Llamando a la Tierra

Imaginar es gratis

miércoles, 22 de octubre de 2014

Brujerías en una Noche de San Juan



Vamos ahora a relatar lo que aconteció a una extraordinaria joven en la Noche de San Juan. De mitos y leyendas, de encantamientos y maldiciones, de fuego y agua, de brujas y hadas.

Todo el mundo sabe lo que es la Noche de San Juan. Es esa festividad que aprovecha todo joven entre 14 y 114 años para emborracharse a la luz de la luna (todo un homenaje al dios del vino y de la juerga), dejar hechas una porquería las playas y celebrar la fertilidad en cualquier rincón medianamente horizontal. Un claro ejemplo de los rituales sagrados del ser humano.

El origen de dicha festividad no es tan conocido. Resumiendo, los ancestros vivían de lo que les deparaba la madre tierra y su inclemente designio y en las fechas del Solsticio de Verano encendían hogueras para “darle más fuerza al Sol”, dado que a partir de entonces los días se iban haciendo más cortos hasta el solsticio de invierno, lo cual no era bueno. 

Además, esta noche tan especial daba pie a disparar la imaginación de los pueblos prerromanos, que temerosos de que el cielo se desplomase sobre sus cabezas explicaban el caótico mundo que les rodeaba con mitologías que implicaban seres no muy amistosos. Con algo se tenían que consolar. 

El resultado es que la Noche de San Juan, nombre con el que se rebautizó la festividad del Solsticio de Verano, en la que se danzaba alrededor del fuego para protegerse de los malos augurios y llamar a la protección de algún espíritu bondadoso, se corría el riesgo de toparse con seres de diversa índole que, distraídos por la magia del momento, se volvían visibles para los seres humanos, los cuales se sienten irremediablemente atraídos hacia ellos como polillas a la luz, pero que debieran huir en dirección contraria. “Fantasía es una tierra peligrosa, con trampas para los incautos y mazmorras para los temerarios”, como dijera un hombre sabio. 

Para ello se protegían con infinidad de hierbas mágicas, que convenientemente en la Noche de San Juan quintuplicaban sus propiedades, si uno seguía correctamente las instrucciones de preparación y recolección. Siempre estaba uno muy entretenido por aquellos tiempos.

Bueno, como he dicho, todo esto son mitos, leyendas, historias que gente a la que le tocó nacer demasiado pronto inventaba para no volverse loca en un mundo hostil, lleno de rayos y truenos y cosas que mataban a las primeras de cambio. La población humana estaba mucho más controlada entonces.

Pero como suele decirse, todos los mitos nacen de algo de verdad, y los humanos siempre lo han sabido. Aunque son, y siempre lo serán, en gran medida muy ignorantes.

Y he dicho “son”, me he dado cuenta. Claro, es que yo no soy humana.

Al menos no del todo. Digamos que soy algo un poco más complejo, alguien que tuvo mucho que ver con una noche de éstas en la que todo puede suceder, desencadenando una historia de lo más curiosa, la cual he decidido dejar escrita, para disfrute y enseñanza de los incautos humanos.

Un hecho, como he dicho, peculiar, provocado por quien menos me hubiese podido imaginar en mis doscientos años de vida.

Una bruja. Pero no una bruja cualquiera. No, esta olía a viajera del tiempo desde quilómetros a la redonda. 

A las que son de mi especie no nos gustan las brujas. Suelen ser muy entrometidas, para empezar, y no se callan nunca, como pude comprobar para mi desgracia. Generalmente suelen querer tener razón en todo, aunque es algo que debo admitir comparten con mi raza. Sus métodos tampoco son lo que se dice ortodoxos. Y son unas cabezotas, eso es una auténtica pesadilla. Y caóticas. E impacientes. E impertinentes. Las brujas tienden a ser muy pero que muy maleducadas, e impuntuales la mayoría de las veces, aunque hay que reconocerles que cuando se trata de mantener y preservar las tradiciones lo hacen cueste lo que cueste. 

Generalmente.

A ésta se le veían desde lejos las rarezas. Incluso siendo una bruja. Comprendo que este siglo que habitamos es de lo más insólito, pero ella se llevaba la palma. Como ya he indicado unas líneas más arriba, lo cual haré muchas más veces, tiendo a repetirme, gajes del oficio el tener poca memoria y ligereza en el alma, se notaba que no era una bruja corriente, ni siquiera para los tiempos que corren. Había algo en ella que nunca había visto, una sensación de pertenencia a todas partes y a la vez a ninguna que me desconcertaba.

Bueno, me temo que me he puesto a divagar y a adelantar acontecimientos. Si el lector humano es algo avispado habrá deducido convenientemente que los hechos que voy a relatar acontecieron una Noche de San Juan, y ya tenemos en danza a un par de personajes. Por un lado, la bruja rarita, y por otro una servidora, que aún no me he presentado como es debido. Soy olvidadiza, pero lo tengo presente. Todo a su tiempo. 

Volviendo al tema, brillaba una preciosa luna llena en el firmamento, algo que triplica el efecto encantador de la Noche de San Juan, más si hay seres como yo por el medio. Solemos ser muy cuidadosos con no dejarnos ver, pero en noches como esa, en que nuestros mundos, tan diferentes pero a veces tan iguales están mucho más próximos, tendemos a distraernos y olvidar nuestras responsabilidades, arriesgándonos a ser vistos por gente indeseable.

Pues esto fue lo que ocurrió.

