La noche del 24 de diciembre la familia duerme y el Forjador de Invierno ya ha iniciado su labor,
conjurando un suave viento que, bajando desde nubes plateadas, se arremolina
por las frías calles, mece las plantas dormidas en los balcones donde una noche
para soñar se puede contemplar unas estrellas como cristales de hielo.
Algo de esas pequeñas ráfagas centelleantes consigue
penetrar en una vivienda. Ya presenta la típica decoración navideña de todos
los años. Sobre la chimenea que ya no se enciende porque la estufa es mucho
menos engorrosa penden unos calcetines rojos y verdes a la espera de albergar
algún bonito detalle. La mesa, ricamente decorada con candelabros y velones,
sobre un mantel con ribetes dorados. El Belén, sobre la mesita del café,
inspirando como cada año el cariño por la tradición, la familia unida y la fe,
y también algo de tristeza por los que ya no están. Por último, el árbol,
magnífico con todo el espumillón y los adornos, antiguos y nuevos, cada uno
tendría una historia o una anécdota que contar, si tuvieran voz. En la entrada,
en las puertas, aquí y allá, más ornamentos, cintas y lucecitas.
Pero me olvidaba de algo. Hay un adorno nuevo, uno que no
ha estado ahí siempre. Al lado del árbol teníamos una mesita en la que no
habíamos reparado, dado lo impresionante y conmovedor de aquél. Sobre la mesita
reposa una figurita. Representa un duende de Navidad, de sombrerito rojo
moteado de blanco, recordando a una seta, o al menos la versión bucólica y
romántica y nada realista de éstas. Lleva vestiduras verdes, guantes y peucos
rojos y bufanda y calzas a rayas blancas y rojas. Y un bonito corazón de
fieltro sobre el pecho, para completar el cuadro. Combina perfectamente con la
atmósfera de anticipación a estas fechas tan entrañables.
Pues adivinad a dónde he ido a parar, transferida de
cabeza desde la ciudad de las hadas al mundo real para cumplir con mi cometido.
Recapitulemos que aquí habrá algunos que se han perdido.
Hace cosa de unos seis meses, me encontraba yo tan feliz ejerciendo de bruja
medieval afincada en el siglo XXI, lo normal por estos lares, y de pronto me
encontré convertida en una cursilada de Hada Encantada, en castigo por haberme
dado de narices con una, que se había despistado la mágica Noche de San Juan,
así le dé un cólico miserere, aunque el santo no tenga la culpa. Total, que la
otra y yo acabamos con los poderes intercambiados y las inmortalidades también,
porque claro, mientras a mí me encasquetaban la túnica blanca y la misión de
cuidar de un aburrido centro energético forestal durante otros doscientos años,
a la otra la reconvertían en “mortal”. ¡Ja! Pues a ninguna nos sentó nada bien
el cambio, en absoluto, y viajamos a la ciudad de las hadas para pedir
educadamente (una bruja nunca suplica, ni amenaza, al menos de forma no sutil)
que nos volviesen a cambiar. Y la fastuosa Reina de las Hadas, que también le
dé un retortijón súbito, fue tan espléndida de asentir a nuestra
súplic-petición a cambio de realizar unos cuantos “trabajitos” en el universo
mortal, que resulta, para nuestro pasmo, que se encontraba ya encima de las
fiestas navideñas. De un tiempo a esta parte se ha dicho muchas veces
(muchísimas) que el tiempo es relativo, pero no tienen ni idea del pedazo
desfase horario que hay entre el mundo de las hadas y el real. Aunque la
eternidad que nos pasamos con el papeleo, alma y centro de cualquier sociedad
bien montada, incluyendo la de las hadas, también tuvo mucho que ver.
Y aquí estamos. Mejor dicho, aquí estoy yo, con el marrón
que me ha tocado. A mi compañera, con sus nuevos y nada bien entendidos poderes
de bruja la mandaron a suplir la ausencia de Befana en Italia. Porque esa es
nuestra tarea, mantener vivas las leyendas feéricas en un tiempo cada vez más
tecnológico y lógico y aburrido, en el que las hadas, las brujas y las leyendas
ya no tienen lugar, y los niños escriben la carta a los Reyes en la Tablet,
fácilmente descargable en el móvil de los padres.
