Vamos ahora a relatar
lo que aconteció a una extraordinaria joven en la Noche de San Juan. De mitos y
leyendas, de encantamientos y maldiciones, de fuego y agua, de brujas y hadas.
Todo el mundo sabe lo que es la
Noche de San Juan. Es esa festividad que aprovecha todo joven entre 14 y 114
años para emborracharse a la luz de la luna (todo un homenaje al dios del vino
y de la juerga), dejar hechas una porquería las playas y celebrar la fertilidad
en cualquier rincón medianamente horizontal. Un claro ejemplo de los rituales
sagrados del ser humano.
El origen de dicha festividad no
es tan conocido. Resumiendo, los ancestros vivían de lo que les deparaba la
madre tierra y su inclemente designio y en las fechas del Solsticio de Verano
encendían hogueras para “darle más fuerza al Sol”, dado que a partir de
entonces los días se iban haciendo más cortos hasta el solsticio de invierno,
lo cual no era bueno.
Además, esta noche tan especial
daba pie a disparar la imaginación de los pueblos prerromanos, que temerosos de
que el cielo se desplomase sobre sus cabezas explicaban el caótico mundo que
les rodeaba con mitologías que implicaban seres no muy amistosos. Con algo se
tenían que consolar.
El resultado es que la Noche de
San Juan, nombre con el que se rebautizó la festividad del Solsticio de Verano,
en la que se danzaba alrededor del fuego para protegerse de los malos augurios
y llamar a la protección de algún espíritu bondadoso, se corría el riesgo de
toparse con seres de diversa índole que, distraídos por la magia del momento,
se volvían visibles para los seres humanos, los cuales se sienten
irremediablemente atraídos hacia ellos como polillas a la luz, pero que
debieran huir en dirección contraria. “Fantasía es una tierra peligrosa, con
trampas para los incautos y mazmorras para los temerarios”, como dijera un
hombre sabio.
Para ello se protegían con
infinidad de hierbas mágicas, que convenientemente en la Noche de San Juan
quintuplicaban sus propiedades, si uno seguía correctamente las instrucciones
de preparación y recolección. Siempre estaba uno muy entretenido por aquellos
tiempos.
Bueno, como he dicho, todo esto
son mitos, leyendas, historias que gente a la que le tocó nacer demasiado pronto
inventaba para no volverse loca en un mundo hostil, lleno de rayos y truenos y
cosas que mataban a las primeras de cambio. La población humana estaba mucho
más controlada entonces.
Pero como suele decirse, todos
los mitos nacen de algo de verdad, y los humanos siempre lo han sabido. Aunque
son, y siempre lo serán, en gran medida muy ignorantes.
Y he dicho “son”, me he dado
cuenta. Claro, es que yo no soy humana.
Al menos no del todo. Digamos que
soy algo un poco más complejo, alguien que tuvo mucho que ver con una noche de
éstas en la que todo puede suceder, desencadenando una historia de lo más
curiosa, la cual he decidido dejar escrita, para disfrute y enseñanza de los
incautos humanos.
Un hecho, como he dicho,
peculiar, provocado por quien menos me hubiese podido imaginar en mis
doscientos años de vida.
Una bruja. Pero no una bruja
cualquiera. No, esta olía a viajera del tiempo desde quilómetros a la redonda.
A las que son de mi especie no
nos gustan las brujas. Suelen ser muy entrometidas, para empezar, y no se
callan nunca, como pude comprobar para mi desgracia. Generalmente suelen querer
tener razón en todo, aunque es algo que debo admitir comparten con mi raza. Sus
métodos tampoco son lo que se dice ortodoxos. Y son unas cabezotas, eso es una
auténtica pesadilla. Y caóticas. E impacientes. E impertinentes. Las brujas
tienden a ser muy pero que muy maleducadas, e impuntuales la mayoría de las
veces, aunque hay que reconocerles que cuando se trata de mantener y preservar
las tradiciones lo hacen cueste lo que cueste.
Generalmente.
A ésta se le veían desde lejos
las rarezas. Incluso siendo una bruja. Comprendo que este siglo que habitamos
es de lo más insólito, pero ella se llevaba la palma. Como ya he indicado unas
líneas más arriba, lo cual haré muchas más veces, tiendo a repetirme, gajes del
oficio el tener poca memoria y ligereza en el alma, se notaba que no era una
bruja corriente, ni siquiera para los tiempos que corren. Había algo en ella que
nunca había visto, una sensación de pertenencia a todas partes y a la vez a
ninguna que me desconcertaba.
Bueno, me temo que me he puesto a
divagar y a adelantar acontecimientos. Si el lector humano es algo avispado
habrá deducido convenientemente que los hechos que voy a relatar acontecieron
una Noche de San Juan, y ya tenemos en danza a un par de personajes. Por un
lado, la bruja rarita, y por otro una servidora, que aún no me he presentado
como es debido. Soy olvidadiza, pero lo tengo presente. Todo a su tiempo.
Volviendo al tema, brillaba una
preciosa luna llena en el firmamento, algo que triplica el efecto encantador de
la Noche de San Juan, más si hay seres como yo por el medio. Solemos ser muy
cuidadosos con no dejarnos ver, pero en noches como esa, en que nuestros
mundos, tan diferentes pero a veces tan iguales están mucho más próximos,
tendemos a distraernos y olvidar nuestras responsabilidades, arriesgándonos a
ser vistos por gente indeseable.
Pues esto fue lo que ocurrió.
Estaba yo sentada al borde de mi
cueva, admirando mi reflejo en un pequeño estanque de agua de mar iluminado por
la plateada luz de la luna. La perdición de muchas de nosotras es la vanidad, y
yo purgué mi error con creces.
