Llamando a la Tierra

Imaginar es gratis

jueves, 9 de octubre de 2014

El cuarto de las hadas



Cat, la joven Aprendiz de Bruja, se ha retirado. En algún momento de sus andanzas a través del tiempo decidió que era momento de sentar la cabeza y buscar una época en la que establecerse y hacer algo de provecho y bien remunerado como, no sé, inventar un crecepelo para elefantes. 

Finalmente decidió volver a las primeras décadas de cierto siglo tumultuoso, cuyos habitantes por castigo aún no acaban de entender muy bien qué les deparará, con tan sólo el calentamiento global ya hay tema para rato. Y todo lo demás ya, o se toma con filosofía o el siglo va a acabar muy, muy, muy mal parado. Lo que sí está bastante claro es que pocas producciones musicales pasarán a la historia. Y antes de que se me echen los cuervos a los ojos, compárese la música del siglo XXI con las tan laureadas décadas 60’s, 70’s, 80’s… greatest eternal hasta la saciety hits. ¿Y cómo se la llamará? ¿Música de los nuevos años 20? 

Pero volvamos a nuestra bruja. Decidió que lo mejor para este siglo cochambroso era sacarse una carrera que luego no le sirviera para nada, tal y como estaba de moda, y  dada la edad que aparenta tener (yo no la sé, y no me la quiere decir) recaló en algún momento de 2009 y se interesó por la carrera de Física en la Universidad de Valencia. Por hacer algo. Y durante los 5 años siguientes no se dedicó a mucho más que a la carrera de marras, con resultados en ocasiones desastrosos, en ocasiones bastante satisfactorios. Pero no entremos en materia. No vale la pena. De verdad. 

En 2013 vio a su yo del pasado, es decir, su versión del siglo XV aterrizar de bruces por accidente en este siglo tan feo en plena noche de Halloween, hablar como una auténtica pringada y asustar a todo bicho viviente más o menos digno disfrazado de fantasma, vampiro, bruja o calabaza. Se meaba de risa viendo a la chica del siglo XXI, Scarlett, alucinar con la pelmaza con la que se había tropezado, que hablaba muy raro y olía peor, desamparada en un mundo completamente incomprensible para ella. Pero bueno, esta historia ya se conoce, es con la que empezó todo este jaleo.

¿Que cómo una viajera del tiempo coincide con su yo también viajero del tiempo en una época que no pertenece a ninguna de las dos y el universo no estalla en mil pedazos? Pero bueno, hemos luchado ya con gemelos compuestos de antimateria en un punto del espacio-tiempo en el que ni siquiera se ha hecho aún la luz. Esto son nimiedades comparado con aquello. Y se soluciona con un “sucede tal y como tiene que suceder, si en 2013 no hubiera venido alguien del siglo XV por accidente ese alguien no estaría de nuevo en el mismo año viéndose a sí mismo.  Las líneas temporales se cruzan y entrecruzan y no se lían de milagro” y cosas de esas.

Pero más divertido aún fue ver la cara de Scarlett cuando, una vez desaparecida su yo-a-la-que-le-faltaba-un-hervor de vuelta a su época, se encontró de frente con la Cat actual, la trotamundos que se ha cansado del turismo y pretende quedarse ya en una época como jubilado que recala en Benidorm pa’ siempre. 

Esto sucedió el día 1 de Noviembre de 2013 al anochecer, según fuentes fidedignas, y después de que la pobre Scarlett se recuperara de demasiadas emociones extrafuertes en menos de 24 horas y de que le explicaran al menos dos veces todo lo que había hecho aquella tía tan rematadamente rara desde que había desaparecido hacía apenas 10 minutos, para personarse después con el pelo rojo, corto y despuntado en todas las direcciones, con ropa de colorines y una escoba que petardeaba alarmantemente con un montón de cosas colgando y burbujeando, al fin pudo seguirse la historieta. 

Cat pasó ese curso en el piso de estudiantes de Scarlett, en una convivencia bastante pacífica. Esto es, con algunos roces provocados por explosiones sin sentido detrás de la puerta de la bruja a horas intempestivas, la aparición repentina de animales domésticos y no tan domésticos paseándose por el recibidor, el mareante e incesante olor de velas aromáticas por doquier y el eterno despiste de Cat respecto a las tareas domésticas. Pero con todo, también era una buena compañera, y disfrutaban de largas charlas a la luz de las velas, paseos estimulantes por el parque  y de la afición conjunta por la repostería. Scarlett lo cocinaba y Cat se lo comía.

En apenas un suspiro era septiembre nuevamente, y ambas muchachas se mudaron a una nueva casa, una vivienda unifamiliar con dos plantas y desván, y un alquiler increíblemente asequible. Parecía cosa de magia. 

Los días pasaron entre cajas de mudanza, y llegó la fecha tan especial del Equinoccio de Otoño, un día señalado para una bruja como Cat. Estaba decidida a celebrarlo por todo lo alto. Incluso tenía ganas de cocinar. Eso podía acabar en tragedia, pero, qué demonios, ¡había que intentarlo! 