Y también, en mi caso, controlar a una cohorte de pixies
traviesos que abrieron un portal desde la cárcel de las hadas y saltaron al
mundo real. Una misión de vital importancia. Los informadores de la Reina los
situaban más o menos en esta casa, en esta zona de España y en este año (un
pequeño error de cálculo y podías acabar en plena guerra napoleónica dentro de
un cañón). La Reina se había mostrado muy críptica cuando se le preguntó acerca
de lo “vital” de la misión, sólo insinuó que sería mejor que las cosas salieran
bien. No especificó si mejor para la humanidad, para ella o para mí. Pero debía
tener en cuenta que hay cosas mucho peores que pasar la eternidad cuidando de
un túmulo energético en un bosque solitario, enfundada en túnica blanca y nada
más.
Espero que Andrómeda el hada lo lleve mejor en la bella
Italia, haciendo de anciana bruja buena que lleva regalos a los pequeños italianos.
Fue enviada un poco más adelante en la línea del tiempo, a la noche del 5 de
enero, cuando se espera la llegada de la Befana.
Seguro que le va bien. Seguro. Mejor que a mí, al menos.
Y aquí llegan. Me parece notar una perturbación en la
Fuerza…Digoo…ondulación en el aire, apenas perceptible para el ojo humano, y
debajo del árbol de Navidad empieza a oírse un murmullo cada vez más fuerte. Un
murmullo muy raro.
-
Aj,
ya sus habéis equivocadu, malandrines.
-
Osti, l’haveu
fet bona, burinots. Aquesta
mena da planta da plàstic nu és el Carib. Quin fàstic.
-
Kaixo
bestias. Sus resbalasteus a la salida la choza la Reina. Ay amaaa…
-
Ahí
va la hòstia. Si foris tú qui ens guiava, cap de fava.
-
Ahí
ba la hostia tú, joan hadi ipurtzulotik hartzera.
-
¿¿¿Qué
me’n vagi on???
Y ruido de peleas. Y tacos varios en vasco, catalán y
gallego. El árbol de Navidad se tambaleó peligrosamente. Mi agudo sentido del
deber me decía que debía intervenir, pero era bastante divertido presenciar
aquello, tranquilamente sentada en la mesita balanceando mis pies de fieltro.
-
¿Y
agora qué facemus? ¡Estamus perdidus! ¡Huy, huy, huy!
-
Mantingueu
la calma, carallots! Nu perdeu la testa! Ens hem hagut de passar la ixida!
-
¡Perdidus!
Cambiamus las vejiñas da monte por árbul porquiño de plásticu! ¡Y todu por tu
culpa! ¡Mal raio che parta, palabreiro!
-
Kabenzotz!!!
Y entonces una nube marrón grisáceo surgió de debajo del
árbol de Navidad, como regalito anticipado de Papá Noel. A primera vista
parecía como si un montón de setas, champiñones y hongos varios se hubiesen
enzarzado en la pelea de sus agrestes vidas. Vistos más de cerca, aquellos
pixis, con sus cabezas desproporcionadas, de narices bulbosas, orejones de
murciélago grandes como puertas y ceños fruncidos en los que podría aterrizar
un avión, realmente parecían brotados de la tierra junto a una remesa de hongos
salteados. Hubiera jurado que algunos de
ellos tenían un champiñón solitario emergiendo de las cabezas mondas y lirondas
o de los terrosos traseros. Pero no podía asegurarlo completamente, dado que
seguían enzarzados en la pelea.
En fin, estaba retrasando el trabajo, y ya estaba durando
demasiado esta historia*
Lo primero era separarlos, y después convencerlos de que
se fuesen por donde habían venido. No era fácil en absoluto.
Me deslicé hasta el suelo como pude con ayuda de mis
brazos y piernas de tela, y me planté delante de la maraña de pixis. Esa
posición ofrecía una mejor panorámica del asunto.
-
Veste’n
a pastar fang, cagabandúrries! Cap d’ase, desvirga-gallines!(1)
¡Zoaz antzarrak perratzera! (2)
-
¡Adoquín!
-
¡Trompo!(3)
-
¡Pavitontu! ¡Nu me lo dices
a la jeta! ¡Caguiñas! (4)
-
¡Tximeleta!(5) ¡Y
koldar lo serás tú! (6)
-
Ejem…
-
¡Tolondrón!