Se ve que dicha bruja andaba
buscando plantas para rellenar sus múltiples saquitos colgantes de una escoba
alarmantemente extraña, siguiendo la tradición de que muchas de las plantas
medicinales y mágicas quintuplican sus propiedades esa noche sobrenatural, y se
ve que estaba emperrada en encontrar un trébol de cuatro hojas, pero lo iba a
tener crudo porque los caballucos del diablo ya habían pasado por allí y habían
arrasado con todos.
Pues como decía, estaba sentada
al borde de mi cueva cepillando mi larga y hermosa melena rubia, en un entorno
inigualablemente bello, cerca sin embargo de una playa invadida por el inmisericorde
ser humano, mancillándola con sus bebidas espirituosas y sus modales obscenos,
pero yo trataba de cerrar los oídos a la tierra que lloraba y me había
abstraído en mis pensamientos autocomplacientes. Por ello no me percaté hasta
que fue demasiado tarde del olor a problemas.
Hasta que escuché una exclamación
ahogada.
Y como dicen los humanos: ahí
empezó el lío.
-
E-Eres…Eres…¡Eres un hada! – dijo la bruja, con
la sorpresa pintada en la cara.
-
Pues sí, y tú eres una bruja, ¿tienes algún
problema? – puede que fuera un poco desagradable, trataba de disimular lo
contrariada que me sentía al haber sido descubierta.
-
Nada, no pasa nada, sólo que no había visto de
cerca a ninguna. ¿Y no eres muy...esto…grande?
-
¿Y tú no eres muy impertinente? Tengo el tamaño
adecuado. Las hadas pequeñas con alas de gasa son un mito humano. Sólo nos
reducimos si estamos muy débiles o deseamos pasar desapercibidas.
-
Cosa que tú no pretendías hacer. Prácticamente
me he tropezado contigo.
¿A que me entendéis cuando digo
que era absolutamente insoportable? Una vez pasado el susto inicial, mi
disgusto iba en aumento. La observé con detenimiento, y me irritaba sobremanera
su sola manera de estar de pie. No parecía poder mantenerse quieta, y de mirar
a todas partes y a ninguna.
Decidí darle una lección.
-
Si yo estuviera en tu lugar no estaría tan
tranquila. Resulta que no soy un hada corriente, soy una Encantada, lo cual no
sé si sabes lo que significa.
La bruja palideció. Y por fin
paró de moverse. Había dado en el blanco.
-
¿Quieres decir…?
-
Que como me has visto deberás intercambiarte
conmigo, sí. – fue una perversidad, lo admito. Aunque sí podía hacerlo, y sólo
en la Noche de San Juan y algunas compañeras aún lo hacían, en realidad yo estaba a gusto como hada y no lo
habría hecho.
Le habría tomado el pelo sólo un
poco más, pero la bruja comenzó a hiperventilar, y no tenía tanta gracia.
-
Vamos, vamos, no exageres. Era una broma, no te
voy a meter en la gruta por toda la eternidad...- me callé porque empeoraba a
ojos vistas. – Que te vas a marear...De verdad, que no te voy a transformar en
Encantada.
-
Eso es exactamente lo que vas a hacer. – dijo de
repente una voz profunda, como el rumor de un poderoso río resonando entre las
rocas. Yo conocía bien esa voz, y me llenó de inquietud porque vislumbré lo que
vendría a continuación. La bruja por su parte casi se muere del susto.
El hada se materializó delante de
nosotras. Una figura esbelta hecha de luz, plata y cristal, de ojos brillantes
y fríos.
Mi mentora.
-
Debes cumplir las normas, Andrómeda, la mortal
deberá ocupar tu lugar, y tú volver al mundo de los vivos. – eso era nuevo.
¿Osaría protestar?
-
Pe-pero, ¿debo hacerlo? La mortal no quiere y yo
estoy a gusto aquí. ¡Llevo 200 años aquí! En el mundo de los vivos no me queda
nada. Además no estoy segura de que sea del todo mortal…
-
Palabras vanas.- respondió el hada mentora con
voz etérea, de timbres lejanos – nuestra existencia depende de la preservación
de las leyendas y tradiciones, sin ellas no somos nada. Ella ocupará tu lugar –
completó con voz de cristal vibrante, que sonaba como en dos sitios a la vez,
penetrante en los oídos y en el corazón.
La bruja
sintió que cada fibra de su ser vibraba con esa voz, cerró los ojos con pánico y
antes de que pudiera resistirse escuchó de nuevo al hada mayor:
-
Olvida tu nombre anterior, esa persona ya no
eres tú, ni lo serás ya nunca más. Ahora eres Artemisa, el hada Encantada.
Y Cat abrió los ojos y lo que vio
la asombró y horrorizó a partes iguales.
Había cambiado. Su pelo ya no era
corto ni estaba disparado en todas direcciones, sino que caía suave y rubio por
sus hombros y su espalda como antaño lo llevara, mucho tiempo atrás. Su
vestimenta cómoda y de colores chillones había sido sustituida por una larga
túnica blanca, y sintió la hierba húmeda bajo sus húmedos pies.
Pero sus emociones no tenían
rival con las mías.
-
¡Aaaaagh! ¿¡Pero qué es esto!? Son…¡Pantalones!
¡Pantalones de hombre!
Pero fue peor cuando me percaté
de que mi dorada y preciosa melena había desaparecido.
Antes de darme cuenta de que
tenía en la mano un artilugio terrible que sacaba explosiones por todas partes
y pugnaba por salir volando. Una escoba.
No hay comentarios:
Publicar un comentario