenada de las Hadas, flotando sumergida de un
mar de estrellas, que se extendía hacia arriba hasta donde pudiera alcanzar la
vista. Detrás de la Ciudad de las Hadas se veía la pared de firme roca, por la
que descendían cataratas de agua cristalina, cayendo desde el infinito.
Cuando Cat espabiló, se puso en marcha, con la vista fija en los
edificios de brillantes piedras preciosas formando paredes de alabastro,
puentes ribeteados de oro, arcadas surcadas de hilos de plata, grutas de
diamante y torres puntiagudas que cegaban con su imposible belleza.
El resplandor violáceo parecía surgir de la cúspide de la torre
más alta, donde yo sabía que descansaba la Piedra de Gaia, el punto de Energía
Vital que alimentaba Ciudad Amatista Entera y que según decían las leyendas
había sido otorgada por la mismísima
Diosa Madre a la primera Reina de las Hadas para fundar la ciudad y difundir su
manto protector por la tierra.
La visión de la Piedra de Gaia era tan sobrecogedora que incluso
la eternamente parlanchina Cat se había quedado sin palabras. Yo también me
sentía conmovida, como tantas otras veces que había visto la Ciudad de las
Hadas, y siempre me sentía como la primera vez. Pequeña, insignificante, ante
el poder y la magnificencia de la Madre Naturaleza y sus designios. Añoraba mi
vida como Hada y poder recorrer de nuevo aquellas calles mágicas libremente,
sintiendo bajo los desnudos pies la tibieza de las baldosas de amatista, y
escuchar la meliflua música de las torres más altas, donde las hadas cantan
mientras embellecen su sagrada ciudad.
Rogué en silencio por si alguien podía escucharme todavía para que
aquella extraña sociedad se disolviera cuanto antes posible, y poder retornar a
ese mundo encantado, mi mundo, y ningún otro.
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