Estaba yo sentada al borde de mi cueva, admirando mi reflejo en un pequeño estanque de agua de mar iluminado por la plateada luz de la luna. La perdición de muchas de nosotras es la vanidad, y yo purgué mi error con creces. 

Se ve que dicha bruja andaba buscando plantas para rellenar sus múltiples saquitos colgantes de una escoba alarmantemente extraña, siguiendo la tradición de que muchas de las plantas medicinales y mágicas quintuplican sus propiedades esa noche sobrenatural, y se ve que estaba emperrada en encontrar un trébol de cuatro hojas, pero lo iba a tener crudo porque los caballucos del diablo ya habían pasado por allí y habían arrasado con todos.

Pues como decía, estaba sentada al borde de mi cueva cepillando mi larga y hermosa melena rubia, en un entorno inigualablemente bello, cerca sin embargo de una playa invadida por el inmisericorde ser humano, mancillándola con sus bebidas espirituosas y sus modales obscenos, pero yo trataba de cerrar los oídos a la tierra que lloraba y me había abstraído en mis pensamientos autocomplacientes. Por ello no me percaté hasta que fue demasiado tarde del olor a problemas.

Hasta que escuché una exclamación ahogada.

Y como dicen los humanos: ahí empezó el lío.

-          E-Eres…Eres…¡Eres un hada! – dijo la bruja, con la sorpresa pintada en la cara.
-          Pues sí, y tú eres una bruja, ¿tienes algún problema? – puede que fuera un poco desagradable, trataba de disimular lo contrariada que me sentía al haber sido descubierta.
-          Nada, no pasa nada, sólo que no había visto de cerca a ninguna. ¿Y no eres muy...esto…grande?
-          ¿Y tú no eres muy impertinente? Tengo el tamaño adecuado. Las hadas pequeñas con alas de gasa son un mito humano. Sólo nos reducimos si estamos muy débiles o deseamos pasar desapercibidas.
-          Cosa que tú no pretendías hacer. Prácticamente me he tropezado contigo.

¿A que me entendéis cuando digo que era absolutamente insoportable? Una vez pasado el susto inicial, mi disgusto iba en aumento. La observé con detenimiento, y me irritaba sobremanera su sola manera de estar de pie. No parecía poder mantenerse quieta, y de mirar a todas partes y a ninguna.

Decidí darle una lección.

-          Si yo estuviera en tu lugar no estaría tan tranquila. Resulta que no soy un hada corriente, soy una Encantada, lo cual no sé si sabes lo que significa.

La bruja palideció. Y por fin paró de moverse. Había dado en el blanco.

-          ¿Quieres decir…?

-          Que como me has visto deberás intercambiarte conmigo, sí. – fue una perversidad, lo admito. Aunque sí podía hacerlo, y sólo en la Noche de San Juan y algunas compañeras aún lo hacían,  en realidad yo estaba a gusto como hada y no lo habría hecho. 

Le habría tomado el pelo sólo un poco más, pero la bruja comenzó a hiperventilar, y no tenía tanta gracia.

-          Vamos, vamos, no exageres. Era una broma, no te voy a meter en la gruta por toda la eternidad...- me callé porque empeoraba a ojos vistas. – Que te vas a marear...De verdad, que no te voy a transformar en Encantada.

-          Eso es exactamente lo que vas a hacer. – dijo de repente una voz profunda, como el rumor de un poderoso río resonando entre las rocas. Yo conocía bien esa voz, y me llenó de inquietud porque vislumbré lo que vendría a continuación. La bruja por su parte casi se muere del susto.

El hada se materializó delante de nosotras. Una figura esbelta hecha de luz, plata y cristal, de ojos brillantes y fríos. 

Mi mentora.

-          Debes cumplir las normas, Andrómeda, la mortal deberá ocupar tu lugar, y tú volver al mundo de los vivos. – eso era nuevo. ¿Osaría protestar?

-          Pe-pero, ¿debo hacerlo? La mortal no quiere y yo estoy a gusto aquí. ¡Llevo 200 años aquí! En el mundo de los vivos no me queda nada. Además no estoy segura de que sea del todo mortal…

-          Palabras vanas.- respondió el hada mentora con voz etérea, de timbres lejanos – nuestra existencia depende de la preservación de las leyendas y tradiciones, sin ellas no somos nada. Ella ocupará tu lugar – completó con voz de cristal vibrante, que sonaba como en dos sitios a la vez, penetrante en los oídos y en el corazón.

La bruja sintió que cada fibra de su ser vibraba con esa voz, cerró los ojos con pánico y antes de que pudiera resistirse escuchó de nuevo al hada mayor:

-          Olvida tu nombre anterior, esa persona ya no eres tú, ni lo serás ya nunca más. Ahora eres Artemisa, el hada Encantada.
Y Cat abrió los ojos y lo que vio la asombró y horrorizó a partes iguales.

Había cambiado. Su pelo ya no era corto ni estaba disparado en todas direcciones, sino que caía suave y rubio por sus hombros y su espalda como antaño lo llevara, mucho tiempo atrás. Su vestimenta cómoda y de colores chillones había sido sustituida por una larga túnica blanca, y sintió la hierba húmeda bajo sus húmedos pies. 

Pero sus emociones no tenían rival con las mías.

-          ¡Aaaaagh! ¿¡Pero qué es esto!? Son…¡Pantalones! ¡Pantalones de hombre!

Pero fue peor cuando me percaté de que mi dorada y preciosa melena había desaparecido. 

Antes de darme cuenta de que tenía en la mano un artilugio terrible que sacaba explosiones por todas partes y pugnaba por salir volando. Una escoba.

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