Hoy en día es una tradición que se ha perdido, pero en otros tiempos la celebración del Equinoccio de Otoño era algo natural.  Una de las fiestas de la cosecha en la que los campesinos daban gracias por lo que habían podido arrancarle a la Tierra y despedían al Sol dado que a partir de entonces los días se tornaban más cortos y las noches más largas y frías. Eran fechas cargadas de magia ancestral y simbolismo, en las que una bruja responde con todo su ser a ese momento de la rueda del año en el que se equilibran las fuerzas de la naturaleza. 

La tradición también indicaba que la bruja en cuestión se está quieta e inicia una etapa de recogimiento y reflexión, pero ésta no. Ésta quería echar la casa por la ventana. 

Por lo pronto diseñó un menú con el que agasajar a su amiga, compuesto por:

v  Crema de calabaza de primero. La exquisita receta del tío Knorr, que había pasado de generación en generación a las codiciosas manos de las mujeres de su familia. 

v  Tostadas con queso fresco, nueces y miel. Todo sabe mejor con miel, y además es muy otoñal, claro.

v  Revuelto de setas con ajo. En sus tiempos solía salir a triscar por los montes a recoger setas. Hoy en día ni hay setas ni champiñones ni nada por el bosque, sólo detritus barrocos.

v  Unas delicias indias que le suponían un auténtico vicio desde que irrumpió en el siglo XXI. Las podía preparar ella o comprar en el barrio chino. Difícil elección. 

v  Manzanas asadas. Su plato preferido de todas las épocas. ¡Y aderezado con canela! La gente de este siglo no sabe lo afortunada que es en cuanto a especias. Nadie aprecia las especias. 

En realidad no era menú diseñado especialmente para la ocasión. Dada su habilidad en la cocina, ese menú tenía 500 años de antigüedad, reutilizado y reciclado todas las veces que fuera necesario. Excepto las samosas, claro está. Eso se había incorporado desde que descubrió la tienda china de la esquina. 

Aquella tarde comenzó a preparar su cena, con mucho mimo y cuidado en seguir las recetas. Las tostadas le salieron a la perfección, aunque un breve ataque de irritación casi quemó la miel.  Las samosas precocinadas también se comportaron como tocaba, y las manzanas, aunque un poco blanduchas quedaron muy ricas. ¡Si es que al final cocinar es fácil!

El lío empezó con la crema de calabaza. Sencillamente aquello no tenía la pinta que ella recordaba. Y burbujeaba de una forma muy extraña. Además nadie le había explicado aún ese concepto de “fuego mínimo” y era muy irritante la lluvia de calabaza hervida. ¡Donde estuviera un buen caldero…!

Finalmente, el revuelto de setas, como no podía ser de otra manera, se pegó a la sartén, cuyo antiadherente dejaba mucho que desear, aunque tampoco era todo culpa del menaje, pero la cena estaba bastante decente. Scarlett agradecía mucho el detalle, aunque se preguntaba qué había podido pasar para que apareciera esa enorme mancha negra desde los fogones hasta el techo, por cierto, salpicado de puré de calabaza. Ni que nadie enfadado hubiese lanzado una maldición a la cocina. Esa sartén nunca volvería a ser la misma. 

Mientras cenaban a la luz de un bonito centro de mesa de velas aromáticas y hojas caídas (y guirnaldas de flores, todo muy primoroso), escucharon un ruído.

v  ¿Qué ha sido eso? – dijo Scarlett, parando de comer y prestando atención.

v  ¿El qué? Yo no he oído nada. – dijo Cat, farfullando con la boca llena de manzana asada. 

v  ¡Eso! ¿De verdad no lo oyes? – insistió Scarlett, ya levantándose de la mesa. Cat agudizó el oído.

v  Sí, ahora que lo dices…- parecían golpecitos contra el suelo. Ambas miraron hacia el techo - ¿viene del desván? 
 
v  Serán ratones…¡Mierda! Un problema más a sumar a todos los que llevaba la casa…y lo que no es la casa. – dijo mirando a Cat.

v  Qué graciosa…Será mejor que subamos a ver qué pasa.

v  ¡Ay, qué asco! Bueno, si no hay más remedio…Vamos.

Las dos, pertrechadas de linternas – porque cómo no, la luz del desván no funcionaba – subieron a inspeccionar esa parte desconocida de la casa. Era una habitación que habían tratado de evitar, dadas las toneladas de basura que esperaban encontrar. 

Y no se equivocaban… O al menos en apariencia. Prácticamente bloqueando la puerta estaban los antiguos muebles de la casa, junto con pilas y pilas de cajas de viejos electrodomésticos y papeles desperdigados de cualquier modo. Avanzaron apartando jaulas, cuadros, lámparas, utensilios de todas clases, esperando ver salir de un momento a otro alimañas a cada cual más asquerosa de entre aquella maraña de trastos. 