-
Ejem,
ejeeem..
-
Ensumapixums!(7)
-
EJEM!
-
¡Collons,
una mossa! (8)
-
¡Es
verdad! ¿Es un poquitu rara, nu?
-
¡Karayo
si! ¿Qué es esa cosa de la testa?
-
Parece
un gorriño. Pero también un champiñín. Non estoy seguru. Y esas cosiñas que le
salen de la caboza?
-
¡Crec
que és pèl! ¿Oi?
-
¿Qué
dices? Es comu lo de las vejiñas. La cosiña lanosa esa.
-
¡Ké kurioso! Nuestras neskas no tienen lana ni
pelusa. ¡Kalvas como el monte Igueldo!
-
Chicos,
cuando acabéis vuestro análisis, seguidme. Soy…la guía local. Este es un atajo
para llegar al Caribe, y os voy a indicar cómo.
Había que pensar
rápido. La reina me había devuelto mi poder para abrir portales. La muy
porquiña sabía que no abriría uno y me largaría a vivir una corta vida como
objeto decorativo.
El plan consistía en abrir el portal y asegurarme de que
todos y cada uno de los pixis abandonasen la Tierra directos al despacho de la
reina de las hadas, donde seguro les aguardaba una buena reprimenda.
Ese era el plan.
Me concentré y abrí el portal. Aparentemente no había
cambiado nada, pero un ojo entrenado podría detectar una levísima ondulación en
el aire.
-¿Esa
nebliña pegajosa no será peligrosa, nu?
- Nah, qué
va. Venga, todos adentro, ¡las playas de Punta Cana os esperan!
- ¡Qué bé!
Hi haurà margarites i cosmopolitans, oi?
Y la alegre maraña de pixis se dispuso a entrar en el
agujero…
Del que salió una bota descomunal. Seguida de un gigante
barrigón, desharrapado, cubierto de hollín y tocado de boina, con cayado y saco
completando el cuadro.
-
Kaixo!
Hemen duzu, ez zara! - Llegados a aquél punto decidí que era necesaria una pequeña intervención. Probé la versión del hechizo traductor de idiomas del paquete de poderes de hada Encantada y lo lancé con disimulo - Sí que me ha kostado enkontrarsus, renakuajos! Así ke es akí donde hacemos el
anuncio, ¿ez? - No era perfecto, puesto que los poderes de hada aún eran nuevos, pero al menos nos entenderíamos. Había problemas más acuciantes, además. Con el recién llegado los pixis estaban tan
perplejos como yo.
-
Esto…
¿Perdón?
-
¡Sí
hombre, sí! Rekonozkoa ke se me había ido el santo al cielo, pero estoy seguru
de que ya ha pasado un anyo! (9)
-
…¿Cómo?
– Dije con un hilo de voz. No me habían comentado nada de esto y estaba
empezando a hiperventilar. Sobre todo porque el elemento hablaba con un
vozarrón de hacer retumbar cordilleras.
-
Sí,
komo todus los anyos, ke baju de las montañoas a las villas. ¡Vengo a anunciar que
ha llegao el Inviernu, kabenzotz! Pero esta vez no vengo solo, me acompañoa mi
lehengusu, mi primo el Tientapanzas!
-
Apalpadoiro
si nu te importa, Olentzero. ¿Llegu tarde? Siéntolu y laméntolu. – dijo una
pantufla del tamaño de una barca, surgiendo del dichoso portal. Con ella salió
otra versión del karbonero, digoo carbonero, un viejo barbudo, vestido con ropa
de campo vieja y remendada, y con un saco de castañas al hombro. - ¿Algunu
puede decirme dónde están los nenos? Las castañas están calentitas y las tallas
de madeira fermosas.
Debo admitir que mi conocimiento de
las leyendas del Solsticio de Invierno del Norte dejaba mucho que desear, y
aquello unido a un gigante hablando de castañas, madera y niños me hizo
palidecer.
-
¡Arrayua!
¡La gnoma está potxa! ¡Dale una castañoa de las tuyas, a ver si se le pasa! –
dijo el Olentzero dándole un manotazo en la espalda al Apalpadoiro, con un
crujido que tronó como un alud.
!Demoños! ¡Sí que estás fuerte, vieju! Así, así esteas todo el año (10)- Dijo, dándole una palmada en el tripón que generó ondas gravitacionales.
