Julia hizo un alto en el camino y se sentó a escribir en su cuaderno de pensamientos. El escenario en el que se encontraba podía ser una vereda que se extendía desde una melancólica puerta trasera abierta al infinito o un bulevar tan extenso como ruidoso en mitad de una gigantesca metrópoli. Es lo de menos.
El cómo seguir el camino, cómo juntar los pasos y convertirlo en paseo o persecución es más importante.
El cómo seguir el camino, cómo juntar los pasos y convertirlo en paseo o persecución es más importante.
El trayecto se hace sola. Sin ejército ni bandera, sin ayudantes que transporten la carga que descansa sobre los hombros y la mirada. En muchas ocasiones el camino será oscuro y la más amplia avenida se convertirá en un angosto callejón sin aparente salida. Se perderá de vista el Sol y las estrellas se apagarán a sus ojos. Pues la única luz que ha de guiar la lleva uno mismo.
También se tropieza, pero tras una caída nuestras huellas son más profundas. Hay menos que recorrer y más que contar.
Y el camino en verdad lo hacen los pies, que firmes lleven a alguien que habrá de pisar más de una y más de dos el bulevar de los sueños rotos, pero lo recorrerá de principio a fin y tras de sí verá una senda iluminada por el astro rey, cubierta de brillantes girasoles.
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