En ese momento, llegaron al final del desván, el cual parecía albergar las cosas más antiguas de todas. Era un rincón que también parecía el más ordenado de toda la estancia. Allí podía verse un bello tocador de suntuosa madera, con los tiradores de metal bruñido un tanto oxidados. El reflejo del viejo espejo con manchas distorsionaba la imagen de maniquíes hechos a medida con los vestidos aún puestos, en un rincón lleno de fotos antiguas, de gente mirando a la cámara desde otra época como si ésta les fuera a robar el alma. Había una muñeca de porcelana de hermosos rizos rubios y con un bonito vestido azul sentada en una mecedora, y trenes y cañones de juguete que harían las delicias de niños vestidos con encajes, cuyos trajecitos seguramente reposarían en el hermoso arcón del fondo, rodeado de mesitas cubiertas de libros polvorientos pero con los lomos dorados y burdeos brillando, esperando a ser leídos de nuevo. 

Cat se agachó a examinar una pieza que le había llamado especialmente la atención: un carrusel blanco con  los exquisitos caballos en su sitio, paralizados en la melodía de la caja de música inacabada. Tocó maravillada uno de los postes, y algo se movió. Levantó la cabeza y la miró. Con su larga melena del color del cobre envolviendo su cuerpecito desnudo, del que salían dos alas irisadas. 

Un hada. 

Como si el movimiento de ésta hubiese sido una señal silenciosa, empezaron a salir más de entre los recovecos de aquél rincón del desván. Una había estado durmiendo dentro del tren de juguete, otra, con la melena rubia y un par de anteojos diminutos se desperezaba en el regazo de la muñeca. Había varias observándolas desde el tocador y unas cuantas asomaban desde dentro de un juego de té en la mesita de la esquina. 

Entonces Cat notó que algo se desplomaba a su lado. Completamente desmayada.



-Aaah, ya vuelve en sí- escuchó decir Scarlett, entreabriendo los ojos. Notó entonces un gran dolor de cabeza – Sí, te has dado un buen golpe. No te muevas demasiado. 

Cuando Scarlett consiguió enfocar la vista, presenció una escena asombrosa:

Estaban en el salón. La mesa todavía lucía puesta como durante la cena y ella estaba echada en el sofá con una toalla con hielo en la cabeza – eso explicaba el frío chorro de agua que le caía por la espalda. En el centro de la habitación, una bruja conversaba con un grupo de hadas. Una escena tan cotidiana y natural como el televisor encendido que tenían al lado. 

v  Empecemos otra vez. ¿Por qué decís que estáis en mi casa? – decía Cat, armándose de paciencia.

v  Porque estamos débiles, cansadas. Esta Tierra está muy enferma. – respondieron con unas vocecillas agudas y entremezcladas.

v  ¿Y eso qué tiene que ver con nada?

v  Este lugar tiene mucha magia. Es en parte tuya…y en parte de la casa. Es el único sitio en el que somos un poco más fuertes…

v  Genial. Hemos ido a parar a una casa encantada.

v  Es la magia de los recuerdos…

v  Sí, esto, muy bonito. ¿Y cómo demonios – las hadas soltaron un respingo – habéis llegado hasta aquí? No sois de esta dimensión. Vuestro lugar es la tierra de la imaginación. 

v  Caímos por un agujero abierto en el aire, pero no sabemos cuándo. Las hadas tenemos muy poca memoria. Lo siguiente que recordamos es haber sentido que nos moríamos en vuestra Tierra, y que los bosques no nos sirven de ayuda. Están enfermos, muy enfermos…- las hadas parecían a punto de llorar. – Y necesitamos tu ayuda para volver a casa, sino, no sobreviviremos una estación más…

v  Bueno, os puedo llevar de vuelta a la dimensión de la imaginación, no será un viaje muy largo.

v  No sobreviviremos a él…Estamos muy débiles…

v  Genial. ¿Y qué se supone que podemos hacer?

v  Debemos coger fuerzas antes de partir…Para eso necesitamos que el vigor de la estación que está empezando, un momento mágico en el que las fuerzas de la naturaleza están en armonía y el bosque bulle de vida, pues guarda su magia latente en cada una de sus raíces y en lo más profundo de su corazón hasta que termine la Estación Oscura…

v  Si vosotras lo decís… 

v  Es el único momento y ningún otro…

v  ¿Entonces necesitáis ir a un bosque o un parque cercano?

v  No es tan sencillo…Este mundo está perdiendo toda su antigua fuerza. Los humanos os habéis convertido en una plaga, sólo tomáis y nada devolvéis a la madre naturaleza…Las estaciones ya no se suceden como deben, y la rueda del año amenaza con romperse, con la desaparición de la vida conocida y el cielo tornándose gris y el aire veneno…

v  ¿Y qué puedo hacer yo? ¡No puedo frenar el cambio climático! – Cat poseía una aguda conciencia ecológica, y se hacía eco de la gravedad de las palabras de las hadas. Superado el horror inicial de ver en qué se había convertido el mundo en el siglo XXI había tratado de llevar una vida lo más ecológica posible, pero no se le había ocurrido que podía emplear magia. 

v  Sólo necesitamos que la estación vuelva por un tiempo a una zona boscosa, que la traigas con nosotras para que podamos tomar fuerzas de su inmensa energía y entonces podremos marchar y podréis seguir vuestras vidas en este planeta moribundo…

v  Y se suponía que las hadas eran simpáticas…

…Si es que no hay manera de retirarse.