Y en esas estábamos cuando salió del portal un enanito
muy curioso, vestido de pastor y cargando con un leño bajo el brazo.
Bien mirado no era un enano, sino un individuo que
caminaba agachado, muy agachado, de un modo realmente incómodo. Tanto como
pueda serlo llevar los calzones por los tobillos y todo el “derrier” en
topless.
-
¡Cerrad
la puertoa, que entran bitxos!
-
Salut
i força al canut! No llego demasiado tarde, oi?
-
¿Y
tú quien carallo eres, desvergonzau?- Dijo el Apalpadoiro, el cual vestía
recatadamente con tanta lana que podría servir de carpa al Circo del Sol.
-
A
qui li dius tú desvergonyit, carcamal? Jo sóc ni més ni menys que el Caganer!
Jo sóc part vital al Betlem, jo! Represente la fertilitat de la terra, la
prosperitat i la bona sort per al any que ve, dimontri!- declamó mirando a sus
pies debido a la inclinación de su espinazo.
-Sip, ya sé yo qué fertilizantes usas tú... Naturais como a vida mesma. - ¿Y este quien es? - No, no había entrado nadie más, se refería al madero que portaba el Caganer. Iba cubierto con una manta roja y realmente parecía tener una cara feliz. Todo lo feliz que pueda estar un tronco.
- - Este es el Tió de Nadal, l'altre elemento vital al Nadal! Parece mentida que no el conozcáis. El Tió es farceix, se rellena de regalos para la familia: golosinas, barquillos, torrons. Se le da de menjar hasta la Nochebuena, tapado con una manta para que no pase fred. I el 24 per la noche...
- ¿El Tió defeca?
- - Sí! Doncs sí lo conocéis!
-¡Qué va! Sólu mera asociaçao da ideas, la coincidença xeografica...
- Qué has querido dir amb aixó? - en ese momento el reloj de la sala dio las doce, sobresaltando a todos los pintorescos presentes.
- És l'hora - dijo solemne el Caganer.- Queréis ser testigos de lo que está a punt de pasar?
- Que el tronco se va a ciscar?
- - El
Tió és un símbol! Del hogar, del foc, de la terra. Fa reunir a tota la familia
al voltant, alrededor de la llum i el calor que dona, ofrece els presentes de
la terra, els últims del any que está a punt de concluir antes de que la roda vuelva
a girar de nou. Es un momento magnífic en el que pasado y presente se aúnan por
medio de una tradició que lleva viva durante segles: la luz, el foc, la terra,
la abundancia, la familia, contra el frío del invierno.
Inspirados por las palabras del
Caganer, y henchidos del inefable espíritu de aquella tradición tan antigua
como el tiempo, que se renovaba a través de los descendientes de tantos otros
que hacían lo propio sin saber muy bien por qué, pero lo hacían así como sus
antepasados, para preservar aquello que debía ser preservado, por muchas ruedas
del año que girasen y los tiempos avanzasen. La extraña compañía sin más
testigos observamos ceremoniosos cómo el Caganer le arreaba un par de barrazos al
Tió, amorosamente depositado en el suelo al lado de su congénere de plástico, y
cómo el leño dejó caer pan seco, turrón, frutos secos, mandarinas y otras
pequeñas frutas, golosinas y barquillos… Directos a unas pequeñas manitas
ansiosas.
-Yo
soy Groot – dijo el leño con cara de satisfecho. Pero nadie le escuchó porque
al fin y al cabo sí había habido testigos.
Una pequeña niña de unos dos años nos miraba con grandes
ojos marrones, chupando distraídamente un barquillo que le había caído en las
manos, frotándose un ojo con cara de sueño pero esbozando una sonrisa llena de
chocolate.
Acto seguido todo había cambiado. El Caganer en un
momento ya no estaba ahí. Al percatarse de que tenía público de un salto se
escondió detrás del Belén de la mesita, con cara de concentrado y tratando de
pasar desapercibido en su importante misión de fertilizar los campos.
Los dos gigantes por su parte también mutaron en algo
nuevo. Olentzero clamaba en vasco que había llegado la Navidad y el Apalpadoiro
trataba de darle castañas a la niña mientras trataba de decidir si estaba
suficientemente bien alimentada. Como es natural armaban demasiado jaleo para
una pequeña casa en el mundo real a las 12 de la noche. Y decidí que ya iba
siendo hora de irse. Sobre todo porque la niñita había fijado un ojo en mí y
estaba muy empeñada en jugar conmigo, su nueva muñeca.