Cat, como buena bruja tenía su propio Libro de Sombras, un legado de toda la sabiduría, prácticas y rituales escrito por cada una de las mujeres de su familia, hasta llegar a sus manos, listo para recibir nuevas aportaciones. 

Un volumen así debería tener un tamaño y un peso considerables – todos hemos visto “Embrujadas” alguna vez – pero a ella desde siempre le había parecido un muerto imposible de transportar con facilidad, por eso se las ingenió para aplicarle un hechizo reductor y ahora tenía el aspecto de un práctico diario que llevar escondido entre los (múltiples) pliegues de su ropa. Aunque el libro tenía algo que decir al respecto. El volumen, aunque reducido, debía hacer aparecer las páginas correspondientes de la entrada consultada y con letra legible y en lengua actual, pero ofendido por su pérdida de empaque en ocasiones las borraba, cambiaba los colores u obstinadamente las sacaba pegadas entre sí como con loctite.

Así que Cat se armó de paciencia para una sesión de amenazas al libro para que mostrase lo que necesitaba, sin aspavientos. Sabía que el conjuro en cuestión se encontraba entre sus páginas y no la iba a despistar con trucos. Se lo subió al cuarto de las hadas, un lugar con una atmósfera especial, cargado de magia y secretos del pasado, una historia en cada esquina.

El cuarto afortunadamente proporcionó un atril en el que depositar el orgulloso libro e inició la búsqueda de la página deseada, con un único espectador en la forma de un gato negro que la observaba desde un sillón mullido. A ese gato ya lo conocemos, pero con todo el jaleo anterior aún no habíamos notado su presencia. 

v  Venga, librito bonito, sabes lo que busco, enséñamelooo… Vamos, oh, libro sabio entre sabios, muestra tu sabiduría. Enséñame cómo traer al Otoño de vuelta… Venga, futura hoguera, ¡saca las malditas páginas o terminarás en la chimenea! 

v  Guau, qué místico ha sonado eso.  – dijo Scarlett entrando en el desván. – Se ve que tenía una idea muy equivocada de la brujería. Se ve que también valen las amenazas a libros. – completó con una sonrisa burlona, sentándose cerca del gato negro, el cual toleró su presencia. Por el momento. 

v  Tú también estarías nerviosa si te hubiera tocado una tarea como ésta. ¡Y el maldito libro no colabora…! ¡Será…! – logró dominar sus impulsos asesinos en el último momento y acarició el lomo del obstinado libro. Para su sorpresa, sonó algo parecido a unas campanillas y el libro se abrió por la página que buscaba.

v  ¡Ala! ¡Eso sí que ha molado! ¿Por qué no lo habías hecho antes? 

v  No lo he hecho yo, ha sido el libro. Porque una caricia en el momento idóneo hace maravillas, supongo. Dentro de media hora el truco ya no servirá si está de morros otra vez.

v  Fascinante. Bueno, ¿qué dice?

v  “Receta de Otoño. Utilizar con precaución” De la tía abuela Elisa, fechado en 1480. No  olvidemos que ella misma había nacido en 1491, pero se conservaba muy bien. Cat leyó las primeras palabras del conjuro. 

v  Seguramente “alguien” no lo usó con precaución y provocó alguna que otra catástrofe, como la que se tragó a la Armada Invencible.  Hoy en día el mundo entero hablaría español de no haberse dado tan desafortunado incidente. Afortunadamente no fue mi culpa no estar para evitarlo, dado que entonces hubiera tenido unos 97 años y no habría sido de mucha ayuda…- dijo entre dientes, hablando para sí misma y tratando de convencerse de algo que acababa de aparecer en su mente. 

v  Puede que no aparentes tus 523 años de vida pero se te va la olla como una vieja loca. ¿Quieres leer de una vez el conjuro y acabar ya con esto? Si es que la demencia senil…

v  ¿Eh…? ¿Qué dices? ¡Un respeto niña! Digoo…¡Vete a la mierda! ¿Se dice así ahora no? En fin, sigamos.

            Receta de Otoño  -  Utilizar con precaución
Elisa - 21 de Septiembre de 1480   

Para atraer la magia otoñal, los siguientes ingredientes se deberán usar:
v  30 lluvias
v  10 tormentas en el horizonte
v  Vientos fuertes de los cuatro puntos cardinales. Cuatro serán suficientes.
v  Resfriados. No es Otoño sin resfriados.
v  Árboles dorados y marrones
v  Lechos de hojas
v  Frío en el cuerpo y calidez en el alma. Todo está mejor con una buena chimenea.
v  Flores de la estación: caléndulas, pensamientos, ranúnculos, crisantemos, girasoles, violetas. Que no falten las violetas.
v  Plantar bulbos de jacintos para que florezcan en primavera.
v  Para recolectar: manzanas, uvas, nueces, almendras, setas y champiñones.
v  Para Otoño en la cocina: Pastel de calabaza, manzanas asadas con canela, revuelto de setas con especias, crema de calabacín, zumo de frutas rojas, natillas con galletas, almendras garrapiñadas.
v  Mucho té. Un buen té inspira y une a la familia siempre. 
  
Cat sonrió al leer las anotaciones de la tía Elisa con su letra apretada y destilando su alegría y amor por su hogar en cada palabra. La sonrisa pronto se transformó en una hecha de nostalgia, al pensar en todos los miembros de su familia que ya no pisaban la tierra, que se habían llevado sus pensamientos, creaciones, risas y mimos a un lugar donde no podía seguirlos. 

Una lágrima cayó en la página encantada, escrita por Elisa hacía 534 años. La primera gota de lluvia en un año, hecha de añoranza por tiempos pasados de familia reunida en torno al hogar, refugiados de las tormentas de octubre, contando historias atemporales aprovisionados de bebidas calientes.  Y se escuchó un trueno en la lejanía.

Las nubes bajas que habían cubierto el cielo de septiembre se arremolinaban con rapidez, transportadas por un viento repentino venido del norte. Pronto comenzó a llover, con el cielo desgarrado con relámpagos en el horizonte. 

La tormenta estaba aún lejana. Scarlett y Cat se miraron, y la bruja miró el libro. La página estaba en blanco, tan sólo quedaba la última de las recomendaciones de su tía Elisa.

v  Se deberá conjurar al Otoño un 21 de Septiembre con luna semi nueva, una sonrisa en el firmamento que bendecirá el conjuro. 

Esa misma luna brillaba en el cielo esa noche. 

Las dos jóvenes corrieron abajo y abrieron la puerta de la calle. Grandes nubarrones grises se arremolinaban sobre el gran parque de enfrente de la casa. El aire olía a humedad, y una suave brisa se levantaba, rozando sus rodillas. Parecía que la tormenta iba a descargar allí mismo.

Pero nada sucedió. Las nubes seguían en suspensión pero no había lluvia. La brisa iba y venía pero no adquiría fuerza. Las hojas de los árboles se estremecían en sus ramas pero parecían tan verdes y veraniegas como siempre. El aire vibraba de electricidad estática, pero todo parecía estar esperando…algo.

O a alguien.

-          Me parece que te queda trabajo por hacer.

-          Eso parece. ¿Se supone que debo…provocar la lluvia?

-          Y el viento, y la caída de las hojas, y vestirte de espantapájaros y recolectar calabazas…en ese libro tuyo había mucha cosa.

-          Genial. ¿Entonces qué? ¿Se supone que debo crear un anticiclón en las Canarias y una borrasca en las Baleares para que haya un viento aceptable? 

-          Y darle una patada a esas nubes vagas para que llueva.

-          Pero…Eso no es tan sencillo…La entropía sube…y baja…¿y por eso llueve? Ay, ¿por qué la física es tan rematadamente complicada?

-          A mí no me mires, no sé de qué rayos hablas. Rayos. Necesitas algo más de eso. En fin, tú a lo tuyo. Yo me voy a hacer el huertecito de marras otoñal y tú date prisa, que parece que vaya a explotar el clima.

-          Eso, y yo…me arriesgaré a que me parta un rayo. Es lo peor que podría pasar.

A modo de confirmación un estruendo retumbó en aquella masa nubosa, cumulonimbos  de pata negra, conjurados por magia blanca e ignorante de cómo seguir sin provocar una catástrofe. 

O al menos evitar un mal mayor.

Cat se estrujó los sesos. ¿Cómo era aquello que enseñaban en Física de la Atmósfera? Nubes grandes. Sí. Nubes Gigantes. Eso. Con forma de yunque. Eso también. Aunque nunca lo había llegado a ver del todo. Y…

¡Aerosoles! ¡Eso faltaba! Las partículas en suspensión que acelerasen la formación de las gotas de agua. Vamos, mierda flotante. Pero, ¿cuánta haría falta? A ojo de buen cubero… Bah, tampoco importa tanto. Cat se concentró y formó entre sus manos una pelota de… partículas en suspensión. Dejémoslo así. Y la lanzó a la atmósfera. 

Las nubes crujieron de nuevo…Y empezó a llover. Al principio una llovizna fina. Luego un chaparrón. Y luego lluvia torrencial. En ese momento llegó Scarlett, cargada de bultos. Y parecía que iban a empezar a llover perros y gatos de un momento a otro. 