-
¡A
ver, pavitontus sen entendimendu! ¡La vostra misión es guiar al Olentzero y al
Apalpadoiro onde non saben que es Navidad! ¡Kabenzotz, ya estáis tardando, redeu!
¡Seguidme, ahora los habemus de llevar al Karibe!
Y en un abrir y cerrar de ojos los duendes trabajaron
codo con codo para... Sí, con sorprendente fuerza levantar a pulso a los dos
gigantes y arrastrarlos hacia el portal mientras éstos aún prodigaban
parabienes y buenas fortunas a la niñita.
Antes de desaparecer con ellos me percaté de que la
pequeña nos decía adiós con la mano, con una cara que decía a las claras que no
se había creído que todo aquello era un sueño. A lo mejor de mayor le daba por
dejar escrito aquella extraña alucinación, cumpliendo la voluntad de la Reina
de hacer presente al menos un año más viejas tradiciones y cuentos.
Después del episodio de Navidad, la fastuosa Reina de las
Hadas decidió que aún no podía prescindir de nuestros valiosos servicios, y nos
encargó algunas tareas más que ayudasen a preservar las viejas leyendas y
tradiciones mágicas que se estaban diluyendo en el fulgor tecnológico del siglo
XXI. En una de las más absurdas, Andrómeda y yo tuvimos viajar al punto de la
línea temporal en el que surgió el Conejito de Pascua, para asegurarnos de que
hubiese un esquivo conejo blanco con chaleco (cuando te pones a enredar con
historias se acaban liando) cerca de unos huevos decorados que una buena mujer
que no podía ofrecer dulces a sus hijos escondió en el jardín huevos decorados.
Los niños, al ver un conejo, creyeron que había puesto huevos, sentando sin
saberlo otro cuento que se convertiría en esperanza de fortuna todo el año si
se encuentra un huevito decorado entre la floresta.
Pues a pesar de la imposibilidad biológica de la leyenda,
debía preservarse a toda costa, en lugar de dejar que alguna de las aves
forestales que pasaban por allí sustituyese al gran Conejo de Pascua, el cual
se había ido a ocuparse de sus asuntos a otra parte en un momento en el que
surgió otra tradición imperecedera. Bien
pensado, hubiese quedado mucho menos entrañable el Cuervo de Pascua. O el Halcón
de Pascua. O el Cuco de Pascua.
Luego llegó Samhain o Halloween, en el que el mundo de
los vivos y el mundo de los muertos se encuentran peligrosamente cerca, se
abren nuevos portales y pueden pasar tanto los bondadosos espíritus de los
antepasados fallecidos como otras cosas más feas. Pertrechadas de una especie de colador
gigante que dejase en el fondo ese poso de negrura y dejase pasar las almas
blancas, protagonizamos otra versión del “cierra la puerta que entran bichos”.
Y al fin, en un retorcido giro de los acontecimientos, en
el que Halloween había venido antes de San Juan, no me enteré muy bien de cómo
la Reina se las arregló, llegó de nuevo Litha o San Juan y el ansiado premio.
Pero antes tuvimos que plantar la noche anterior Yerbuca de San Juan que
ayudase a los buenos mozos y mozas de Cantabria a ahuyentar a los Caballucos
del Diablo, lo que venían a ser, según entendí, unas libélulas gigantes que
amenazaban con perturbar la fastuosa celebración de las hogueras, otra
tradición propiciatoria y purificadora.
Dejamos a los mozos buscando por el suelo la Yerbuca y también las difíciles flores del agua nacidas en las fuentes, (cuyo hallazgo permite vivir cien años, no sufrir dolores el resto de la vida, no pasar hambre y aguantar con ánimo sereno toda desazón), y aprovisionadas de sendos ramitos nos preparamos para la venida de Su Alteza, en el mismo lugar en el que nos habíamos encontrado por accidente un hada Encantada y una bruja, tanto tiempo atrás que ya ni me acuerdo.