-          ¡Lo has logrado!

-          ¡Eso parece!

-          ¿Pero no te has pasado un poco?

-          ¡Eso también lo parece! Me debo haber excedido con el tamaño de las nubes…O en la nucleación de las gotas de lluvia…¡Ay no sé…!

-          Con que no te hayas traído el monzón…Aquí tienes todo lo necesario para la recolección, y una cornucopia de plástico con que ofrendar a nuestras amigas las hadas, que por cierto podían mover su culete brillante y ayudar en algo. No sé, con polvo de duende crece- cucurbitáceas. 

-          No estaría mal. Nunca dominé el arte de cultivar alimentos transgénicos. ¿Te imaginas comerte una patata tratada con magia? 

-          Soy incapaz de imaginar las consecuencias.

-          Pues hay teorías bastante justificadas que hablan de cráneos con forma de calabacín…

-          Céntrate por favor. Viento. Rayos. Hojas caídas. Y por todos los dioses, ¡detén el monzón! – ya no se sabía dónde acababa el agua y empezaba Scarlett. 

-          V-vale. – Se remangó.- Vayamos por partes. Conjuraré los vientos desde los otros puntos cardinales para que se lleven las nubes, o esta lluvia acabará haciendo un agujero en el suelo. 

-          Como quieras. Me voy a buscar a esas hadas cursis a ver si me ayudan con las dichosas plantitas. Ya podrían valer los cactus sintéticos, son igual de decorativos– Y se metió corriendo en la casa, estornudando ruidosamente, cual elefante entrando en una cacharrería. Una cosa menos de la lista, los inevitables resfriados. 

Cat se concentró, dejó viajar su mente a distintos puntos de la geografía circundante a este pequeño país de cuyo nombre no quiero ni debo acordarme, para crear vórtices de altas y bajas presiones que trajeran los vientos deseados, cosas muy complejas basadas en altas y bajas presiones del aire atmosférico, y en isóbaras. Importantes las isóbaras. Y llegaron fuertes vientos desde el Este, el Oeste, y el Sur. 

Y mientras llegaban vientos desde el Este, Oeste, Sur, al encuentro del primero que venía del Norte (nada bueno podía salir de ahí), las tormentas resonaron en la lejanía. A pleno pulmón. Hasta temblaba el suelo. Parecía que el cielo se fuera a desplomar sobre sus cabezas.

-          D-de acueeerdoo…Lluvia, tormentas asesinas…Mi reino por un pararrayos… Y ahora los árboles. ¿Cómo narices hago que se les caigan las hojas? 

-          Las hojas caídas son marrones. Eso es porque pierden clorofila. Si se la modificas cambiarán de color. 

-          ¿Clorofila? ¿Ahora tengo que afinar mi magia a nivel molecular? Malditos sean todas las hadas, duendes y toda la morralla feérica de…

-          ¡Calla loca! ¡Harás que caigan muertas y todo este esfuerzo no habrá servido para nada!

-          ¡Demonios! ¡Es verdad! Porque si no, las estrujaría con mis propias manos…- dijo con una sonrisa siniestra.

-          Céntrate.

-          ¡Eso! ¡Clorofila! ¿Y eso es…?

-          Una célula hecha como con pilarcitos de botones verdes.

-          Comprendo. Allá voy. 

Cerró los ojos y visualizó los árboles. Sintió sus profundas raíces hundiéndose en la tierra, bebiendo ávidamente del agua de lluvia, la vida subiendo por los recios troncos, extendiéndose por todas las ramas. Y allí estaban las hojas. Mirando más de cerca se veían compuestas por miles de membranas, encajando como piezas de puzzle perfectas. Y acercándose más ya veía multitud de esas células tan curiosas como son las de la clorofila, por llamarlas de alguna manera. Formuló una orden.

Y la hoja empezó a arder.

-          ¡Así no, bestia! ¡Quemarás el parque! – Afortunadamente la lluvia continuaba, y Scarlett moqueaba. El fuego se extinguió tan rápidamente como había venido.

Cat se concentró de nuevo…Y ante sus ojos las hojas pasaron de un verde intenso a un amarillo dorado, para pasar a un marrón suave, y finalmente caer, mecidas por los vientos, formando una alfombra crujiente a sus pies.

-          ¡Hurra! 

Y bueno, citando  la muy conocida ley de Murphy por la cantidad de víctimas que deja a su paso, “si algo puede salir mal, saldrá mal”, o lo que es lo mismo, “si jugando con centros de bajas presiones te puede salir un huracán, ten por seguro hará”.

-          ¡Aaagh!

Efectivamente, ante sus horrorizados ojos surgió un ciclón, en mitad de un pequeño parque de una ciudad pequeña. En un país de cuyo nombre no quiero acordarme pero donde los huracanes no existen.

Era un ciclón pequeñito, dado que se trataba de recrear el Otoño a nivel local no se había liado del todo la mandanga. Pero era lo suficientemente grande para empezar a causar estragos. En ese momento se estaba cebando con un pobre árbol, que se aferraba desesperadamente con sus raíces al suelo.

Oh, por cierto, y seguía lloviendo, y mucho.

-          Veamos…Esto pretendía ser un rinconcito bucólico en el que existiera la estación del Otoño de ESTE hemisferio el suficiente tiempo para que las hadas hicieran lo que deben y se largaran, ¿y qué tenemos? Ah bueno, una lluvia que hará crecer el Amazonas de un momento a otro, el cielo va a caerse sobre nuestras cabezas, y ¡te has traído al huracán Katrina! ¿¡Es que quieres matarnos!?

-          Exagerada, si es un ciclón pequeñito. Casi como el Demonio de Tasmania.

-          Yo a ti te mato. 

-          Luego. Antes debo arreglar todo este estropicio. Piensa, piensa, piensa…- murmuraba entre dientes. 

-          Tú haz lo que quieras pero que desaparezca el clima tropical este rápido, será muy difícil de explicar a los meteorólogos…yo me vuelvo con las hadas, que las he dejado con las plantas y no me fío. Me contentaré si no les han salido ojos a las calabazas o han recreado dentro de casa El Bosque Encantado…- dijo Scarlett entre estornudos y corriendo hacia el interior de la vivienda. 

Cat debía detener el encantamiento, que en esos momentos se encontraba en su apogeo, parecía de verdad que la furia de los elementos se hubiera concentrado en aquel pequeño parque. Pero para hacerlo no tenía ni idea de cómo proceder. Si trataba de contrarrestar el efecto de todas las variables meteorológicas alteradas mágicamente se arriesgaba a traer el desierto a ese ya de por sí secarral que ya había perdido las estaciones de entretiempo. 

Si lo dejaba tal y como estaba, obviamente también mal. Antes de que el ciclón terminara con esa calle posiblemente Scarlett ya la hubiera asesinado, pero se debía turnar con los científicos alelados por la aparición de todo un microclima de otra parte del mundo.

Lo único que se le ocurría hacer era invertir el conjuro que había dado lugar a todo ese lío. El conjuro de su Libro de Sombras. Que se había borrado tranquilamente sin dejar una mísera pista de cómo detenerlo o deshacerlo. Estupendo tía. 

Aun así sacó su libro del bolsillo – no la hemos visto metérselo ahí pero libro y bruja son inseparables, seguro que se lo ha guardado cuando no mirábamos – y  trató de buscar afanosamente un contrahechizo, sin resultado. Maldijo todos los infiernos y rogó por una solución.

En ese momento, el libro cayó al suelo, abierto, y permaneció milagrosamente seco mientras sus hojas pasaban solas a velocidad vertiginosa hasta detenerse en una página que decía:

Hechizo para restaurar el equilibrio  -  Utilizar en caso de sobrinas distraídas.
Elisa - 21 de Septiembre de 1480    

Si algún conjuro salió mal o la bruja perdió el control, algo deberá recordar:
Para traer de vuelta el equilibrio, para que todo vuelva a su lugar,
Si los elementos se descontrolan, el caos no debe reinar,
Si todo empezó con agua, al viento deberás llamar.

Y se acabó. Qué manía tenían todos en el gremio de usar acertijos. Por una vez podrían dejar las cosas claras. Aún fastidiada por la información incompleta, Cat no pudo evitar, en medio de aquel caos, reírse, puesto que parecía evidente que tía Elisa meditó acerca de las posibilidades de que cierta sobrina suya recurriera al libro y de las consecuencias que pudiera adecuar, introduciendo el mismo día, y podría jurar que casi inmediatamente después de escribir el primer conjuro, un contrahechizo por si las moscas. 

Pensándolo bien, no sabía si debía sentirse ofendida. Un trueno aterrador le recordó que no. 

¿Qué era eso de “Si todo empezó con agua, al viento deberás llamar”? Por muy místico que sonara, no ayudaba en nada. Agua y viento había por todas partes, eso saltaba a la vista.Tía Elisa había dispuesto este contrahechizo pensando en otro conjuro fallido, seguro, pensó fastidiada, chorreando litros y litros bajo aquel cielo inmisericorde, al borde de la desesperación. 

Pero espera…”Todo empezó”… ¿cómo había conjurado el otoño? ¡Con una lágrima! Por la nostalgia que sentía, ¡y eso había traído las tormentas! “Al viento deberás llamar”…Si la lágrima había venido de ella y de sus profundos sentimientos, ¡el viento mágico también! Excitada, se dispuso a actuar. Pero no debía hacerlo mal esta vez. Y pensándolo bien, tampoco tenía muy claro qué debía hacer exactamente. Como no fuera soplar…

¡Soplar sobre las letras del conjuro! ¡Eso era! Pero previamente se envolvió en la imagen del otoño que había querido traer a ese rincón del mundo, un otoño dorado, apacible, en equilibrio. En el tiempo presente, con los buenos amigos de entonces, su nueva familia.