No voy a relatar el nuevo sermón que nos dedicó Su
Graciosidad, pero sí diré que nos agradeció la ayuda prestada (voluntariamente,
claro está) para mantener con vida las leyendas feéricas, nos devolvió nuestras
auténticas esencias y para nuestra sorpresa mayúscula, hizo algo más. En premio
por sus doscientos años como hada Encantada, sin contar el incidente con mi
persona, ascendió a Andrómeda a Anjana, una hermosa criatura con largas trenzas
adornadas con lazos y cintas de seda, ceñida la cabeza con hermosas coronas de
flores silvestres, la consabida túnica blanca (cómo me alegré de deshacerme de
ella), una capa azul y una vara de fresno con la que hacer encantamientos.
Podía convertirse en árbol, animal u algún objeto inanimado a su antojo, y recibió
la nueva tarea de amparar y ayudar a la gente necesitada o afligida, para
volver al final del día a su gran palacio subterráneo oculto en una cueva
situada al lado de un plácido río, lleno de tesoros con los que castigar a los
codiciosos y soberbios o para favorecer a los más humildes o desfavorecidos de
buen corazón. Recibió todos sus dones con una mirada amorosa y serena.
Aquello me alegró enormemente. Aún me dolía el mordisco
de una libélula gigante.
¿Y qué hay de mí? Me llevé feliz mi ramito de raras
flores del agua y tréboles de la Noche de San Juan para preservar en mi libro
almanaque siguiendo mi propia tradición ancestral, y sigo con mis brujerías, viajando
a lo largo de la línea temporal y las muchas dimensiones del Multiverso,
visitando las distintas épocas de la Tierra y el Reino Peligroso de las Hadas,
curioseando en los confines de las galaxias y dejándome caer en ocasiones
especiales por el País Vasco, la cornisa Cantábrica o Cataluña, para echar una
ojeada a ciertas tradiciones imperecederas, que nos unen mucho más de lo que
podríamos pensar.
* Y no sabéis cómo me fastidia llevar año y medio de esta
guisa. La que escribe estas locuras sí que no está haciendo su trabajo. **
** A veces no puedes impedir que tus propios personajes
se vuelvan contra ti.
(1): Váyase usted a freír monas un ratito, si no tiene inconveniente,
pedazo de burro y… intraducible y no recomendado para mayores de 13 años.
(2): Me han asegurado que significa “vete a herrar ocas”…
(3): Podría significar “tonto”, pero me inclino más por “está usted ebrio
señor”.
(4): Caguiñas: Apocaudo, chainas, cobarde, cagainas, cagaíñas, cagán, cagarolas.
(5): Insecto del mismo orden que el escarabajo, de unos 5 mm de largo, forma casi semiesférica, color rojo o amarillo con puntitos negros, con antenas engrosadas hacia la punta, boca de tipo masticador, patas cortas y alas protegidas por unas placas duras denominadas élitros.
(6): Caguiñas.
(7): A usted le gusta esnifar pis señor.
(8): Caramba, una joven muy bien parecida.
(9): Olentzero, Olentzaro u Olantzaro es un personaje navarro de la tradición navideña vasca. Se trata de un carbonero mitológico que trae los regalos el día de Navidad en los hogares del área geográfica y cultural denominada Euskal Herria, conformada por el País Vasco y Navarra y el País Vasco francés. Su origen está en la zona de Lesaca (Navarra):
(10): Además de las castañas, el viejo Apalpador, de oficio carbonero como su primo vasco el Olentzero, conseguía en los soutos la madera con la que tallaba juguetes para los niños y niñas. La noche de Navidad bajaba de las devesas y entraba a escondidas en las casas. Entonces, se acercaba a ellos y les palpaba la barriga para ver si estaban bien alimentados. Si estaban llenas decía su conjuro - "Así, así esteas todo el año" ("Así, asi estés todo el año") - si no, no decía nada, pero a todos les dejaba un puñado de castañas y alguno de sus juguetes.
(11): Un caganer es una figurita de nacimiento que se suele colocar en los belenes, como tradición en Cataluña y en la Comunidad Valenciana, normalmente escondida en un rincón, detrás de un arbusto, agachada y en postura de estar haciendo sus necesidades. También es frecuente esta figura en los belenes de las Islas Canarias. En otros puntos de la Península Ibérica, Portugal, Comunidad de Madrid y Murcia, existen los personajes belenísticos semejantes del cagador y cagón respectivamente.
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