Cerró los ojos y sopló sobre la página del libro encantado…


Y no se atrevía a volver a abrirlos.

Al menos parecía que el estruendo de los elementos en guerra había cesado. 

Abrió un ojo…Y después el otro. 

Frente a ella estaba el parque de siempre a la luz de la sonrisa de la luna. Sin nubes tormentosas, sin vientos huracanados, aunque algunos jirones de algodón jugaban a las luces y sombras con la pálida luz lunar, sobre un lecho crujiente de hojas mecido por la brisa. El ambiente era fresco y olía a nuevo, a tierra y agua, con cierto toque de leña quemada en la chimenea de dentro de la casa. 

Scarlett salió de la casa, seguida por el gato negro, al que no se le había visto el pelo desde que comenzase la tormenta. Menudo espíritu familiar.

La joven portaba una bandeja interesante. Llegó a la altura de Cat y contempló con ella el rincón bucólico otoñal que tanto le había costado conjurar. Le tendió una taza de chocolate caliente.

-          Buen trabajo. Lo has logrado. Ya creía que saldríamos de aquí en barca.

-          Gracias. – dijo Cat, admirando su obra, después de haber escondido los estragos de un clima descontrolado debajo de la alfombra. Menudencias. - ¿Qué es eso? – preguntó, mirando la bandeja.

-          Esto es lo que quedaba de las exigencias del conjuro del otoño perfecto. Mientras te peleabas con los elementos, he hecho pastel de calabaza, manzanas con canela y almendras garrapiñadas. ¿Que de dónde he sacado todo esto? Bueno, he mantenido una pequeña charla con las hadas causantes de todo este lío, y han contribuido a que creciera todo mucho más deprisa. Tenemos ahora mismo un frutero muy bien surtido. 

-          Bien hecho Scarlett. 

-          Bah, no ha sido nada. Aunque más te vale encontrarme un remedio para la pulmonía…¡Atchís!

-          Todo a su tiempo.

Y así, tocando a su fin aquella noche tan mágica, las dos amigas dispusieron en el merendero del parque una mesa bien surtida para saludar al Otoño como es debido, bajo un pino que bien podía ser el más anciano de la arboleda.

En el centro, el frutero que hacía la función de cornucopia, con los frutos del tesón y el trabajo en equipo. Manzanas brillantes junto a calabazas de un anaranjado intenso, rodeadas por racimos de jugosa uva negra. El aire fresco de la madrugada se llenaba con el aroma de la fruta madura y de las delicias de Scarlett, el suculento pastel de calabaza y frutos secos se deshacía en la boca como la melaza. Las manzanas asadas y las natillas entusiasmaron hasta a las hadas, que como todo el mundo sabe se pirran por la fruta, el dulce  y la leche, y según salían por la puerta parecían centellear más, brillando con las primeras luces del amanecer. El gato también dio buena cuenta de las cremosas natillas, espiando con ojos malévolos a las hadas, a las que seguramente tomaba por ratones. 

Coronaba el festín un centro de mesa de exuberantes colores otoñales, de las flores más bellas de la estación: los ranúnculos, las caléndulas, los pensamientos y las violetas, las preferidas de la familia de Cat durante generaciones.  El Sol despuntaba por el horizonte y la charla amigable frente a las viandas compartidas se había transformado en un momento suspendido en el tiempo, contando historias atemporales arropadas por luces tenues. 

Se hizo el silencio, el que surge poco antes de un hecho extraordinario, y las hadas se iluminaron con una luz lilácea, dieron las gracias con voces de cristal y desaparecieron dejando un sonido de campanillas en el aire. 

En el lugar que habían dejado brotaron setas, iluminadas por el Sol tibio de la estación dorada.
Cat y Scarlett se quedaron calladas, observando aún el pequeño paraíso que habían creado entre todas, en silencio, acompañadas por sus tazas de té.

-          Bueno, ya ha acabado todo. – dijo Scarlett, con voz suave.

-          Sí… Qué paz se respira, ¿verdad? – dijo Cat, aspirando satisfecha el aroma de la bebida, sintiendo calidez hasta en lo más profundo del alma. 

-          Verdad… - dijo Scarlett, levantándose y dirigiéndose hacia su hogar – Y dado que te sientes tan feliz, espero que te tomes con tranquilidad que…bueno, como lo digo… hicimos crecer todo en tu habitación porque claro, era el lugar con más magia de la casa, a parte del cuarto de las hadas,  y… 

-          ¡Aaaaah! ¿Pero qué es esto? ¿¡Un árbol del suelo al techo!?

-          ¿De dónde querías que sacara las almendras? Tómatelo con calma, mujer, ahora estarás conectada con la naturaleza más que nunca. 

-          Apaga el fuego, anda. Mis libros tienen raíces. Entraré en ignición de un momento a otro.

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